AMI(grin)GOS

blogeditor · 25 de julio de 2012

AMI(grin)GOS

 

El sueño americano es costoso. Económica, laboral y emocionalmente costoso. ¿Vale la pena?

Hace medio año me fui a vivir a Chicago, básicamente, para acompañar a mi chava a estudiar su maestría. Yo seguí trabajando como freelance para México (no es la mejor idea ganar en pesos y gastar en dólares, advierto) y aproveché para empezar a estudiar Improvisación teatral en Second City, una actividad ya bastante ejercitada por su servidor desde hace años, pero acá y en español; aquéllas son las grandes ligas y en inglés (alma mater de Tina Fey, Steve Carrel, Will Ferrel y otros grosos de la comedia gabacha).

Lanzarme y quedarme allá legalmente implicó una serie de trámites incluso más larga, enredada y dificultosa que la de la firma electrónica (lo sé, nada parece más difícil que conseguir una FIEL… en sentido hacendario, ¿eh?). Implicó horas de papeleos, cifras estratosféricas, entrevistas, miradas y preguntas de sospechosismo sin fin, exámenes médicos en Ciudad Juárez, llenar un frasco de orina ante el escrutinio vergonzosamente cercano de una enfermera (guapísima, por cierto), en fin… Eso da para un post completo, pero no me he animado a escribirlo, no vaya a ser que se arrepientan de tenerme de su lado de la barda por quejumbroso…

Ahora que la maestría, su correspondiente préstamo y el contrato de arrendamiento están por terminar, nos dio por cuestionarnos día y noche “Should I stay or should I go?”. Como ninguno de los dos tiene un proyectazo que incline la balanza hacia el norte o el sur (afortunadamente mis trabajos en Animal Político puedo hacerlos desde donde sea), comenzamos a considerar todos y cada uno de los aspectos de la vida diaria para hacer nuestra evaluación. Desde el presidente que eligieron en México (sí, vine a votar, pero me veo en la imperiosa necesidad de deslindarme y utilizar “eligieron”, en segunda persona del plural), pasando por los precios del lado americanou del río, hasta las deliciosas y baratas fritangas del lado mexicano o si hay caca de perro en las banquetas o no. Todo se vuelve un elemento a considerar al tratar de hacer una lista de pros y contras para intentar imaginar futuros que no dejan de ser inciertos… ¿Más vale malo por conocido que bueno por conocer?

En mi caso, la famosa calidez latina, contrastante con la visible frialdad estadounidense, le suma bastantes puntos a la idea de volver al terruño. Hace algunas semanas llegué al D.F. para presentar mi libro (#fugandoconjuego, por si ocupan) y no exagero si digo que los primeros tres días que estuve acá recibí muchísimos más abrazos que en los últimos seis meses en Chicago. Y me encanta. Soy toquetón, qué le vamos a hacer. Bastó una divertidísima comida en casa de los adorados @MontseBertran y @MarcoColin, con la chacotera y encantadora presencia de @DMorenoChavez, @AleCastilloMJ, @Dany, @Warkentin, @MalaMadreMX, @Ferrnanda, @RicardoZamora, @MemoColin, @SalCamarena y @FerCampo, entre otros, para decidir quedarme en México: “no hay más, con gente así de talentosa, divertida y encantadora cerquita, ¿por qué querría irme al gabacho?”

Sin embargo, el lunes ocurrió algo que me hizo pensar distinto de los gringos (como si pudiéramos generalizar así…). Por lo menos de un grupo que tuve la fortuna de conocer. No es que sean fríos, a veces es sólo que no demuestran la “cercanía” de forma física.

Originalmente, yo solamente iba a faltar a tres clases de Impro en Second City, pero tuve que quedarme en México un tiempo más porque tengo varios pendientes dentales que me resulta imposible pagar allá (es tan caro el dentista que creo que hasta Obama viene a México a atenderse la mazorca). —De paso, me quedo a abrazar gente, claro— Entonces, les escribí a mis compañeros de clase para explicarles que tendría que dejar el curso, que no sabíamos si nos regresaríamos a México o no, pero que de entrada ya no estaría en el mismo grupo que ellos. Me respondieron cosas bellísimas. Yo que me siento tan limitado por el idioma, tan fuera de lugar haciendo Impro allá (por mis carencias culturales, incapacidad de respuesta rápida y constantes dudas sobre si entendí o me di a entender) y ellos en unos cuantos mails me hicieron sentir que valía toda la pena continuar mis estudios en Chicago, seguir tratando, me hicieron sentir que no soy tan chafa en inglés como creo, que, aunque no me sienta YO mismo viviendo en otro idioma, ese “otro” no apesta tanto, me hicieron sentir parte de, pues.

Y no sólo eso, sino que me tenían preparada una sorpresa para mi supuesta vuelta a clases de antier. Querían hacerme una especie de homenaje por la presentación de mi libro (del cual no entenderían una sola palabra, y menos considerando que difícilmente usé alguna en sentido literal); e igual lo hicieron. A la hora de clase, mientras pensaba en ellos. Me llegó esta foto recién tomada:

 

 

Bajaron la ilustración de mi avatar de Animal Político, escribieron el nombre de mi libro, ¡y se hicieron playeras! Increíble. Esos divertidísimos gabachos que no abrazan ni en defensa propia, ¡se hicieron unas playeras con mi cara! Lloré. Poqui. Ellos, inclinaron la balanza hacia el norte.

 

 

Me parece de mal gusto auto reverenciarse (como esos que retuitean sus halagos), pero nada de esto habla bien de mí, sino de ellos. Por eso lo comparto. Porque sentí que debía ser yo quien los homenajeara a ellos. Hacerles un poquito de justicia a esos “gélidos seres”… Aunque sea en un idioma del que no entiendan ni jay (lo puse en inglés para que por lo menos sí entiendan la jota).

Terminando clase, se llevaron mi imagen al bar de los lunes y pidieron para ella MI cerveza: Blue Moon con doble naranja.

Salud. Health!

 

 

Thank you so very much, AMIGRINGOS!!!