blogeditor · 11 de mayo de 2012
Quedaron de verse para ir a beber unas cervezas y ponerse al corriente de los chismes de su vida personal y la política del país. Cuando se vieron ya eran dos personas totalmente distintas. #Aquel, siempre con esa barba, lucía unos pantalones y una camisa dignos de oficina y manejaba un auto más sofisticado. Ella –nada de coche- desde hace tiempo había cambiado los Converse por unas altas alpargatas femeninas, unas piernas descubiertas y un pequeño short con flores. Crecieron. Cambiaron.
Dejaron de ser ese par de universitarios que se amaban y se odiaban con todo el corazón. Dejaron de ser esa pareja que a la luz pública al principio parecía perfecta y después se convirtió en monstruosa, problemática. Desde 2008, simplemente dejaron de ser ellos, juntos.
El paso del tiempo tenía que hacer su trabajo. Para que ella y #aquel pudieran verse, abrazarse y quererse como lo hacen hoy tuvieron que suceder bastantes cosas, desde borracheras inocentes llenas de lágrimas hasta rencuentros físicos casuales, una sesión por semana con la psiquiatra y píldoras de la felicidad por casi un año.
Ella supone que su proceso fue más difícil que el de #aquel (ella es la que ha tenido que desangrar su bolsillo con las terapias y el medicamento), pero valió la pena, porque hoy pueden caminar juntos, hombro con hombro, y hablar sobre el pasado sin que duela o avergüence de la forma en la que lo hacía antes.
“Estabas loco”, le dice ella. Y #aquel lo acepta sin reparo, aunque un poco apenado todavía. Su teoría es que los dos eran demasiado apasionados, para bien y para mal. Y bueno, #aquel estaba como…quebrado por dentro o no sabe, pero algo no funcionaba adecuadamente. Le faltaba un tornillito.
Para qué se excusa con tonterías, ella ya sabe que no sólo era #aquel el que tenía un grave problema. Eran los dos.
Cuando una relación es disfuncional, ambos miembros de la pareja comparten la responsabilidad de ese mal funcionamiento.
Si ella lo acusaba de violento y grosero, #aquel podía haberla acusado de perpetuar esa dinámica agresiva y reproducirla.
Cerrar los ojos e ignorar esa parte de responsabilidad sólo hubiera llevado a la repetición de patrones y, después, a la tragedia. La tragedia diaria de darse cuenta que no se es capaz de mantener una relación sana con alguien que no sea tu sombra (y a veces ni eso).
Hoy, #aquel está muy enamorado y tiene novia, una buena chica. Tiene un trabajo que, si bien no lo hace tan feliz, le ha hecho ver que puede ser un hombre responsable y conseguir lo que quiere.
Ella tiene un trabajo que adora y que le ha despertado características que no sabía que poseía. No tiene novio, pero sigue trabajando en ese aspecto de su vida que –espera- algún día deje de ser tan dramático.
Tomaron las cervezas, intensearon y filosofaron como siempre (no puede ser de otra manera y tal vez por eso nunca funcionaron), se fumaron unos cigarros, caminaron hacia el auto, siguieron platicando, #aquel la llevó a su casa. Esta vez no la acompañó a la puerta, como antes.
Se despidieron y se abrazaron con cariño, con mucho cariño. #Aquel le besó la mejilla un par de veces, con besos de auténtica alegría por haberla visto y platicado con ella.
“Nos vemos pronto”.
Tal vez no sea tan pronto, pero saben que, sin duda, siempre habrá otro encuentro.