Joel Aguirre · 26 de mayo de 2026
¿Qué significa hoy hablar de soberanía en el mundo y en América Latina? La soberanía en el siglo XXI ya no se parece a la que América Latina imaginó y defendió durante buena parte del siglo XX. El mundo cambió más rápido que las categorías políticas con las que la región sigue intentando pensarse. La disputa tecnológica entre Estados Unidos y China, la dependencia de infraestructura digital y de inteligencia artificial desarrollada fuera de la región, la reorganización de cadenas globales de valor, la competencia por minerales estratégicos y la expansión del crimen organizado transnacional están modificando incluso la manera en que los Estados entienden hoy sus propios márgenes de maniobra.
En ese contexto, hablar hoy de integración regional adquiere un significado completamente distinto. Tal vez se debe a que una de las grandes contradicciones contemporáneas es que América Latina sigue discutiendo la integración como si el principal riesgo fuera perder soberanía, cuando buena parte de la región lleva años perdiendo soberanía real en múltiples frentes y no todos son externos. El debate hoy no gira en torno a “cuánta soberanía se cede”, implica también definir cuánta soberanía efectiva existe cuando se sigue actuando desde el aislacionismo.
Hace unos días estuve en Cartagena en el Foro Económico Internacional del Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe, CAF, “Integración regional en América Latina y el Caribe. De la visión a la acción”, y una de las cosas más interesantes de esos días fue observar cómo empieza a moverse la conversación regional sobre integración hacia un lugar diferente y con premisas distintas.
Somos probablemente la región que más organismos, mecanismos, cumbres y discursos sobre integración ha creado a lo largo del siglo pasado y lo que va de este, y los resultados no son tangibles. Las diferencias ideológicas, los proyectos nacionales incompatibles, los cambios políticos abruptos y la tendencia latinoamericana a reinventar todo cada vez que cambia un gobierno terminaron fragmentando incluso los esfuerzos más ambiciosos.
Esto hizo del encuentro en Cartagena algo diferente, menos atrapado en el viejo imaginario de la integración como consigna política y más cercano a una discusión sobre infraestructura, energía, tecnología, inteligencia artificial, logística, financiamiento y capacidad real de negociación en un mundo que dejó atrás la etapa más optimista de la globalización.
Incluso hoy Europa se está replanteando el significado de la integración. Hoy la Unión Europea ya no habla solo de mercados comunes o circulación de personas. Está discutiendo sobre autonomía estratégica, dependencia energética, defensa, inteligencia artificial, cadenas de suministro y capacidad tecnológica en un contexto marcado por guerra, tensiones geopolíticas y reconfiguración económica global. En el fondo, se discute cómo preservar márgenes reales de maniobra en un mundo más fragmentado, más competitivo y menos estable.
Para América Latina y el Caribe, uno de los grandes errores ha sido pensar la integración como una especie de Unión Europea tropicalizada y de habla hispana y portuguesa principalmente. Claramente no es eso. Lo que apareció en Cartagena fue algo mucho más pragmático: la necesidad de construir formas funcionales de articulación en un contexto internacional donde actuar solo completamente empieza a ser cada vez más costoso y riesgoso.
Mientras el tablero internacional cambia de velocidad, la región sigue arrastrando problemas estructurales que rara vez aparecen en el centro del análisis. Además del envejecimiento acelerado en la región y del nivel de violencia de género que le caracteriza, el crimen organizado opera regionalmente con niveles de coordinación, financiamiento, capacidad logística y expansión territorial que muchos Estados no han logrado construir.
¿Entonces qué significa hoy la integración en América Latina y el Caribe? Hoy el debate no puede limitarse exclusivamente a tratados comerciales o afinidades ideológicas; debe visualizarse desde otros ángulos y posibilidades de articulación relacionadas con capacidad tecnológica, infraestructura estratégica, energía, inteligencia artificial, producción de conocimiento, logística y capacidad de negociación conjunta frente a actores globales mucho más articulados y que buscan acabar con el multilateralismo y presionan para negociar en términos bilaterales. La sombra de la Doctrina Monroe 2.0 es una realidad.
En este contexto aparece otro elemento interesante de Cartagena: el papel de organismos como CAF. En un contexto internacional marcado por polarización política, fragmentación regional y debilitamiento del multilateralismo clásico, actores capaces de generar espacios en donde se puedan sentar en una misma mesa gobiernos, empresarios, academia, organismos multilaterales, especialistas y think tanks adquieren un valor distinto. El impacto no es solo financiero, es político y estratégico.
La región necesita mecanismos funcionales de articulación capaces de construir coincidencias mínimas en temas estratégicos donde el territorio comparte vulnerabilidades y oportunidades comunes.
La integración deja entonces de ser solamente una narrativa política para convertirse también en una discusión sobre capacidad de supervivencia estratégica en un mundo cada vez más organizado alrededor de bloques tecnológicos, disputas geopolíticas y dependencia estructural.
Habrá que ver quiénes son capaces de entender esta dinámica y las nuevas posibilidades y sobre todo, estar presente. Las ausencias también tienen efectos y costos. México está siendo uno de los grandes ausentes en esta conversación.
Tal vez sea hora de darse cuenta de que actuar en aislamiento empieza a parecer menos una expresión de soberanía y más una forma de vulnerabilidad. ♦
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