Redacción Animal Político · 5 de marzo de 2025
En la actualidad, el trabajo se ha convertido en un aspecto central en la vida, de tal manera que las realizaciones personales dependen de los éxitos laborales. Tradicionalmente, los hombres han trabajado y asumido el rol de proveedores, lo que les ha permitido interactuar en espacios públicos y, en menor medida, en los privados, como el hogar. Por su parte, las mujeres han trabajado a lo largo de la historia, pero sus aportes económicos no han sido reconocidos, ya que se ha asumido que su principal deber es el cuidado familiar, además de contribuir al incremento de la riqueza. Este desconocimiento y desigualdad persiste incluso cuando ellas hacen enormes sacrificios, tanto alimenticios como emocionales, pues algunas mujeres han llegado a privarse de alimento para poder alimentar a sus hijos.
En la actualidad, el trabajo representa para las mujeres una posibilidad de autonomía, realización personal y satisfacción económica, especialmente cuando logran cumplir o materializar sus proyectos. Desafortunadamente, este escenario no es una realidad generalizada. El camino de muchas mujeres ha sido arduo, ya que sus aportes, ideas y esfuerzos no son reconocidos y con frecuencia son minimizados. Incluso aquellas mujeres que dedican toda su vida a las labores del hogar enfrentan este menosprecio y cuando llegan a una edad avanzada se asume que deben seguir cuidando de los hijos y nietos, además de contribuir al incremento de la riqueza mediante las herencias.
El trabajo no sólo implica la interacción en la vida pública, como en la oficina, también tiene repercusiones en la vida privada, familiar y personal. Debido a estas consecuencias y a la relevancia que el trabajo ha adquirido en la vida, resulta necesario reflexionar cómo se desarrollan los liderazgos en los ambientes laborales.
Las relaciones humanas dentro de los espacios laborales suelen ser competitivas, y en ellas se entrelazan rivalidades, disputas, desencuentros e inconformidades debido a las diferencias de ideas e intereses. Además, los estilos de liderazgo, ampliamente valorados en todos los sistemas económicos, sociales y políticos son ejercidos por personas que tienen una forma particular de ser, sentir y darle significado a la vida, así como de percibir a las mujeres y a los hombres.
John C. Maxwell define el liderazgo como la capacidad de influir en otros. 1 Considera que el liderazgo no se trata de títulos o posiciones, sino de la habilidad para impactar en la vida de otras personas. Esta influencia se ejerce a través del ejemplo, los discursos, ideas y prácticas. Por ello, en los liderazgos las palabras son fundamentales, ya que suelen convencer a los demás; pero el convencimiento también se puede lograr mediante la coerción, las amenazas o llevando a las personas a situaciones de vulnerabilidad para que cedan a cualquier petición. De esta manera, los líderes pueden ganar adeptos, aunque no siempre se considera la justicia social o el bienestar de los demás. Con frecuencia, no se observan las consecuencias de lo que generan con sus discursos ni de la marginación que aplican de manera constante. Esto incluye prácticas de exclusión, como la burla hacia los grupos vulnerables o el abuso que ejercen en los ambientes laborales.
El deseo de alcanzar el poder por parte de individuos cuyos liderazgos son grupales, suele estar enfocado únicamente en sus propios intereses, dejando de lado los de los demás integrantes de una organización. En estos casos, las relaciones amables son condicionadas a precios y recompensas, siempre y cuando se exija subordinación hacia los grupos de poder. Así, en diversas ocasiones parece no haber interés en la construcción de ambientes inclusivos ni en el respeto a la dignidad humana. Para estos liderazgos, a menudo existe un desconocimiento de los derechos humanos y del respeto a la dignidad, lo que se ve reflejado incluso en expresiones de risa que ridiculizan o minimizan estos temas. Algunos consideran que los derechos humanos son un asunto exclusivo de las humanidades y las ciencias sociales, o los ven como argumentos lejanos e irrelevantes para su práctica cotidiana. Pero ¿cómo sería el liderazgo de una persona que no ha reflexionado sobre la diversidad de temas que ponen en riesgo a la humanidad? ¿Cómo puede alguien desempeñar un liderazgo auténtico si no respeta la dignidad humana?
La bioética desempeña un papel fundamental en todas las áreas de la vida, no se limita únicamente a la medicina o a los experimentos científicos; también abarca la toma de decisiones, la empatía, la promoción del trabajo en equipo y el reconocer que las relaciones humanas en los distintos espacios deben basarse en el respeto a la dignidad humana; es decir, se debe considerar el valor intrínseco de las personas, así como ser tratados de manera igualitaria y tener la libertad en la toma de decisiones, sin dejar de lado la protección jurídica. Asimismo, implica aceptar que existen diferencias, pero que lo que nos hace humanos es la convivencia, junto con la cultura, la educación y los derechos inherentes por el simple hecho de ser personas. La bioética también está vinculada al cuidado de las relaciones interpersonales y a la protección del medio ambiente.
Los ambientes laborales forman parte importante del entorno. Por lo tanto, si los espacios de trabajo y el empleo son trascendentales, y en ellos se desarrollan liderazgos tóxicos, existen múltiples posibilidades de que esto genere alteraciones en la salud. La violencia laboral contribuye significativamente a dichas alteraciones, favoreciendo trastornos como la ansiedad, la hipersensibilidad, el insomnio y un estado constante de alerta. Vivir bajo condiciones de violencia, a corto y largo plazo, puede provocar cambios en el cuerpo, afectando el sistema nervioso, además de ocasionar repercusiones emocionales que se manifiestan tanto en la vida privada como en la pública. Estas alteraciones emocionales pueden impedir a las personas socializar, debido al conjunto de heridas emocionales que dejan una profunda huella en la salud mental. Datos etnográficos han demostrado que trabajar bajo liderazgos tóxicos tiene serias repercusiones en la salud de los trabajadores e incluso de sus familias, ya que los estados emocionales alterados suelen trasladarse al hogar, como en el caso de la violencia doméstica.
Cuando se tiene jefes o jefas egoístas o que actúan bajo las exigencias de un modelo patriarcal (entendiéndose esto como la idea de que los hombres detentan el poder en cualquier circunstancia), se está hablando de formas autoritarias que tienden a minimizar los aportes de las mujeres. Además, en estos casos, prevalecen la envidia y la negación de oportunidades, incluso cuando son personas sobresalientes, pero que son percibidas como una amenaza. El modelo patriarcal también puede ser reproducido por mujeres, ya que representa una de las formas más aceptadas y aprendidas de ejercer la autoridad. Por ello, es fundamental buscar alternativas para liderar, basadas en una bioética que promueva el cuidado de los demás y la justicia social. De esta manera, se puede evitar causar daño no sólo a quienes están cerca, sino también a las personas con las que se interactúa fuera del entorno laboral.
Los ambientes laborales tóxicos se caracterizan por la presencia de jefes autoritarios, ambivalentes en sus discursos o que emplean frases denigrantes, no sólo hacia las mujeres, también hacia los hombres. Lamentablemente, estas conductas suelen pasar desapercibidas o no se reconocen como problemáticas porque nadie las señala y tampoco se implementan medidas efectivas para regularlas. Aunque existan normativas para abordar estos comportamientos, no siempre se aplican adecuadamente. Las palabras que emplean los líderes tienen un impacto significativo en las relaciones interpersonales, ya que a través de ellas pueden ejercer poder y subestimar a quienes ocupan posiciones de menor jerarquía. Estos líderes son resistentes al cambio y mantienen ideas preconcebidas, como la creencia de que los hombres son superiores. Por ello, cuando ven a una mujer, ya sea con mayor o menor nivel educativo, tienden a subestimarla o ridiculizarla. Este tipo de conductas es común en entornos laborales donde prevalece la competencia individual y la envidia, especialmente de hombres hacia mujeres. Sin embargo, estas dinámicas dificultan la construcción de ambientes laborales inclusivos, no sólo en términos de diversidad sexual, también etaria. Es decir, se excluye a las personas de diferentes edades que, aunque no siempre posean las mismas destrezas tecnológicas, pueden aprender y desarrollar habilidades que les permitan mantenerse en sus empleos y contribuir al éxito.
La bioética aporta un marco esencial para reflexionar sobre la justicia, 2 el respeto, la responsabilidad y la autonomía de las personas. En los ambientes laborales, la justicia debe existir como un marco regulatorio basado tanto en la normatividad nacional como en los acuerdos internacionales que México ha firmado. Sin embargo, también debe ser reconocida y aplicada por los líderes, quienes en muchos casos carecen de una noción clara del concepto de justicia. El principal aporte de la bioética es proporcionar un marco ético y reflexivo para abordar dilemas complejos relacionados con la vida, la salud, la tecnología y el medio ambiente, equilibrando el avance científico con el respeto a la dignidad humana, la justicia y el bienestar colectivo. Este marco facilita la toma de decisiones responsables en contextos donde los valores, intereses y derechos pueden entrar en conflicto.
La bioética se fundamenta en principios como la beneficencia, la no maleficencia, la autonomía y la justicia, que son aplicables a decisiones en medicina, investigación, política y liderazgo. Asimismo, se encuentra vinculada con disciplinas como la filosofía, la biología, la antropología, el derecho y las ciencias sociales, promoviendo un análisis integral de los problemas éticos.
La bioética, en este sentido, no sólo enfrenta dilemas contemporáneos, también se orienta hacia un futuro más justo, humano y sostenible. Es fundamental respetar los derechos humanos y garantizar un trabajo digno, libre de vulneraciones constantes con frases discriminatorias, excluyentes o xenófobas. Para ello, es necesario sensibilizar a líderes sobre la importancia de la ética. La indiferencia debe ser reemplazada por la responsabilidad, de manera que quienes asuman roles de liderazgo, ya sea en puestos directivos, ascensos o sectores como la salud y la educación, comprendan el papel central que juega la ética en la vida de los líderes, funcionarios e investigadores. Esto es esencial para prevenir prácticas abusivas asociadas al ejercicio del poder. Cuando un director, jefe, jefa o líder promueve la competencia desleal o es indiferente a las quejas y opiniones de trabajadores, el ambiente laboral se ve afectado negativamente. En estas circunstancias, surgen la disminución de la productividad y las rivalidades se incrementan a través de la persuasión, la discrecionalidad y la intriga.
El conjunto de conductas y emociones de los jefes incide profundamente en la organización. Por ello, el líder tiene el deber ético de fomentar ambientes laborales respetuosos y colaborativos. Cuando este deber no se cumple, se trabaja en entornos laborales precarios que inhabilitan el desarrollo personal y profesional, eternizando la pobreza. Las instituciones y organizaciones deben impulsar liderazgos adecuados que promuevan una participación respetuosa de los derechos humanos, afable y efectiva en la realización de tareas diversas que contribuyan al bienestar emocional, el cual se refleje, a su vez, en una sociedad con justicia social y más igualitaria.
* Rocío Fuentes Valdivieso cursó el seminario postdoctoral en Estudios de Género por la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales, en Buenos Aires, Argentina. Es doctora en Antropología, egresada del Instituto de Investigaciones Antropológicas y de la Facultad de Filosofía y Letras, ambos de la UNAM; es maestra en Antropología Social por la Universidad Iberoamericana y licenciada en Antropología Social por la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Actualmente es profesora e investigadora del Instituto Politécnico Nacional, en la Escuela Superior de Medicina.
Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad exclusiva de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentario, réplica o crítica es bienvenido.
1 Maxwell, J. C. Las 21 leyes irrefutables del liderazgo: Siga estas leyes y la gente lo seguirá. Grupo Nelson, 2007.
2 Pereda, C., J. Marcone, M. T. Muñoz y S. Ortiz. Diccionario de justicia. Siglo XXI Editores, 2017.