blogeditor · 30 de enero de 2014
Por: Agustín Acosta
El deceso de José Emilio Pacheco ha atraído un súbito interés por su obra. Las citas son legión e inevitablemente nos topamos con Alta Traición.
No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, mostruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
-y tres o cuatro ríos.
Decir así de crudo que no se ama a la Patria es una licencia reservada al genio del poeta, precisamente eso: una licencia poética. Pero no nos confundamos, los ciudadanos de a pie seguimos obligados a cuadrarnos ante los símbolos patrios, so pena de alta traición, y muy especialmente en estos días de luto.
José Emilio Pacheco no fue en sentido estricto un crítico del poder. Octavio Paz, poeta laureado también, nos legó piezas clásicas de ensayo político. Pacheco, en cambio, no polemizó sobre esos asuntos terrenales. Supongo que el tema resultaba áspero a su sensibilidad. Sin embargo, su mirada melancólica, su erudición enciclopédica y su humildad le permitieron discernir algo más profundo: la fealdad intrínseca del poder. Algunos poemas suyos nos descubren la futilidad de la pompa y la levedad del combate políticos. Imitando a Juvenal, el satirista romano, escribió: “No hay nadie que del poder salga ileso”.
Pacheco no podía amar a la Patria porque suficiente carga era ya soportar el dolor que causa ver su martirio cotidiano a manos de una política insensible que se ensaña en restar verdor a nuestro territorio, agua a nuestros ríos y esperanza a todos nosotros:
La patria fue arruinada por unos cuantos,
Su ambición sin medida, la alabanza del epitafio.
En la urna de su ceniza.
Pero basta la higuera estéril
Para hendir el altivo mármol.
Toda grandeza cabe en el límite estrecho
de un ataúd…
[contextly_sidebar id=”d595471f3e96259793e13a602ddf62a4″]Nuestros políticos, ellos sí obligados a amar de palabra, que no de obra, a la Patria, invocan todos los días su fulgor abstracto desde lo inasible de sus cargos. Desde sus fortalezas declaran dar la vida por una Patria que perciben acechada de peligros. Unos peligros que son en buena medida la suma de sus incompetencias. Su demagogia los imagina exhalando el último aliento de niño héroe desde la tribuna de San Lázaro. Pero, y después de que los figurones del poder rindan homenaje protocolario al poeta y los politicastros pronuncien la grave declaración, preguntémosles, aunque suene mal, no por quién darían la vida, sino simple y sencillamente, por quién o a quién piensan entregar su trabajo y su compromiso.
* Agustín Acosta es abogado.