Redacción Animal Político · 17 de marzo de 2023
Feliz cumpleaños, hijo mío:
que todos los animales de esta Tierra sigan habitando en ti.
Hace cinco años, el papá de mi hijo y yo nos dirigíamos al hospital para llegar a tiempo a la cesárea. Emocionados y nerviosos, emprendimos nuestro viaje sin retorno. De los dos, sólo él sabía lo que nos esperaba, porque Anna, hermana de Nicolás, había cumplido ocho años un mes atrás. Aun así, todo sucedía por primera vez.
Una semana antes determinamos con el médico que, ante la incómoda y prolongada postura de Nicolás en mi vientre, donde se encontraba sentado como un pequeño buda, lo mejor para ambos era adelantar la fecha de su nacimiento. Estaba tan agotada del embarazo que si por mí hubiese sido en ese instante me internaba, pero debíamos esperar a que concluyera la semana 38.
Además de la felicidad de sostener a Nicolás, fue un alivio que mis vísceras se acomodaran para volver a respirar profundo, agacharme, caminar y dormir bocabajo. Me imagino que por eso se dice que las mujeres nos aliviamos cuando parimos.
Me canalizaron, me bloquearon, movieron, tiraron, le dieron vueltas y sacaron a Nicolás, que había estado sentado porque el cordón umbilical lo había atado en esa postura. Mi cuerpo ya no era de él, volvía a ser sólo mío, pero durante la cesárea parecía que se trataba de un cuerpo ajeno.
El 17 de marzo de 2018, a las 10:45, lo conocimos: de ser una semilla, Nicolás pasó a ser una piraña y, desde ese momento, ha tomado la forma de todos los animales que habitan esta Tierra. A veces tiene la calma de un capibara y otras la tenacidad de un mosquito.
Cuando lo vi por primera vez, entendí el secreto que guardan las madres al saber que el único momento en el que el tiempo se detiene es cuando nacen nuestros hijos: nada más importa, el mundo deja de existir. La vida, durante ese principio prolongado, es tan reconfortante como el olor a pan recién hecho, aunque sea igual o más incómoda que el embarazo.
Yo, que apenas cumplía un año de haber llegado a Ciudad de México a buscarme la vida, de pronto tenía sobre mi pecho a un ser humano que a las 38 semanas salió de mi cuerpo para enseñarme el meollo de vivir. Vine a este mundo a alojar a Nicolás. Lo tengo clarísimo.
Hace cinco años llegábamos a casa a probar nuestra nueva vida olor a pan recién hecho. Nicolás fue un bebé sano, que rugía más de lo que lloraba, como la diminuta bestia que era. Algunas veces David y yo tuvimos que aclarar que se encontraba bien, pues su dinosaurio interior no callaba: rugía de felicidad, rugía de hambre, rugía para anunciar un cólico.
Nicolás fue un bebé tranquilo, ha sido generoso y gentil con esta madre primeriza (y unípara, como dice mi mamá al referirse a las madres de hijos únicos) desde el momento uno. Incluso en sus demandas y malos humores guarda un poco de paciencia para mí.
David me enseñó a bañarlo, a cambiarlo y a ponerle la música adecuada para dormirlo. Poco a poco, como la mayoría de las personas que criamos, establecimos una rutina y la seguimos al pie de la letra. Nicolás crecía mientras no nos dábamos cuenta. Nosotros crecimos junto a él.
Hoy tiene cinco años y nosotros parecemos de doscientos. Todavía hay días que puedo ver la boquita de mi bebé asomada en su cara de niño. Veo cómo le comienzan a hacer gracia cosas más sofisticadas y sus deseos son más precisos. Las ocurrencias son más vivas y las curiosidades más definidas. Nicolás nos ha traído alegría desde que supimos que estaba embarazada. A nuestra familia le dio contención.
Durante estos cinco años no ha habido un día en el que no nos sonría. A pesar de lo que hemos vivido, de las decisiones que hemos tomado y de nuestras equivocaciones. Su sonrisa es de complicidad, pero también de gratitud. Como si estuviera consciente de todo lo que hacemos por él.
Es alucinante sentir la implosión de saber que el amor que sentimos hacia nuestras crías lleva miles de años con nosotras. Madre tras madre, generación tras generación, sumando amor al amor, cuidado al cuidado y vida a la vida.
Estos cinco años con 38 semanas han sido el viaje de mi vida, todavía hay veces que siento las vísceras apretadas. Mi entusiasmo por celebrar la existencia de mi hijo es tan grande como el compromiso de acompañarlo a crecer en un mundo desafiante y hostil.
El tiempo sigue deteniéndose cada vez que estamos juntos, y todavía huele a pan. Soplo las cinco velas junto a él y pido que este lugar, donde ambos encontramos alivio, dure lo suficiente para poder enseñarle lo que él me hizo ver la mañana del 17 de marzo de 2018, cuando emprendimos este viaje sin retorno.