Redacción Animal Político · 12 de abril de 2023
Con su método genealógico, Nietzsche hizo lo que nadie había hecho antes con tanta penetración: rastrear el origen de los valores que han orientado al grueso de la filosofía occidental a lo largo de su historia. Desde que Platón separó al mundo sensible con respecto al mundo de las ideas, con su correspondiente escisión entre el cuerpo y el alma, la filosofía otorgó preponderancia a la metafísica en detrimento de la naturaleza, lo que significa que los principales sistemas filosóficos denostaron las fuerzas más palpables de la vida a favor de otras más abstractas e inciertas. Lo real dejó de tener valor frente a lo ideal. Esta visión fue recogida y reforzada por el cristianismo, pero con el dogmatismo y adoctrinamiento que además implica.
El cristianismo es, al menos para Nietzsche, una fuerza decadente y debilitante que, con su instinto gregario, busca convertir en rebaño todo aquello que quiere autoafirmarse. Por eso el cristianismo no es una fuerza afirmativa y creadora, sino que niega y empobrece las fuerzas más activas a través de la culpa. En otras palabras, el cristianismo ha estado en contra de la vida y de sus pulsiones más fundamentales. Piénsese, por ejemplo, en cómo se ha empecinado en condenar el acto más vital y creador de todos, a saber, el acto sexual. El cristianismo está en contra de la vida porque la vida es crecimiento, variedad, conflicto, devenir, exuberancia, afirmación, mientras que él es todo lo contrario: continencia, uniformidad, mansedumbre, permanencia, privación, culpa.
Los efectos que el cristianismo ha producido en la filosofía y la cultura occidentales han sido diversos, pero uno que atañe directamente a la bioética es la profunda devaluación de la vida en sus diversas manifestaciones. Considerar, por ejemplo, que la “creación” está hecha para servir al hombre, 1 es de entrada una visión que despoja de su valor intrínseco a todos los seres vivos, convirtiéndolos más bien en un simple instrumento al servicio humano. Es la misma idea antropocéntrica que ha hecho del capitalismo una maquinaria destructiva y codiciosa que cree que los recursos naturales existen no sólo para satisfacer ciertas necesidades, sino también para enriquecer de forma exponencial (y siempre insuficiente) a quien tiene los medios para explotarlos. La relación que estableció Max Weber entre el capitalismo y la ética protestante no es casual.
Muchos podrían argumentar que si algo caracteriza al cristianismo es defender la vida; por eso está en contra de la anticoncepción, el aborto, la eutanasia y el suicidio asistido, entre otras cosas. Error. Lo que defiende el cristianismo no es la vida, sino el señorío que sobre ésta cree que tiene su dios, por lo que su resistencia ante todos estos derechos no son más que reacciones que buscan defender una posición de poder.
En el caso del aborto, como insiste la doctora Paulina Rivero Weber, suele importar mucho la vida del embrión, pero una vez que éste nace ya no importa si tendrá un hogar, una familia o un entorno que le proporcionen condiciones de vida dignas y adecuadas. Y en este punto alguien quizás traiga a colación los albergues y orfanatos que tan piadosamente han fundado diversas órdenes religiosas, mas se deben recordar los innumerables casos de abusos, violencia y pederastia que se han cometido en tales lugares y que la Iglesia Católica se ha esmerado en ocultar desde siempre. ¿Qué le importa a la Iglesia la vida de un niño, ya que protege y encubre al pederasta que ha abusado sistemáticamente de él?
Y ni qué decir de cómo se condena de forma encarnizada a quien sufre una enfermedad irremediable sin que se le permita terminar con su vida de manera planeada, voluntaria e indolora, por asumir que la vida, esa vida, aunque sea del enfermo, en realidad no le pertenece a éste, sino a Dios, y por tanto nadie más tiene el derecho a decidir cuándo terminar con ella; antes bien, el desahuciado debe sufrir como vía de redención y aceptar con gozo la bendición que Dios le concede por medio del dolor. Al cristianismo no le importa el sufrimiento de esa persona más allá del poder de penitencia que adquiere. Evidentemente tampoco le importa su vida, pues para el cristianismo lo esencial no es la vida, sino la recompensa que viene después de ella, y qué mejor mérito que el que se alcanza después de indecibles años de dolor, culpa y sufrimiento. El cristianismo no comprende que el individuo es el único dueño de su propia vida así como de su sufrimiento; ni que, más que la vida, lo importante es una buena calidad de vida.
Podríamos continuar con incontables ejemplos, pero lo que interesa destacar aquí es que los valores “pro-vida” que suele defender el cristianismo son más bien posiciones de poder que buscan negar los derechos humanos a través de una hegemonía de la conciencia, la cual, aparte de ser insensible y coercitiva, es ya también extremadamente anacrónica. En este sentido, muchos bioeticistas afines a algún credo disfrazan de secularidad sus discursos, con el fin de evitar la predisposición negativa que podría generar su mensaje explícito, pero dichos discursos en el fondo siguen siendo religiosos. Un buen ejemplo de ello es Diego Gracia (referente de cabecera en bioética para muchos profesionales de la medicina), quien defiende la secularidad pero que no obstante escribe textos con títulos como “Teología para el currículo. ¿Cómo enseñar ética en la escuela?”; “Socratismo cristiano”, o “Defender la vida”, entre muchos otros.
Si bien podemos encontrar “cristianos lógicos”, como dijera alguna vez Nietzsche al referirse a Pascal —lo que significa que hay voces cristianas a las que vale la pena escuchar—, 2 el cristianismo al que nos referimos aquí es ese cristianismo rancio, institucional, dogmático y corrompido por su anhelo de dominio. Es el cristianismo al que no le importa la vida, y por eso es muy importante insistir en el ejercicio de una bioética laica. Sin embargo, como apunta Nietzsche, la filosofía occidental sigue estando sostenida en muchos sentidos por principios metafísicos instaurados por ese cristianismo que busca imponer, adormecer y domesticar. ¿Qué hacer entonces? ¿Acaso podría la bioética distanciarse del influjo de esta arraigada tradición para proponer un saber que no termine predicando (voluntaria o involuntariamente) una moral cristiana anti-vida? ¿Es posible una bioética realmente laica?
Para responder a estas preguntas es esencial la distinción entre moral y ética, que para muchos pasa de largo pero en realidad resulta indispensable para establecer fronteras entre religión y filosofía, entre doctrina y pensamiento.3 También sería muy importante volver directamente a los griegos, así como voltear a ver otras filosofías no occidentales que guardan relaciones mucho menos atormentadas con la vida, la sexualidad, la naturaleza y la muerte. Pero estos ya son temas que merecen tratarse aparte.
Por lo pronto quedémonos con la invitación a discutir muchos de los supuestos que desde su origen prevalecen en la bioética sin que nos detengamos a pensar en su significado y procedencia. La moral misma, la concepción del hombre, el pensamiento dualista o diversas nociones metafísicas por las cuales representamos al mundo y a la vida son algunos de ellos. No se trata de erradicarlos sin más; pero sí es necesario, al menos, problematizarlos.
*Jaime Trueba César es psicólogo y candidato a doctor en Filosofía por la Universidad de Guanajuato. Cursó el Diplomado en Bioética en el PUB de la UNAM. Aparte de la Bioética, sus temas de interés se han centrado en las relaciones entre Filosofía, Psicología, Arte y Literatura. [email protected]
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1 La cita bíblica dice: “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra y en todo animal que se arrastra sobre la tierra”. Véase también la Constitución Pastoral Gaudium et spes en los siguientes apartados: 12, párrafo 1; 24, párrafo 3; 39, párrafo 1.
2 Incluso Fritz Jahr, a quien le debemos la acuñación del término bioética, era pastor protestante.
3 Apología de la inmoralidad. Paulina Rivero Weber. Revista Este País.