No hay agua: por una nueva transición democrática

Joel Aguirre · 1 de junio de 2026

No hay agua: por una nueva transición democrática

¿Habrá algo más frustrante que abrir la llave del agua y encontrar solamente vacío? Imaginemos una casa donde, una tras otra, abrimos las llaves buscando saciar la sed. Caminamos de la cocina al baño, del patio al lavadero, pero ninguna responde. No sale una sola gota.

El agua no desapareció de un momento a otro. Antes hubo señales: menor presión, fugas visibles, tuberías deterioradas. Las ignoramos. Nos acostumbramos a ellas. Posponemos las reparaciones porque siempre parecen menos urgentes que los problemas del día. Hasta que llega el momento en que el problema deja de ser una advertencia y se convierte en realidad.

Algo parecido ocurre hoy con México. Muchas de las llaves de nuestra vida pública están secas. La de la justicia apenas gotea. La de la seguridad está vacía. La de la educación pierde presión. La del crecimiento económico parece obstruida. Solo la llave de los programas sociales mantiene un flujo constante, aunque insuficiente para abastecer toda la casa.

Y ningún discurso pronunciado desde una plaza pública puede ocultar esa realidad.

¿Por dónde empezar?

El punto de partida consiste en reconocer algo incómodo: ni la situación actual ni las tendencias de organización política que hoy predominan tienen como objetivo inequívoco la consolidación de la democracia. Por el contrario, observamos una fuerza política impulsada por la concentración del poder y, al mismo tiempo, una resistencia dispersa que intenta sobrevivir a esa pulsión centralizadora.

Durante años el debate se ha reducido a una confrontación permanente. De un lado, quienes consideran legítimo continuar con lo que llaman la Cuarta Transformación. Del otro, quienes consideran legítimo resistir los impulsos mayoritarios y las tendencias antipuralistas que acompañan a todo proyecto de concentración del poder.

Sin embargo, esa discusión resulta insuficiente. La crítica debe mantenerse. Es indispensable para controlar al poder y mejorar los gobiernos. Solo los autócratas consideran la crítica una amenaza. Algunos ni siquiera la escuchan; otros simplemente actúan como si no existiera.

El debate nacional debe elevarse

Debemos comenzar a discutir no solamente quién gobierna, sino qué país queremos construir. Qué queremos que México sea. Y, sobre todo, qué queremos evitar que se convierta.

La transición democrática iniciada en la década de los años 70 del siglo pasado ha concluido. Y debemos admitirlo con honestidad: no logró consolidar una democracia duradera. Durante años repetimos una frase sin detenernos a pensar en ella: “La frágil democracia mexicana”. Hoy sabemos que aquella fragilidad no era una exageración retórica. Era una descripción precisa.

El edificio democrático resistió mientras existieron contrapesos suficientes para sostenerlo. Cuando estos comenzaron a desaparecer, la estructura mostró sus debilidades.No estamos frente a una crisis pasajera. Estamos frente al agotamiento de un modelo.Y precisamente por ello necesitamos una nueva transición democrática.

La pregunta central es sencilla: ¿qué país queremos?

Queremos un país donde el esfuerzo vuelva a tener sentido. Un país donde el origen no determine el destino. Donde una niña nacida en la sierra tenga las mismas oportunidades que un niño nacido en una gran ciudad. Donde estudiar, trabajar, innovar y emprender permitan construir una vida digna. Donde el Estado no sustituya los sueños de las personas, sino que ayude a hacerlos posibles.

(Imagen creada con la herramienta GPT Image 2026 por Roberto Heycher Cardiel)

Queremos un país donde las madres no tengan que convertirse en investigadoras para encontrar a sus hijos. Un país donde la palabra “desaparecido” deje de formar parte del lenguaje cotidiano. Donde los criminales sean perseguidos y castigados, no premiados con candidaturas, contratos públicos o posiciones de poder.

Queremos un país donde los tribunales impartan justicia y no favores. Donde la ley sea más fuerte que las influencias. Donde los jueces y juezas no tengan dueños ni más compromiso que con la justicia misma. Un Poder Judicial profesional, transparente y capaz de investigar y sancionar la corrupción dentro de sus propias filas.

Queremos un país donde las elecciones sean fuente de certeza y legitimidad, no de conflicto y desconfianza. Autoridades electorales que valoren más su prestigio que cualquier reconocimiento político o recompensa económica. Instituciones capaces de regular a los partidos, no de servirles.

No queremos un país en manos del narcotráfico.Tampoco uno donde se persiga, encarcele o asesine a quienes critican al gobierno. No queremos un país paralizado por la negligencia o, peor aún, por la complicidad de las autoridades con el crimen organizado. No queremos gobiernos débiles frente a los desafíos internacionales ni gobiernos omnipotentes frente a sus propios ciudadanos. No queremos una sociedad condenada a elegir entre pobreza y clientelismo.

Y no queremos que la voluntad de una sola persona valga más que los derechos y aspiraciones de millones.

No queremos una autocracia

Queremos una democracia basada en la igualdad política, el Estado de Derecho y los derechos humanos. Una democracia de instituciones sólidas, de justicia profesional y de elecciones libres y auténticas.

Si las tuberías de nuestra casa están rotas, no basta con lamentarnos porque ya no sale agua. Hay que rediseñar el sistema completo.

Construir nuevas válvulas de seguridad. Instalar mecanismos que impidan que el flujo regrese hacia los viejos vicios del autoritarismo. Diseñar instituciones capaces de resistir a los caudillos, a los populismos y a quienes prometen resolver todos los problemas a cambio de concentrar todo el poder.

Ha llegado el momento de abandonar la nostalgia. La democracia que conocimos ya no existe. Pero eso no significa resignación. Significa responsabilidad. Porque los mexicanos no tenemos otro país.

Y si queremos que vuelva a correr agua por las llaves de la justicia, la seguridad, la educación y la prosperidad, tendremos que construir una nueva red. Piedra por piedra. Institución por institución. Ciudadano por ciudadano. No para recuperar el pasado. Sino para inaugurar una nueva transición democrática capaz de sobrevivir a quienes intenten destruirla.

Porque una casa sin agua puede abandonarse. Pero una nación solo puede reconstruirse.

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Roberto Heycher Cardiel es abogado, investigador y especialista en materia electoral y gobernanza democrática. Ha dedicado su trayectoria al estudio de las instituciones, la participación ciudadana y la defensa de la democracia constitucional. Redes: @RobertHeycherMX