Joel Aguirre · 18 de agosto de 2026
Un sensor detecta que una mujer de 82 años no se levantó a la hora habitual. Envía una alerta al teléfono de su hija. La tecnología funcionó exactamente como debía.
Ahora empieza el cuidado. La hija tendrá que llamar, averiguar qué ocurrió, decidir si debe ir a verla, contactar a un médico o pedir ayuda. El sensor hizo algo extraordinario: permitió detectar a distancia que podía existir un problema, pero no eliminó la responsabilidad de cuidar.
Esta es una de las paradojas sobre las que hay que hablar cuando se habla de la tecnología para la edad o para el envejecimiento, conocida en términos generales como AgeTech.
El término agrupa tecnologías desarrolladas para responder a las necesidades de sociedades cada vez más longevas: dispositivos para detectar caídas, monitoreo remoto de signos vitales, asistentes de voz, telemedicina, aplicaciones para gestionar medicamentos, hogares inteligentes, inteligencia artificial, robótica y plataformas que permiten coordinar cuidados a distancia.
Su potencial es enorme. Pueden prevenir riesgos, facilitar el seguimiento de enfermedades, aumentar bajo ciertas condiciones la autonomía de las personas y permitir que millones de adultos permanezcan durante más tiempo en sus hogares.
También representan un mercado creciente. AARP y la Consumer Technology Association estiman que las tecnologías relacionadas con envejecer en casa podrían alcanzar un mercado de 120,000 millones de dólares hacia 2030. En Estados Unidos, 80 por ciento de las personas mayores encuestadas ya utiliza al menos alguna tecnología que puede facilitar el envejecimiento en casa.
La innovación está ocurriendo y es una buena, muy buena noticia. Una sociedad longeva necesitará mucha más tecnología para conservar autonomía, prevenir dependencia y hacer más eficientes los sistemas de cuidados. Pero, y este “pero” es muy importante, falta una parte de la ecuación…
En Estados Unidos existen actualmente 63 millones de cuidadores familiares, casi uno de cada cuatro adultos y casi 50 por ciento más que hace una década. De ellos, 59 millones cuidan a personas adultas. Más del 40 por ciento realiza cuidados de alta intensidad y solamente 22 por ciento recibe capacitación. Siete de cada diez trabajan además en un empleo remunerado y la mitad reporta algún impacto financiero negativo —como un endeudamiento creciente— derivado de cuidar. Estas cifras son similares en la mayor parte del mundo.
La magnitud económica de ese trabajo es extraordinaria. AARP estima que esos 59 millones de cuidadores proporcionaron 49,500 billones de horas de cuidado durante 2024. Si se pagaran a valor de mercado representarían 1.01 trillones de dólares. Es el equivalente al trabajo de casi 24 millones de personas empleadas a tiempo completo.
¿Y quién realiza la mayor parte de ese trabajo? La Organización Internacional del Trabajo estima que 708 millones de mujeres en el mundo están fuera de la fuerza laboral debido a responsabilidades de cuidado no remuneradas, frente a 40 millones de hombres. Los déficits de servicios e infraestructura de cuidados continúan haciendo que estas responsabilidades recaigan desproporcionadamente sobre las mujeres.
Esto sucede en el contexto e infraestructura cultural, económica, social y familiar dentro de la cual se está introduciendo la AgeTech.
Un sensor puede sustituir horas de vigilancia presencial. Una aplicación puede simplificar la administración de medicamentos. Una consulta remota puede evitar un traslado. Un dispositivo puede detectar una caída. Todo eso importa, pero sigue siendo una persona quien recibe la alerta, llama al médico, organiza los medicamentos y lo que sucede después. Una persona modifica su día cuando algo ocurre, y ese alguien es en el 75 por ciento de los casos una mujer.
Por eso hay una pregunta que deberíamos considerar e incluir en la evaluación de cualquier innovación destinada a los cuidados: ¿Cuántas horas de cuidado eliminó esta tecnología, cuántas generó y para quién?
Se miden hospitalizaciones evitadas, caídas detectadas, consultas realizadas a distancia, días adicionales viviendo en casa y ahorros para los sistemas sanitarios. Son indicadores necesarios, pero es absolutamente necesario medir también cuánto trabajo de cuidado desapareció realmente, quién asumió las tareas que permanecieron y qué ocurrió con su empleo, sus ingresos, su tiempo y su propia autonomía.
Ante esto, también necesitamos saber quién realmente ahorró algo.
Si una tecnología permite que una persona permanezca más tiempo en casa, puede reducir costos para el sistema de salud, una aseguradora, una institución o incluso una familia. Pero si esa posibilidad sigue dependiendo de miles de millones de horas de trabajo familiar no remunerado, la innovación tecnológica no necesariamente ha transformado la economía del cuidado.
Ahí está la paradoja. La AgeTech puede contribuir a hacer más eficiente el cuidado; puede aumentar la autonomía de las personas mayores, puede reducir costos institucionales y sin duda, está creando un mercado enorme.
Lo que no necesariamente está cambiando es quién mantiene vivo y funcionando el sistema de cuidados.
Las mujeres ya realizaban una parte desproporcionada del trabajo no remunerado antes de que existieran sensores, plataformas, inteligencia artificial o monitoreo remoto. Si las nuevas tecnologías se construyen dando por sentado que siempre habrá una hija, esposa, hermana o nuera disponible para recibir la alerta y hacerse cargo de lo que sigue, podemos modernizar radicalmente la tecnología sin modificar la estructura del cuidado. Es decir, innovar para el mercado sin afectar las desigualdades existentes y sin modificar el sistema de cuidados prevaleciente.
Esta debería ser una de las pruebas de la innovación en una sociedad longeva. No solo cuánto dinero ahorra el sistema de salud o las aseguradoras, cuántos riesgos detecta o cuántos años permite permanecer en casa, sino cuánto trabajo de cuidado elimina, quién realiza el que permanece y quién recibe el beneficio económico de esa reducción.
Podemos ver cómo se construye y escala la industria AgeTec de miles de millones de dólares y, al mismo tiempo, conservar intacta la infraestructura invisible sobre la que descansa buena parte del sistema de cuidados y como pauperiza de manera constante a quienes se hacen cargo de ella y siguen incrementado el tiempo y el trabajo no remunerado de las mujeres.
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