La agenda urbana debe atender el impacto de la segregación residencial en AL

Redacción Animal Político · 22 de julio de 2022

Durante las últimas décadas se han realizado cada vez más investigaciones sobre la segregación racial y por ingresos, tal como esta se refleja en el paisaje urbano. En particular, se ha estudiado cómo afecta el acceso a las oportunidades entre los residentes urbanos de Estados Unidos.

El ascenso meteórico del economista Raj Chetty y su novedoso trabajo experimental, que utiliza millones de puntos de datos, permitió echar luz renovada sobre la importancia de los “efectos del vecindario” —un tema introducido por primera vez en el campo de la sociología urbana— sobre el condicionamiento de oportunidades de toda una vida entre los residentes urbanos de Estados Unidos (como he mencionado antes, “vecindarios” se refiere aquí a neighborhoods en inglés, un término que no se deja traducir fácilmente al español —hay quien prefiere, por ejemplo, la palabra “barrios”— pero que ha sido ampliamente utilizado en la literatura sobre el tema en México).

Pero la desigualdad residencial, ya sea por raza, por ingresos o por ambos factores, también es un asunto grave en las ciudades de América Latina, y tiene efectos generalizados sobre la salud y las oportunidades de empleo de los habitantes urbanos. Así pues, los esfuerzos para afrontar la desigualdad en las ciudades de América Latina requieren un énfasis renovado en el combate a la desigualdad residencial.

Algunos ejemplos de la investigación cuantitativa sobre la segregación urbana en las ciudades de América Latina: un estudio brasileño que analizó datos de funcionarios públicos en seis áreas metropolitanas encontró que las poblaciones negras y morenas tenían más probabilidades de vivir en zonas económicamente segregadas de la ciudad, y que vivir en estas zonas se asocia con mayores riesgos para la salud. De manera similar, un estudio de Argentina encontró que quienes viven en ambientes segregados tienen mayores dificultades para acceder a sus lugares de trabajo. Además, una investigación sobre la segregación residencial socioeconómica en la Zona Metropolitana de la Ciudad de México encontró que vivir en una zona desfavorecida de la ciudad tiene un impacto negativo sobre la participación en la fuerza laboral de las mujeres casadas, así como sobre las probabilidades de que los hombres trabajen en empleos formales.

La segregación residencial es un problema no solo porque restringe severamente el acceso a las oportunidades para los residentes de bajos ingresos. También lo es porque los centros urbanos con una fuerte segregación residencial son más propensos a sufrir una expansión urbana incontrolada (urban sprawl, en inglés). Y existe evidencia de que las urbes extendidas (sprawling) tienen una huella de carbón más alta, ya que son menos densas y por lo tanto los residentes tienden a depender más de sus autos, lo cual incrementa el consumo de energías fósiles y las emisiones de CO2. En este sentido, un estudio que abarcó 17 áreas metropolitanas de Canadá descubrió que una mayor densidad urbana está asociada con un menor consumo de gasolina para vehículos personales.

De esta manera, para afrontar la segregación residencial, se debe hacer mayor énfasis en la reducción en el tamaño de las ciudades, y en promover una mejor conectividad y una mayor densidad urbana. Entre los instrumentos políticos que se pueden utilizar para ayudar a integrar las ciudades —tal como los delinea la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE)— se cuentan: promover la densificación de las ciudades mediante la construcción de vivienda accesible cercana a los centros urbanos y las rutas de transporte; la expansión de la capacidad y el acceso a infraestructura de transporte asequible; y la reducción de la dependencia del automóvil, que se puede lograr incentivando el acceso a medios alternativos de transporte, como caminar o circular en bicicleta.

Para determinar su efectividad, cuando esto es posible, tales instrumentos políticos deben ser evaluados con métodos de investigación mixtos, recurriendo a enfoques cualitativos y evaluaciones de impacto. Sin embargo, los resultados de tales estudios empíricos deben ser analizados de manera holística, como parte de debates interdisciplinarios amplios, teóricos y no teóricos, científicos y no científicos, que capten las múltiples dimensiones en que los ciudadanos interactúan con la ciudad. Abrevar de una amplia gama de disciplinas no deja de ser particularmente importante al momento de captar los matices de la interacción entre raza/ingreso y paisaje urbano.

Afrontar la desigualdad residencial en las ciudades de América Latina y democratizar el acceso a las oportunidades haciéndolas más inclusivas y mejor conectadas debería ser una prioridad fundamental de cualquier programa urbano. Haciendo eco a las palabras de la gran urbanista Jane Jacobs: “Las ciudades tienen la capacidad de brindarle algo a todos, solo si y solo cuando son creadas para todos”.

 

* Jonathan Grabinsky (@Jgrabinsky) es consultor en temas de gobierno. Cuenta con una licenciatura y maestría en Políticas Públicas por la Universidad de Chicago.