blogeditor · 20 de enero de 2014
Para Héctor Contreras Pérez, abogado que representa a Alma Irene Botello Amante, el más reciente capítulo de la interminable saga de corrupción e impunidad nacionales constituye textualmente ‘un acto de justicia’.
Alegó en su descargo un recurso denominado incidente de libertad por desvanecimiento de datos. Acaso arribamos a la la hora de presumir, ante la opinión pública, sofismas y artilugios novedosos. Sin demasiada jerigonza que tergiverse los propósitos de las sentencias. Vistosos subterfugios, que hayan ocupado tiempo y empeño mental, en su elaboración. Algunos ejemplos estadounidenses, por vía de contraste y para demostrar la supina falta de ingenio de nuestros propios juristas, se enumeran a continuación.

Podría Contreras prescindir de tanta terminología leguleya y ‘blindar’ a la señora Botello con el expediente de la comida chatarra: defensa twinkie. Esta estrategia fue adoptada por el equipo que intercedió por Dan White, asesino del legendario concejal gay Harvey Milk y el alcalde de San Francisco, George Moscone, el 27 de noviembre de 1978. Hace tres décadas y media. El abogado Douglas Schmidt ensayó en la práctica su teoría de ‘capacidad disminuída’ y logró convencer al jurado que White no estaba en pleno uso de sus facultades mentales por culpa del junk food al que era muy adicto. Como puede verse en el biopic de 2008 estelarizado por Sean Penn, White había acribillado a sangre fría a los dos distinguidos servidores públicos. Libró la pena capital con el ‘argumento’ de que la ingesta de productos basura había afectado sus funciones mentales, ofuscando su propio entendimiento. Estuvo en prisión únicamente cinco años.



La afluenza, definida como una enfermedad privativa de los ricos y sus vástagos que crecen sin aquilatar la diferencia entre el bien y el mal, también es elemento justificatorio en casos recientes como el del adolescente Ethan Couch, hijo haragán y consentido de un magnate laminero que percibió ingresos por quince millones de dólares el año pasado. Tras épica borrachera, Couch arrolló con su pickup al pastor protestante Brian Jennings; a Hollie y Shelby Boyles (madre e hija), y a Breanna Mitchell. Sucedió el 15 de junio de 2013. Todos ellos murieron en el acto. El joven Sergio Molina, sentado en la batea del vehículo que manejaba el Couch, sufrió los efectos brutales del choque y quedó paraplégico. El conductor fue ‘sentenciado’ a ser huésped de una clínica VIP de rehabilitación en Orange, California. En la actualidad, mitiga los efectos de su imbecilidad moral con clases de equitación, artes marciales, masajes reparadores y cocina.

Inocencia por necesidad, al menudeo. El administrador de fondos de inversión para multimillonarios Martin Joel Erzinger conducía a exceso de velocidad su coche de lujo y atropelló, en Vail Colorado, al médico cirujano Steven Milo el 3 de julio de 2010. Su víctima iba en bicicleta, sobrevivió al encontronazo, pero padece lesiones permanentes que le impiden ejercer a plenitud su profesión. Por la índole ‘imprescindible’ de su trabajo, según el criterio paupérrimo del fiscal de distrito Mark Hurlbert, no se llevó la causa hasta sus últimas consecuencias. ‘Imputarle un delito grave le ocasionaría serios perjuicios profesionales …’ A sus ojos, la posible pérdida de la licencia profesional del acusado era mucho peor que enfrentar la consecuencia de sus actos. Erzinger abandonó el sitio, dejando a Milo a su suerte y se abstuvo de reportar el accidente cuando solicitó que arreglaran su auto abollado.

[contextly_sidebar id=”b144060ea9a9d1d522bec0ad4cf741ed”]Idéntico veredicto, pero al mayoreo. Sus aventajados colegas en Wall Street eludieron con habilidad el castigo, a pesar de que fueron principales causantes del peor desastre financiero en el mundo desde la Gran Depresión de 1929. Para el gobierno de los Estados Unidos y los tres poderes, sus gigantescas instituciones bancarias eran y son demasiado grandes para fallar (y demasiado riesgosos para existir, de acuerdo a la revista American Scholar), por consiguiente se mantienen libres de la acción de una justicia penal a la que no le asaltan dudas cuando de meter en chirona a amplios sectores sociales de escasos recursos -de preferencia, afroamericanos y latinos- se trata. Actividad redituable para los oligarcas que ingresan al negocio de las cárceles privadas, efecto que constituye hoy día una excelente oportunidad de inversión en nuestro país, con sus cuotas preasignadas de ocupación llena de presos y óptimas ganancias.
Entre otros factores relacionados, algo profundamente sintomático de nuestro atraso es la deficiente, ficticia procuración e impartición de justicia en México. Donde el sistema adversarial y acusatorio no ha sentado aún sus reales, o lo ha hecho apenas a medias con preocupantes limitaciones de diseño.
A propósito de Erzinger y en su libro With Liberty and Justice for Some (editada por Metropolitan, Henry Holt 2011), el célebre abogado y periodista Glenn Greenwald, famoso por publicar en su blog en The Guardian y otros medios del mundo los excesos de la Agencia de Seguridad Nacional filtrados por Edward Snowden, describe este elemento -pretendidamente inmutable- de doble rasero judicial (páginas 103-4, versión libre).
Su caso ilustra el acto reflejo de la capitulación ante la ley que se ejerce con los sectores más acaudalados, y resalta los medios que se utilizan para ese fin. Ni siquiera la imprudencia, y el fraude masivo que derivó en una de las peores crisis en la historia moderna [los colapsos de 2008 y 2010 en Wall Street], fueron capaces de producir mecanismos de rendición de cuentas y responsabilidad penal. Sólo fuimos informados, de nueva cuenta, que las acusaciones resultarían contraproducentes; que iba a ser mucho más válido ‘perfeccionar el sistema’, que aventurar retribuciones por infracciones pasadas (…), que tendríamos que requerir de la buena voluntad por parte de estos titanes financieros, para garantizar nuestra prosperidad (…)
Las penitenciarías permanecen abarrotadas con inocentes en un limbo procesal; por falta de recursos propios, ellos y ellas enfrentan sentencias impensables para los más altos estratos económicos. En cambio, y como se reitera con frecuencia en este espacio, las figuras de primer orden directamente vinculadas con la muerte de cuarenta y nueve criaturas -y la lesión de decenas adicionales- siguen libres, con nuevos bríos para ascender, con cero preocupaciones, en sus respectivas carreras profesionales.
Como círculos concéntricos o ruedas de molino, sin castigo a la vista, abundan y se replican crímenes descomunales. Se imponen por doquier disparates jurídicos, en distinta condición y circunstancia. Indignos ‘premios’ que sólo benefician a múltiples perpetradores con amplios recursos y palancas. Justicia inalcanzable para el resto, subastada al mejor postor. Delia Irene Botello, en libertad: influyentismo a la orden del día. Toda una vergüenza nacional.