Adiós a Star Wars

Contenido Animal Político · 3 de enero de 2020

Las películas de Star Wars son mis hijos. Las amé, las creé… y se las vendí a unos esclavistas blancos.   

George Lucas

Fue en la edición de noviembre del año 1982 cuando la revista especializada en condensados Selecciones del Reader´s Digest publicó el artículo titulado “George Lucas, cineasta de las Galaxias”. En él, ya cimentada la fama que alrededor del mundo había adquirido Star Wars, el autor de la única cinta de ciencia ficción nominada en toda la historia de los premios Óscar a Mejor Película (Star Wars: A New Hope, estrenada, como todos los fans de la Tierra saben, en 1977) era retratado por el periodista John Culhane como el genio creador de una serie de cintas -hasta ese momento, la ya mencionada y la subsecuente The Empire Strikes Back, apenas lanzada hacía un par de años- que en realidad pertenecían a una saga de grandes dimensiones. El artículo de referencia confirmaba a millones de lectores que Star Wars se componía en realidad de nueve capítulos de los cuales, como ya se sabía dada la numeración proyectada en pantalla, estábamos conociendo solo la parte central. El texto de Culhane añadía un par de cosas más: por un lado, que para 1983 el director y guionista tenía planeado estrenar el episodio seis de la historia, Jedi Revenge (que finalmente cambiaría su título por el conocido y más familiar Return of the Jedi) y por el otro que “Lucas, que hoy cuenta 38 años, espera producir siete episodios más de La Guerra de las Galaxias“. Pasarían dieciséis años a partir de esa publicación antes de que George Lucas se decidiera a retomar el proyecto de su vida emprendiendo el trabajo que implicó llevar a las pantallas The Phantom Menace, Attack of the Clones y Revenge of the Sith… y treinta antes de que, en 2012, el lado más oscuro de la Fuerza lo convenciera de vender LucasFilm a Disney.

Podrá argumentarse que la productora más grande del mundo respeta la marca y con ella, todo lo que para millones alrededor del planeta significa Star Wars (razonamiento sustentado en gran medida por el cuidado puesto en la producción visual de cada una de las películas concebidas ahora bajo su mando), pero el hecho es que a través de los años invertidos en producir los episodios finales de la saga, cada vez es más evidente que los guiones Disney creados para Star Wars -en los que se sabe, Lucas no tuvo nada que ver- no son más que un batiburrillo de pretensiones que para el clímax que debía suponer The Rise of Skywalker alcanzan el nivel máximo de desastre. Una especie de colisión monumental entre todos los cruceros imperiales de la galaxia.

Un personaje como El Emperador Palpatine que ya muerto -así: muerto, con todo lo que la palabra “muerte” querría decir- súbitamente regresa a la historia como si nada. Elementos destruidos -con todo lo que la palabra “destrucción” querría decir- que vuelven a aparecer sin ningún motivo (el casco todo chueco de Kylo Ren). Una sucesión infinita de explosiones, disparos y discusiones cifradísimas que no permiten construir un hilo narrativo convincente. Quizá el principal problema de los últimos capítulos de la saga Star Wars sea su vocación trascendental: cada diálogo, cada toma, cada actitud de sus personajes apunta, sobre todo en el episodio nueve, a convertirse en el no-va-más de la cinematografía. Todo debe lucir perfecto, todo debe ser absolutamente emocionante, cada minuto debe ser inmortal. Demasiado respeto, demasiada veneración. Star Wars concluye su saga engullida por sí misma.

Qué lejos quedarán esas películas estrenadas hace un promedio de cuatro décadas, donde la ingenuidad creaba emociones genuinas y donde la imaginación ofrecía posibilidades cinematográficas nunca antes vistas. Qué lejos quedará esa galaxia muy, muy lejana en la que, sin pretenderlo del todo, un grupo de grandes creativos comandados por un locazo creó una saga entrañable.      

@elimonpartido