Joel Aguirre · 11 de agosto de 2026
De acuerdo con la tradición islámica, el profeta Mohammed nació en el año 570, en la ciudad de La Meca. En los alrededores de esa ciudad comenzó a recibir las revelaciones divinas que dieron paso al Corán y que en su mensaje llamaba al monoteísmo. Estas ideas encontraron resistencia entre los habitantes de la región porque amenazaba la riqueza proveniente del comercio y el culto politeísta de la ciudad. La presión se volvió tan insostenible que en el año 622 el profeta y sus seguidores tuvieron que huir y refugiarse en Medina, éxodo que el tiempo transformaría en el punto de partida del calendario islámico.
La importancia de esta ciudad es doble. En primer lugar, alberga la Kaaba, el lugar más sagrado del islam, y en segundo, porque anualmente recibe a millones de personas que peregrinar hasta ella, hecho que constituye uno de los cinco pilares fundamentales de la fe musulmana.
Rodeada de todo este simbolismo religioso y de las implicaciones que esto deviene, el pasado 7 de agosto se firmó el Acuerdo de Defensa Conjunta de La Meca entre Arabia Saudita, Turquía y Pakistán.
Para entender este acuerdo es necesario recapitular que, bajo una atmósfera de trascendencia geopolítica, en septiembre de 2025 se formalizó el Acuerdo Estratégico de Defensa Mutua entre Arabia Saudita y Pakistán. Lo característico de esta alianza es de primera mano su contradicción debido a que vincula a un firmante del Tratado de No Proliferación con una potencia atómica. Por otro lado, estipula que cualquier agresión armada contra una de las partes será interpretada como una ofensiva contra ambas. El pacto no solo institucionaliza una cooperación militar histórica, sino que simboliza una reconfiguración en la seguridad del Golfo, marcando un distanciamiento de la tutela tradicional de Washington.
En segundo lugar, a finales de julio pasado Arabia Saudita y Estados Unidos firmaron el Acuerdo 123 de cooperación nuclear con fines pacíficos que comprometía al menos por tres décadas la gestión de empresas estadounidenses sobre centrales nucleares en territorio saudita. A pesar de presentarse como un acuerdo comprometido con la no proliferación de armas nucleares, Donald Trump condicionó su entrada en vigor al reconocimiento de Israel como un Estado por parte de Riad.
Desde 2015 Arabia Saudita mantiene una intervención militar para frenar el avance de los hutíes, respaldados por Irán, y en las últimas semanas con la intensificación de esta guerra proxy se han podido observar las incapacidades del reino para derrotar a un ejército más pequeño en efectivos, así como con menos capacidades armamentísticas.
El incremento de las hostilidades, manifestado en ofensivas frontales de ambas facciones, culminó en un cerco naval por parte de los hutíes en el Estrecho de Bab al Mandab en el mar Rojo dirigido a embarcaciones asociadas con Riad. Este escenario representa un revés estratégico para la corona saudí, la cual había redirigido el 60 por ciento de su comercio petrolero hacia dicha ruta tras las restricciones impuestas por Irán y Estados Unidos en el Estrecho de Ormuz.
Por este motivo, el Acuerdo de Defensa Conjunta de La Meca representa una acción más para protegerse, por todas las vías posibles, ante los ataques de los intereses nacionales saudíes sin perder el liderazgo que ha pretendido, y hasta cierto punto ostentado, en la región.
Este pacto busca consolidar una disuasión colectiva ante actos hostiles, estableciendo que cualquier embestida militar contra alguno de los firmantes será interpretada como una agresión directa contra la totalidad de la alianza. Además, el convenio contempla una intensificación profunda en materia de defensa común entre las tres naciones firmantes, que paradójica y contradictoriamente operan en la actualidad de manera conjunta en la intermediación para solucionar los conflictos armados vigentes en Irán y en la Franja de Gaza.
La ratificación de este pacto se sustenta, asimismo, en los vínculos históricos y la solidaridad islámica que entrelazan a las tres naciones. Bajo esta premisa, los firmantes buscan potenciar sus objetivos estratégicos mutuos, consolidando un esquema de seguridad colectiva y estabilidad regional en un entorno de paz. En este caso es importante señalar que geográficamente en medio de estos tres países se encuentra Irán y el Estrecho de Ormuz.
Por otro lado, y quizá lo más interesante de este acuerdo es que reúne a tres países de mayoría musulmana con características sumamente interesantes. Arabia Saudita es uno de los principales países exportadores de petróleo en el mundo y de las fuerzas más influyentes en la región. Turquía es el segundo ejército más grande de la OTAN y Pakistán es el único país musulmán con capacidad nuclear.
En su conjunto y buen manejo podrían generar un grupo de contrapeso económico, político, militar, así como social a gran escala que podría desplazar a las hegemonías tradicionales en la región, parecido al iniciado por los BRICS. ¿Existen entonces las condiciones para que estas tres potencias regionales puedan traer la paz a la región? ¿Estamos frente al inicio de un nuevo capítulo del panislamismo? o ¿Se trata de un acuerdo más que usando símbolos sagrados solo pretende frenar a un enemigo en común?
El profeta Mohammed regresó en el año 630 al mando de un ejército a tomar la ciudad de La Meca. Hecho que marca la consolidación del islam en la región. Actualmente y ante la intensificación de los conflictos en Medio Oriente en los últimos años, la ciudad sagrada se presenta como el punto nodal para apaciguar los conflictos que amenazan la salud económica y seguridad de la región.♦
—∞—