Activistas arrogantes

Piolo Juvera · 21 de diciembre de 2011

Activistas arrogantes

“¿Qué raza es este perrito?”, preguntó de manera amable e inocente una joven interesada en adoptarlo. “¡Aquí no tenemos razas, tenemos perros!”, sentenció de manera hosca la señora que custodiaba a los canes. Disuadida ante la respuesta (cuyo tono parecía agregar un “niña estúpida e insensible” al final), la joven se marchó tras una última caricia al cachorro.

Esa señora es protectora de animales. Rescata perros y los cuida hasta que alguien más pueda hacerse cargo de ellos. Casi todas las tardes lleva una jauría variopinta al parque, con la intención de conseguirle un nuevo hogar a cada miembro. Además, para financiar su iniciativa, vende ropa, juguetes y otros artículos para mascotas. Se distingue por ser atenta con los cuadrúpedos y huraña con los humanos. Según he visto, es algo recurrente entre los que se dedican a ayudar animales desamparados. Y no los culpo. En los albergues que he visitado me ha tocado ver perros y gatos víctimas de tales atrocidades (cometidas por personas) que he estado a punto de perder por completo la esperanza en la especie humana. Ante tal panorama, organizaciones como PETA han optado por campañas sacudidoras para intentar generar consciencia a zapes. Puede que funcione en algunos casos, pero a veces creo que esos métodos acercan a algunas personas pero alejan a muchas más.

Me da la impresión de que somos bastantes los que entendemos más y mejor con explicaciones que con regaños. Supongo que como activistas debe de ser cansado, enervante y hasta aburrido estar explicando una y otra vez lo que para ellos es ya tan lógico, que deben estar hartos de nadar tanto a contracorriente, obstaculizados por todos los que no apoyamos sus causas o incluso, sin querer o queriendo, las afectamos negativamente; entonces, claro, comienzan a vernos a los “demás” como el enemigo, siendo que en realidad podrían vernos como “aliados en potencia”. No ha de ser sencillo el cambio de actitud que propongo, pero estoy convencido de que sería mucho más fructífero cautivar que atacar. Más lento, quizá, pero más útil. Lo que menos deberían querer es ahuyentarnos de sus movimientos u organizaciones por su intolerancia hacia los que aún no sabemos tanto como ellos sobre ciertos temas, no sabemos expresarnos correctamente o no compartimos de forma idéntica sus ideologías.

El fenómeno traspasa el tema de los animales no humanos. Los activistas engreídos pululan en todos los ámbitos. Su principal cualidad es que se sienten superiores a la muchedumbre porque ellos están haciendo algo por mejorar su entorno, el país o el mundo. Pues, ¿qué creen, oh, queridos activistas aludidos? Que podrían hacer mucho más si se despojaran de su complejo de Superman y de su actitud mesiánica. Sí, aunque nos tengan que explicar con manzanitas una y otra vez. Sí, aunque no seamos tan inteligentes, bondadosos, cultos o comprometidos como ustedes. Se supone que las causas deben ser más grandes e importantes que sus representantes, ¿no? Entonces vale la pena.

Ahora mismo veo que una amiga publicó en su muro de Facebook el deprimente video Viral Racismo en México y que un conocido que tenemos en común (director en una empresa multinacional, por cierto) posteó bajo éste un nauseabundo comentario discriminatorio, según él, a modo de broma. Al hervor de la sangre, lo primero que quise fue desatar contra él mi furia real de manera virtual, hacerle notar agresivamente que por nauseabundos especímenes de su calaña vivimos en una sociedad asfixiada por la discriminación. Pero no. Estaría sólo acrecentando el lado negativo del asunto. Elegí respirar y buscar una forma más pacífica y, espero, efectiva de que abra un poquitito los ojos (para la mente y el corazón necesitaría echar mano de un especialista). En esas ando. No va a ser fácil…

Por cierto, para titular con toda certeza este post, me asomé al diccionario a ver la definición de “arrogante”. Según la RAE, la primera acepción es “altanero, soberbio”. Y la segunda: “valiente, alentado, brioso”. Así pues, me da gusto concluir que todos los activistas que conozco son arrogantes. De una u otra manera.