Autoengaño y complicidad en la violencia de género

blogeditor · 15 de marzo de 2016

Autoengaño y complicidad en la violencia de género

Basta de tolerar la bestialidad del acoso sexual. Minimizar cuando se violenta, lesiona u oprime a alguien porque hacerlo es parte de una cultura, de las costumbres o las prácticas de una sociedad perpetua el problema. Tolerar este tipo de violencia complementa la conducta violenta, es su cómplice. La justificación cultural del problema estructural de nuestras sociedades patriarcales es parte del relato machista que busca mantener la violencia. La violencia de género hacia las mujeres (y otros grupos) está presente todos los días. En el mejor de los casos se tolera y permite por el silencio o la aceptación de las personas, y en muchas otras ocasiones se manifiesta como una práctica “normalizada”.

El acoso es bestial porque el que lo hace (dejémoslo en masculino, just for the lulz)[1] generalmente toma a su víctima como algo menos que una persona. Es una cosa que es menos que él, con la que a veces puede divertirse, a veces satisfacerse, que merece ser tratada así porque sí, porque es mujer (o puto, loca, raro, fenómeno o cualquier otra distinción que el acosador asocie con algo que quita valor y que le da el poder a él para actuar sobre ella). El acosador es una bestia incapaz de reconocer en su víctima a otra persona que merece respeto y trato igual sin importar sus diferencias (y sin borrarlas tampoco).

Gritarle a una mujer cuando camina en la calle no es un chiste, es acoso. Detenerla para decirle que “le harías x cosa”, que te dé su número para que la llames, que se ve “rica, buena”, etc., no es un cumplido, es acoso. Rechazar un “no” e insistir en tu objetivo no es una estrategia legítima de ligue, ni una dinámica de “conquista” (jodido desde el nombre y la referencia histórica), es acoso. Tirar besos, aproximarse y violar su espacio vital, tocarlas con la mano “sin querer” o “disimuladamente” en el antro, el transporte público o la calle, no es “parte del juego”, es acoso. Además, el acoso sexual es, en diferentes modalidades, un delito, y los acosadores son criminales que utilizan la podredumbre de una sociedad machista jodida para mantenerse socialmente (y legalmente) impunes.

[contextly_sidebar id=”IDL52sxUNjyiBZQ0950hY5F7Bl9cFMu0″]“Hacemos esto en el antro y las mujeres que vienen saben que así funciona; si se viste como puta puedes tratarla como puta, hacer lo que le harías a una puta; coge con muchos y no tiene novio, es una puta, puedes tratarla como tal; cuando te dicen ‘no’ sólo quieren que les insistas, en el fondo todas quieren; ya está borracha, no pasa nada si le haces ‘x, n, p’; si pagas la cena, la peda y el transporte tienes derecho a hacer ciertas cosas; si se fue a tu casa o te llevó a la suya es porque quiere, no se vale decir que no”. El relato machista se basa muchas veces en estas formas de autoengaño (con distintas versiones y variaciones), todas normalizando actos de abuso o acoso; normalizando la violencia sexual de todos los días. Se cuenta una historia falsa a uno mismo y se repite socialmente, en colectivo para mantener las conductas relacionadas con ella. Una mentira que funciona como un entorno de solidaridad machista entre nosotros para sostener estas dinámicas: complicidad machista.

Llevamos mucho tiempo disfrutando de los privilegios que da una sociedad machista; del poder que las estructuras socio-económico-culturales patriarcales dan a los varones sobre las mujeres. Los argumentos: “siempre ha sido así”, “es cultural”, “las libertades y demandas de igualdad están de moda”, etc., son pura basura machista que busca oscurecer lo que los propios “argumentos” reflejan: que somos parte de sociedades violentas, que rechazan la igualdad real de las personas, las ordenan jerárquicamente para abusar de ellas y beneficiarse del abuso de poder establecido por y para el status quo (que mantiene al hombre por encima de la mujer). El reflejo es una sociedad que toma personas como objetos: a identidades, pueblos, razas, clases, preferencias y condiciones como justificantes para oprimirles, ridiculizar las diferencias o violentar por distintas razones; una sociedad que ama el poder desigual de unos sobre otras.

Esto (el daño, la persecución, la violencia, la complicidad) es sólo una parte (hay mucho más) de por qué el acoso y el autoengaño sobre el acoso son inaceptables, y debería bastar para reconocer la necesidad de cambiar lo que haya que cambiar para salir de aquí. Pero es cierto que los hombres (me hago cargo de la generalización y pago por las excepciones) prefieren el poder de “comprar” a las mujeres, de controlarlas, de decidir lo que pueden y no pueden hacer, de vestirlas y decir cómo deben de verse para “ser bonitas”, que la delicadeza, el cuidado y el hogar estén en ellas y el poder, la provisión y el control estén del otro lado.[2] La libertad que da la igualdad se rechaza y se violenta porque cuando se ha vivido siempre por la costumbre de los privilegios del amo frente al esclavo, abandonarlos da miedo. Los hombres prefieren la sensación del poder más que la de la libertad.

Cuando me imagino qué tipo de violencia sería la peor de todas pienso que sería una que pudiera esconderse, dosificarse y transmitirse de forma que permitiera tratar a una persona como una cosa, silenciarla, herirla; una que lograra su objetivo de denigrar, lastimar y controlar, y al mismo tiempo fuera tolerada, normalizada y convertida en parte de la estructura social, económica y política. Esto es precisamente lo que pasa con la violencia de género (como una especie particular de la violencia en general)[3], y al ver el caso de Andrea Noel[4] y todo lo que ha surgido de él sólo puedo pensar en que al engañarnos y tolerar somos cómplices, y que toda tolerancia es parte del crimen. La lucha del feminismo también es de nosotros.

 

@VladimirChorny1

 

 

[1] Cuando las mujeres realizan actos de acoso, la práctica masculina se repite como una conducta resultado de las estructuras patriarcales. Las mujeres que acosan lo hacen del mismo modo que los hombres (tal vez con distintas herramientas asociadas al rol femenino); realizan una conducta machista del mismo tipo que cuando condenan a otras mujeres por razones provenientes del machismo (vestirse o comportarse como “puta”, por ejemplo).

[2] Estas ideas y la frase cursiva son, desafortunadamente (porque el problema permanece), viejas. Aunque sean casi tan ciertas como en ese entonces. Ver “Feminism for men”, de Floyd Dell (1914).

[3] La violencia de género frente a otros tipos de violencia es la peor porque, además de lo ya escrito, lleva intersecta a los otros tipos (física, psicológica, institucional, sexual, etc.).

[4] Como corolario a este caso está el ciclo que se genera de violencia machista, consistente en el acto de acoso sexual, al que se suma la violencia institucional de las estructuras y funcionarios machistas y su respuesta, la violencia en línea posterior al acto físico y la revictimización generada en distintos momentos del ataque. Aquí, la violencia en línea que detonó al realizar la denuncia pública es terrorífica, y es también reflejo del mundo offline. Todo mal.