Redacción Animal Político · 11 de mayo de 2011
Mi amigo Bobby Núñez, que vive en Los Ángeles y que es -como dirían las abuelitas- un magnífico chico, dice que si es verdad que (como dice alguna gentuza fanática y ultrafundamentalista) a Dios no le gustan los gays… ¿entonces cómo explicas la existencia y el éxito perenne de Mamita Querida?
Y es que, aceptémoslo: a treinta años de su estreno, esta obra maestra del humor involuntario, que convirtió a Faye Dunaway (muy a su pesar, hoy todavía hace berrinche cuando le mencionan la película, me consta) en sublime objeto de culto y burleta, sigue siendo una verdadera maravilla a la hora de reírse con los placeres culpables.
¿Quién que la haya visto no recuerda, no sin un cierto horror, la famosa escena de los ganchos de alambre? Faye Dunaway es Joan Crawford, con maquillaje Kabuki hecho a base de cold-cream, y a grito pelado exclama: NO WIRE HANGERS EVER!!!! para luego ponerle a la inane Christina (la actricita Mara Hobel, que se estremece como ante una razzia inminente que la dejará pelona y toda moreteada) la felpa de su vida con el gancho y un bote de Ajax bicloro. Sí, es sobrecogedor, pero al mismo tiempo, es imposible no empezar a reírse… son carcajadas histéricas , sí, pero carcajadas al fin y al cabo, mientras la Dunaway extrapola con singular abandono y pone los pelos de punta a cualquiera.
Y es que, de verdad, resulta irresistible: Faye como fuerza de la naturaleza, es capaz de provocarle un trauma irreversible al más pintado (Lo cierto es que a Miss Dunaway como que sí le afectó la tatema andar aplicando el método para hacer de La Crawford… nunca se recuperó y su carrera lo resintió bastante).
Ahora bien, la verdad sea dicha, yo no le veo absolutamente nada de malo a que Mamita Querida se haya convertido en cinta de culto. A título personalísimo, la disfruto bastante… es como una inmensa bolsa de papitas fritas (¡mmm! ¡qué ricas!) y tiene tanto material para recordar que no tiene desperdicio: los suntuosos sets, la ropa estrambótica, las actuaciones acartonadas de todo mundo comparado con el huracán Dunaway…
Un ejemplo de lo que menciono, es la famosa escena de la nalgada, cuando la tal Tina se pone fresca y con los brazos en jarrita le falta al respeto a su santa madre y ésta le para el alto en seco de un sólo golpe. ¡Tómala! Yo no sé por qué tanta alharaca, Christina darling. ¡Agarra la onda! ¡Eran los años cuarenta! ¡Así se educaba a los niños de entonces! Y más a los escuincles retobados y majaderos que no sabían apreciar el sacrificio de sus madres que tenían que trabajar para mantenerlos, aún si tenían que dedicarse al triste y solitario oficio de ser rutilantes y neurasténicas estrellas de cine.
Por muchas razones, casi todas centradas en el casi surrealista guión (donde metió mucho la cuchara sacándose escenas de la manga su productor, el mercachifle Frank Yablans, cuyas nociones de buen gusto parecen aprendidas en un basurero y han hecho delirar de placer al mismísimo John Waters, que abrazó este endriago hollywoodense con fervor y en la formidable enajenación de su protagonista — yo soy de los que defienden a Frank Perry, su director. Después de todo, es el hombre que creó gemas injustamente olvidadas como Last Summer (el debut en cine de Barbara Hershey) y El Nadador (con Burt Lancaster como un vetarro necio y alucinado que se aferra a su elusiva — e ilusoria- juventud, con resultados escalofriantes y conmovedores)- y no es por su culpa que ésta sea una mala película.
¿Por qué? Pues porque no importa lo bien hecha que esté (de hecho, lo está), es una película mala, de mala entraña y cruel caricatura… y de tan mala ¡resulta una maravilla de Sevilla!
Tampoco deja de sorprenderme el impacto que aún hoy tiene tanto la historia [presuntamente real, lo que hace presenciar estas escenas como algo parecido al voyeurismo en mi opinión] como en la cultura popular: ¿cuántas chavas no conocen ustedes que hayan usado, al menos una vez, con toda socarrona ironía el término “mamita querida” para cantarle su precio a su progenitora?
Por otra parte, a mí me dejó otro modesto legado.
Cada vez que pienso en el mal encarnado, la imagen que viene a mí es la de Faye Dunaway
No Faye como Joan, o en Chinatown o en Network (donde mete miedo, por lo inhumana).
Es Faye Dunaway como Faye Dunaway (o lo que queda de) la que me mete un miedo pavoroso.
Pero respecto a Mamita Querida… ah, esa es otra cosa, o bien, como dijera el buen Marqués (de Sade): pobre es el hombre cuyos placeres dependen del permiso de otro.