Redacción Animal Político · 2 de mayo de 2025
A quien corresponda (y a quien no, también):
Si usted, estimado lector, estimada lectora, se cree importante, le traigo buenas noticias: a nadie le importa. Por favor, permítame aclararle la cosa sin afán de ofenderle: a estas alturas del partido es esencial, por no decir imprescindible, conocer y entender lo irrelevante que uno es. Es decir, que uno deje de darse la importancia que no tiene y mucho menos la que no merece. Porque si algo es todavía menos importante, es el merecimiento. Ese que, incluso, ni usted sabe bien qué es ni para qué sirve ni de dónde se obtiene, pero que alguna vez le dijeron que era el estandarte con el que había que andar por la vida. Y así uno va, andando y creyendo lo que alguien nos dijo de chicos y se nos grabó: mereces ser feliz, eres importante. Pero no. Al contrario: nadie merece ser feliz y nadie es importante, ese es un secreto que nos esconden y que cuando crecemos se nos revela de forma abrupta. Si a usted todavía no le ha llegado ese momento, no lamento ser yo quien se lo diga, de hecho, debo confesar que siento una dicha al compartirlo. Porque, créame, es liberador saberlo: nadie piensa en su vida, cada quien tiene sus propios problemas, merecidos o no. A nadie le atormenta su existencia, y si acaso lo hiciese, de una vez le adelanto que esa persona, con la cabeza sumergida en la vida ajena, tampoco importa. Incluso es todavía más irrelevante que usted y que yo. Imagínese nomás, si a la única persona que realmente le importamos es a nosotros mismos (y con suerte a nuestros padres), figúrese usted andar perdiendo el tiempo en la vida de otro. Uno se acaba la poca atención que debería tener en uno mismo, en los demás. Una situación francamente poco fructífera. Alégrese y apláudase si usted no resulta ser de ese gremio. Le decía: cuando uno no se da importancia, se libera y, con suerte, hasta tiempo le da de vivir. Qué le puedo decir, si vivir es de lo poco que realmente tenemos en nuestras manos y, aun así, muchas veces se nos escapa. No permita que se le escape, que si algo importa es agarrar la vida con ambas manos y hasta con los pies, si se puede. No tenga pena por la posición que esto pudiera conllevar, así, con el cuerpo desacomodado, aférrese y disfrute el viaje. Que disfrutar sí resulta relevante en un mundo donde los acontecimientos parecen tener su propia voluntad, donde nosotros no somos contemplados. Vaya, que no importamos. Le digo, solo hace falta soltar la idea de que nuestra existencia importa y nuestra opinión cuenta. Así es, ni usted ni yo somos las últimas Coca Colas en el desierto. Quizá seremos agua mineral, que se siente más a que uno tiene el pie dormido, parafraseando a Gómez de la Serna, que a un trago refrescante bajo el sol. Piense en eso, ser la última Coca Cola debe ser demasiada responsabilidad. ¿Quién quiere un exceso de sellos en estas condiciones, in this economy? Fíjese nomás en la libertad que da reconocer la irrelevancia propia. Es un gran regalo, que si no me lo acepta, me lo quedo yo. Mire, que ser irrelevante al cuadrado debe ser muy parecido al orgasmo. Aunque yo lo tengo muy claro desde hace rato, al principio, debo de aceptar, fue un shock. Pincharse la burbuja de ego se siente peor que arrancarse un padrastro. Pero una vez que uno tiene la certeza de que no es la octava maravilla (ni la primera ni la segunda ni la tercera…) algo en la estructura se acomoda. Mire, haga de cuenta que los cimientos donde usted construyó su psique son como los amortiguadores de los edificios que impiden que un terremoto los derrumbe. Y esos cimientos son más confiables cuando uno sabe sus alcances y sus límites: su insignificancia, pues. Entonces, quizá, todo resulte más pequeño de lo que es y eso nos permita vivir sin tener que darle sentido a la vida. Oiga, hasta me sentí filósofa, no era mi intención. En fin, si usted ha llegado hasta aquí y recorrió este texto, que tampoco importa, le agradezco. Le agradezco que pudiendo estar haciendo otras cosas absurdas que no incumben a nadie, como son casi todas las que hacemos, eligió quedarse en este blog solo para seguir leyendo que todo eso que hecho (o dejado de hacer) y todo eso de lo que nos hemos arrepentido, es tan insignificante como nosotros. Así que, si le sirve de algo, le propongo que en este momento soltemos, como quien suelta un globo de helio el cinco de enero, la convicción de que ser “alguien” y hacer “algo” importa. Y, con manos y pies, agarremos, nos aferremos y abracemos la idea de no dejar escapar la pequeña dosis de vida que nos tocó vivir. Porque, ya que no somos estrellas, vale la pena intentar ser luciérnagas. Y ya que no somos enormes, merecemos disfrutar (nomás porque hay que merecer algo) la grandeza en lo pequeño.
Estimado lector, estimada lectora: gracias por llegar hasta aquí. Es un placer no importar, pero también es un placer compartir.
