blogeditor · 12 de octubre de 2011
Cualquier semejanza con nuestra realidad, no es mera coincidencia.
Quizá su nombre no nos suene familiar, pero su obra la enaltece y sigue siendo un ejemplo para nuestros días. Ida Tarbell fue una educadora y reportera norteamericana que nació en Pensilvania en 1857, cuatro años antes de que estallara la Guerra Civil en ese país. Falleció en 1944, a un año de que terminara la Segunda Guerra Mundial. El arco de su vida abarcó esos dos conflictos, y muchos más: la Guerra contra España, la Primera Guerra Mundial y múltiples asonadas y escaramuzas. Vivió de cerca el capitalismo despiadado y sin control que marcó el periodo de la Reconstrucción hasta la entrada del ejército de los Estados Unidos en la Gran Guerra, en 1915, y que ahora es conocido como la Época Dorada o Gilded Age
Fue una era en la que la ley del más fuerte: el darwinismo social, se utilizó para justificar la consolidación de fortunas inconcebibles. Las castas de nuevos millonarios perpetuaron su control sobre mercados y mercancías mediante la formación de monopolios o trusts , sin regulación alguna y bajo la explotación más despiadada de recursos humanos y materiales. Se ensanchó la brecha entre ricos y pobres, y los dueños de estas fortunas ampliaron el alcance de su influencia hasta capturar a las autoridades que debían combatir sus excesos. Prácticamente todo estaba permitido: el trabajo infantil, y el abuso consuetudinario. El gobierno no contemplaba entre sus funciones, la de ser un árbitro que equilibrase esta relación que otorgaba todas las ventajas a los grandes proveedores de bienes y servicios.
En este entorno hobbesiano que parecía inamovible, surgió una generación de periodistas comprometidos y dispuestos a evidenciar las graves carencias que condenaban a sectores vulnerables de la población a formas de peonazgo modernizadas; Lincoln Steffens, Ray Stannard Baker u Upton Sinclair y muchos otros. Publicaron en periódicos o célebres revistas como McClure’s, a la que Ida Tarbell también contribuyó durante varios años. A estos reporteros Theodore Roosevelt bautizó como Muckrackers (traducción libre: limpiadores de cochambre): creadores de nuevas formas de expresión. Mineros de la condición humana. Reivindicadores de las causas justas.
Tarbell decidió investigar al oligarca más notorio y robber baron arquetípíco: John Davison Rockefeller, quien se había hecho con la mayor fortuna del mundo gracias a sus poco ortodoxas prácticas empresariales. La empresa fundada por el magnate en1865, y que con el tiempo se convertiría en Standard Oil se volvió el monopolio por excelencia.
John D. Rockefeller (1839-1937)
Con sagacidad, gran rigor y espíritu crítico escribió una serie de artículos que en 1904 se recopilaron en el libro The History of the Standard Oil Company, que es de dominio público y puede ser bajado de este enlace. A sus argumentos contundentes e impecablemente investigados, se emparejaba una visión escéptica de primera mano: su padre incursionó como productor y refinador de petróleo como pequeño empresario, pero ante el avasallamiento de Rockefeller y sus compinches terminó perdiendo su negocio.
Estos empeños literarios sacudieron la conciencia de la opinión pública, y orillaron a la burocracia y el poder judicial a implementar reformas importantes que tuvieron un efecto que perdura todavía. La Ley Sherman Antitrust de 1890, buscaba eliminar la influencia perniciosa de los monopolios, pero no fue hasta 1911 que el coloso Standard Oil fue dividido en partes por mandato de la Suprema Corte. Lo mismo sucedió con la fragmentación del gigante de las telecomunicaciones American Telephone & Telegraph (ATT), en 1982.
Quién sabe qué tenga que seguir pasando en México: qué nuevos abusos y afectaciones, para que nuestras voces críticas sistematicen la información esencial que les permita relatar sus propias versiones de la obra cimera de Ida Tarbell u otros pioneros. Buena falta nos hace. Cuando esto suceda, vamos a ser nosotras y nosotros los que obliguen a legisladores y jueces a actuar en consecuencia: evitar que las encarnaciones de Standard Oil se engullan al país, y a todos nosotros. Ante la renuncia por parte del Estado de sus atribuciones más básicas (como pasó a fines del siglo diecinueve, en la Unión Americana), la única solución posible estriba en el involucramiento social en la cosa pública. No tenemos de otra, a pesar de afanes restauradores de los priístas originales, y aquellos que tienen colonizados a los demás partidos políticos.
Hay una lección que debemos aplicar a nuestra circunstancia, a 107 años de que salió a la venta la obra más conocida de la autora norteamericana. Tal vez aquí sea más difícil conseguir que los medios rastreen los orígenes y posibles repercusiones del aumento exponencial en las fortunas de los Midas autóctonos. Los intereses de la clase política y empresarial (cómplices siempre, y gozosamente corruptas) están demasiado entreveradas como para que una investigación los doblegue. Dejar que se mantengan o exacerben los niveles actuales de desigualdad, sería la peor salida, pero la historia y la conciencia de la sociedad civil poseen la última palabra.