A mí me duele más que a ti

blogeditor · 13 de marzo de 2020

A mí me duele más que a ti

“A mí me duele más que a ti” es una frase acuñada por algunos de nosotros; madres y padres de familia, después de repartir unas nalgadas a nuestros hijos(as). Se calcula que 80% de los niños en el mundo son golpeados físicamente por sus cuidadores (UNICEF, 2014). Nuestro país no es la excepción, y aunque los adultos mexicanos decimos no estar de acuerdo con este método, hoy sabemos que al menos seis de cada 10 niños(as) mexicanos de uno a 14 años experimentaron algún método violento de disciplina (UNICEF, 2016). Persiste en muchas de nuestras familias -sin importar el nivel socioeconómico- la idea de que los golpes son un medio eficaz para disciplinar a nuestros hijos, le sustentan creencias como “más vale una colorada que 100 descoloridas”.

Debo decir que la controversia en charla de café o redes sociales -a veces generacional- sobre la pertinencia de dar una buena nalgada para corregir a los niños(as) no es privativo de las familias, también es un debate entre científicos. En nuestro trabajo en programas de crianza, con madres, abuelas, padres y otros cuidadores, escuchamos con frecuencia el argumento de muchos adultos similar a éste: “mírame, a mí me nalgueaban o golpeaban y hoy estoy bien”. En nuestra organización buscamos investigación científica para brindar un acompañamiento ético en nuestros programas sustentado en la evidencia, por ello, nos hemos dado a la tarea de comprender: ¿qué hemos aprendido de dar nalgadas o bofetadas que buscan educar a los niños(as)? Para respondernos, usamos lo que los expertos llaman “meta-análisis” (que es el cuerpo de evidencia y análisis de muchos reportes de investigación descartando los inválidos). Y bien, ¿qué aprendimos de dar nalgadas para educar1?

Los investigadores Gershoff y Grogan-Kaylor (2016) se dieron a la tarea de responder lo siguiente: ¿en 50 años de evidencias científicas qué consecuencias tiene en los niños(as) el uso de nalgadas o bofetadas como método disciplinario? Analizaron 558 estudios válidos correspondiente a 160,927 niños en el mundo. Utilizaron 17 variables que podían verse afectadas con ello.

A la pregunta “¿les afecta?” encontraron que usar la estrategia de golpear “levemente o sin afán de lastimar” (usar la nalgada con fines educativos) a nuestros hijos(as) está asociada de forma significativa en el corto tiempo con más agresividad, mayor comportamiento antisocial, mayores problemas de externalización, mayores problemas de internalización, menor habilidad cognitiva, baja autoestima, mayores problemas de salud mental y algo que a todos los padres o madres nos suele preocupar… una mala relación con nuestros hijos. También encontraron efectos en el futuro de nuestros hijos(as) como adultos: comportamiento antisocial, problemas de salud mental y víctimas de abuso físico. Esto es, 13 de las 17 variables que se midieron resultaron estar asociadas, algunas más fuerte que otras. Además, encontraron que la variable con el valor más fuerte fue abuso físico (agresión que busca lastimar o traumar). Concluyen de ésta última que, entre más nalgueados sean los niños(as), más probabilidades tienen de sufrir un abuso físico de sus cuidadores. Esto no significa que todo padre o madre que le dé unas nalgadas a sus hijos(as) abusará físicamente de su hijo(a), sino que nalguear o bofetear para disciplinar es una línea delgada que te acerca a cruzar el lado oscuro.

Y ¿aprenden con la nalgada? Un hallazgo interesante es que los autores no encontraron evidencia de cambios positivos en el comportamiento del niño(a), derribando así el mito de su efectividad, en otras palabras, tumban la sugerencia popular mexicana: “hija, ya dale una buena nalgada para que aprenda”, pues no sirve para que comprendan la corrección y ajusten comportamiento futuro. Finalmente, el estudio no confirma que la nalgada sea la causa de las 13 afectaciones mencionadas, pero sí apoya la potencial idea de que provoque todos estos daños en nuestros hijos(as).

No trato aquí de idealizar la crianza. Todos los que somos mamá, papá o cuidadores en algún momento nos pasa por la mente dar una buena nalgada para detener el caos; en cierta forma se explica por nuestra historia como hijos, por nuestro cansancio, desesperación o también nuestro estrés, y a veces una tormenta de todas estas razones reunidas. Para este momento, quizá algunos lectores se preguntarán ¿y qué tanto es tantito?, ¿cuándo ya se vuelve dañina la nalgada o bofetada? Los estudios de Gershoff nos dicen que cuando se recurre a ella como método disciplinario, incluso siendo leve, puede causar mucho daño inmediato y a largo plazo. Lo que sabemos con rigor científico es que los primeros años son claves en el desarrollo de cada individuo y que es importante en este período dotar a nuestros hijos(as) de un ambiente de seguridad y cuidado.

Cuando los golpeamos les provocamos una confusión mental: ¿me cuidan o no me cuidan?, ¿papá me protege o me lastima?, ¿es seguro acudir a mamá cuando lloro o me va a pegar por chillón?, ¿llorar o expresar mi malestar está mal? Hoy sabemos que esas respuestas que se generen en su narrativa mental (psique) conduce el tipo de vínculos que generen en el futuro. Otros autores, desde la psicología, han mostrado que la calidad de parejas que elijan y, sobre todo, de vínculos que construyan está muy ligado al tipo de apego que generaron en la infancia. Según los estudios de la teoría de apego, se puede ser seguro, ansioso o evasivo. Resumiendo, las personas seguras se sienten bien en la intimidad, son cálidas y cariñosas, las ansiosas anhelan intimidad, se obsesionan con sus relaciones y suelen dudar de la capacidad de su pareja para quererlos y finalmente las evasivas piensan que intimar con otra les resta independencia y por ello evitan el acercamiento (Levine y Heller, 2011). La calidad del vínculo con nuestros hijos(as) les afectará sus ideas de intimidad, reacción al conflicto, actitud en las relaciones sexuales, capacidad para expresar sus deseos y necesidades, así como las expectativas que tienen de pareja y relación, y en la mayoría de las ocasiones sin saberlo. Violentarlos con nalgadas nos aleja de un apego seguro. No extraña que muchos adultos hoy crean que los golpes no les afectaron en la vida (¡mírame qué bien estoy!), lo que pasa es que desconocen o no dimensionan cómo les afectó su vínculo con sus padres o madres en sus relaciones actuales.

Existe evidencia que acompañar a las familias puede transformar esta situación (Durrant, 2012). Algunas organizaciones de la sociedad civil -como la nuestra (Cien Lenguajes del Niño, AC)- proponen alternativas de intervención para cambiar estas dinámicas y hábitos en los hogares, que impactan la autoestima, el carácter, la creencia de logro (autoeficacia), el aprendizaje dentro y fuera de la escuela y el tipo de apego. Nosotros, con el programa Abriendo Horizontes2, hemos aprendido que acercar nuevas estrategias favorece la participación de las familias en las escuelas, impacta positivamente en el aprendizaje y en la escuela, y hemos identificado cambios muy importantes en los hábitos por parte de las familias, con esperanzadoras reducciones en la violencia física y verbal en el hogar (hasta 32% de reducción en incidencia antes y después del programa) ¡lo que realmente le cambia la vida a esos niños y niñas! En el campo de las políticas educativas pocos estados se han atrevido a apostarle a la crianza. Destaca Sonora con el programa “Nuestros Hijos” que actualmente se implementa en cuatro municipios para acercar estrategias orientadas a la salud, la protección, el afecto, el juego y la felicidad de sus niños y niñas para más de 10,000 familias en el estado, conviene seguirle la pista. En otras latitudes, Escocia -por ejemplo- lanzó la estrategia “Supporting parents3” esta misma semana.

En su libro #Ellos Hablan, Lydia Cacho retrata testimonios de hombres, la relación con sus padres, el machismo y la violencia; hay una conexión. El capítulo de Ignacio es desgarrador:

Odié a mi padre, con todas las fuerzas con que un niño puede odiar a quien le humilla. Pero algo sucedió: me quedé mirando sin poder escapar del reflejo. Soy idéntico a papá”.

Existe esperanza. Necesitamos desaprender, romper paradigmas que nos forjaron y erradicar practicas violentas en el hogar por el bienestar de todos, especialmente de nuestros niños(as), como lo es creer que una buena nalgada ayuda a que aprendan. Si bien la mayoría de los padres o madres coincidimos en que “queremos que nuestros hijos sean felices” conviene que cuidemos el vínculo que construimos con ellos(as), para lo cual debemos pensar en los mensajes cotidianos que les enviamos a la hora de comer, de poner límites, de bañar, de jugar y de corregir o disciplinar. Ahora sabemos que dar una nalgada como hábito esconde consecuencias más allá de lo evidente, el maltrato infantil deja secuelas irreversibles en la psique, no parece ser imbatible aquella frase de que el tiempo lo cura todo. No lleguemos al “a mí me duele más que a ti”.

* Manuel Bravo Valladolid (@manubravo26) es presidente cofundador de Cien Lenguajes del Niño, A. C. Sirva este artículo para abonar a la reflexión social sobre la violencia y la infancia en México, para lo cual, desde Cien Lenguajes del Niño nos solidarizamos con el dolor de todas las familias de niñas, niños y mujeres asesinadas diariamente en nuestro país y nos seguiremos sumamos al cambio con nuestras diversas intervenciones.

 

Referencias

 

1 Para resolver la incógnita acerco información relacionada con nalgadas (spanking) o bofetadas como método disciplinario. Otras medidas como abuso físico (que pretende lastimar o causar trauma) o agresiones más severas no son motivo de este artículo, pues la literatura sugiere diferenciarlas por su naturaleza y consecuencias.

2 Nuestro programa ha sido implementado en Ciudad de México y en 2019 y 2020 en Jalisco en colaboración con la organización Mexicanos Primero Jalisco (www.100lenguajes.org).

3 Disponible aquí.