A fuerza, ni los zapatos: el castigo y sus efectos contraproducentes

blogeditor · 24 de octubre de 2022

“No solo es cierto que el castigo no funciona, sino que cuando priorizas el castigo el patriarcado se mantiene firme. Y si lo que más me interesa es desmantelar sistemas de opresión, tengo que deshacerme del castigo (…). Pero quiero que la gente se responsabilice (…). Porque aunque no creo en el castigo, creo en las consecuencias de las acciones que se hacen para dañar a otras personas”.

Mariame Kaba

Vivimos en un país muy violento, por lo que gran parte de los esfuerzos de diversos movimientos sociales se enfocan en estrategias para lograr que la violencia se castigue. En la crisis de impunidad actual pareciera que el castigo es sinónimo de justicia. Lo que me interesa en este texto es mostrar por qué considero que el uso del castigo como primer y único recurso, en vez de acercarnos a reparar y prevenir violencias, nos aleja de la posibilidad de construir una sociedad democrática en la que prevalezcan el respeto a los derechos humanos, la igualdad y la justicia.

Para esta reflexión utilizaré ejemplos del uso del castigo en contextos pedagógicos por tres razones. Primero porque soy pedagoga. Segundo, porque aunque no son lo mismo las violencias y desigualdades que se viven en nuestras aulas que las que se viven fuera de ellas, creo que las reflexiones de ese microcosmos son extrapolables. Tercero, porque lo que hacemos en las aulas repercute en cómo concebimos y construimos el mundo. Aunque a veces se nos olvide, el cómo aprendimos en la infancia impacta en lo que exigimos y lo que pensamos, en cómo nos relacionamos y con qué herramientas contamos para enfrentar el mundo como personas adultas.

¿A qué me refiero cuando hablo de castigo? El castigo es una sanción impuesta por una persona o personas con autoridad (o poder de algún tipo) tras alguna acción indeseada (inmoral, ilegal, molesta, violenta, etc.), y tiende a ser utilizado como sinónimo de disciplina. El tipo de castigo para distintas acciones o comportamientos varía y ha ido cambiando históricamente. Hace cincuenta años no era mal visto utilizar la violencia física en el aula, por ejemplo: un reglazo o una nalgada, como castigos cotidianos. Hoy son más comunes otros tipos de castigo como la humillación (gritos o insultos), el aislamiento (no poder salir al descanso o no poder trabajar en grupo), la suspensión o expulsión (de la escuela o el grupo), entre otros.

Los castigos suelen utilizarse porque se consideran medios efectivos para cambiar comportamientos. Pero la evidencia muestra que dicho cambio no es sostenible, pues solo se mantiene mientras el riesgo del castigo está presente. Después de un tiempo, si el riesgo deja de existir, el comportamiento regresa. 1 El comportamiento cambia únicamente porque nos da miedo el castigo que sigue a la acción, no porque entendamos que esa acción es indeseable o causa daño. Intentar contener la violencia únicamente bajo la amenaza del castigo no me parece sea el camino para construir ciudadanía libre y responsable. Una cosa es tener miedo al castigo, otra muy distinta es aprender a través de un proceso reflexivo sobre las consecuencias de nuestras acciones.

Pero ¿cuál es la diferencia entre un castigo y una consecuencia? La distinción que hace la activista estadounidense Mariame Kaba me parece la más clara. Ella explica que el objetivo del castigo es que la persona responsable de causar un daño sufra como pago por ese daño. Por otro lado, las consecuencias de una acción indeseada pueden ser incómodas, pero su objetivo no es el sufrimiento. 2 Hablar de dejar de imponer castigos como herramienta pedagógica, no es igual a decir que no haya consecuencias por nuestras acciones.

Como pedagoga y facilitadora llevo más de diez años facilitando talleres con grupos de distintas edades, contextos, objetivos y necesidades. Uno de los procesos más importantes dentro de cualquier grupo es cómo establecemos los límites sobre lo que se vale y no se vale dentro del espacio y cómo nos aseguraremos colectivamente de que todas las personas participantes respeten dichos límites.

Imaginemos que estoy facilitando en un grupo de adolescentes y una participante agrede físicamente a otra. Se me presentan dos posibilidades de acción: imponer un castigo o consensuar con el grupo una consecuencia. Con el castigo, desde la posición de facilitadora, obligo a la persona a salir del espacio por el resto de la hora de trabajo. Ahora el grupo puede seguir con el trabajo con la menor interrupción posible y la persona castigada queda fuera de la dinámica.

Con la consecuencia, detengo la actividad, aunque ello implique alejarme de los objetivos y metas planeados, priorizo el diálogo para resolver el conflicto. Desarrollar habilidades para comunicar emociones de forma asertiva y asumir responsabilidad por las consecuencias de nuestras acciones es un proceso de aprendizaje en sí mismo. Dentro de este proceso se hace una reflexión crítica donde se permite que todas las personas del grupo (no solamente las dos involucradas en el conflicto) participen en el diálogo y expresen cómo se sienten y cómo se relacionan esos sentimientos con lo sucedido. Luego platicamos sobre qué necesitaríamos como grupo y qué necesita la persona agredida para sentir que se resarce el daño causado. El objetivo de la consecuencia no es que la persona que agredió sufra, sino fomentar la reflexión crítica de lo sucedido, intentar entender qué y por qué sucedió y enfocarnos en cómo encontrar cómo reponer el daño y mejorar la dinámica del grupo.

El proceso de establecer consecuencias es mucho más complejo que el de imponer un castigo. Sin embargo, las habilidades que se desarrollan en estos procesos largos y en ocasiones conflictivos son mucho más deseables para la construcción de una sociedad menos violenta y más participativa que las dinámicas y verdades sociales 3 que se consolidan a través del uso de castigos.

Utilizar castigos como primera y única herramienta suele buscar, a través de la ejemplaridad, que todas las personas en el grupo se comporten de la misma manera. Que se mantenga el orden establecido por la autoridad. Pero vivimos en una sociedad diversa, donde tenemos diferentes necesidades, deseos, talentos y contextos. Mediante el castigo establecemos y reforzamos jerarquías. Por ejemplo, nuestro sistema educativo premia a quienes pueden sentarse a ver un pizarrón tres horas seguidas y obliga mediante distintos castigos (desde gritar hasta amarrar a la silla) a quien necesita mover el cuerpo para aprender. Esto implica que, a través del castigo, cimentamos la idea de que hay formas “correctas” e “incorrectas” de aprender y por ende, que hay formas de ser que van a ser mejor valoradas que otras. O en otras palabras, que son superiores. ¿De qué nos sirve esto para lograr la igualdad y el respeto a la diversidad por las que llevamos luchando tantos años? De nada.

También a través del castigo, enseñamos que equivocarnos es lo peor que nos puede pasar. Ya sea porque nos reprueban o porque nos humillan, desarrollamos miedo al error. En vez de ayudar a que seamos más cuidadosas o que aprendamos a enfrentar errores, en realidad lo que suele provocar es que nos paralicemos frente a tareas o retos nuevos. Un proceso de aprendizaje con miedo al error es un proceso que no fomenta el desarrollo de autoestima, creatividad, ni tolerancia a la frustración. Cuando equivocarse asusta, inhibe la creatividad. 4 No hay nuevas ideas, ni posibilidad de creatividad, sin aprehender el error como consecuencia natural, e inclusive, deseada. Si queremos imaginarnos nuevas maneras de relacionarnos y organizarnos como sociedad, si queremos crear nuevas formas de asumir responsabilidad y reparar daños, es indispensable perderle el miedo al error.

Además, el castigo establece relaciones verticales e incuestionables y refuerza la obediencia como valor social al cual aspirar. La obediencia como objetivo provoca que no fomentemos el diálogo ni la escucha activa, que no apoyemos que las infancias aprendan y practiquen cómo comunicar sus necesidades, expresar sus ideas y exigir sus derechos. Y lo que no se practica, no se perfecciona.

La obediencia se vincula directamente al respeto intrínseco a la autoridad. ¿Cómo podemos fomentar una ciudadanía activa y crítica cuando la obediencia es el valor social que se privilegia? ¿Cómo desarrollar pensamiento crítico si no fomentamos que las personas cuestionen y reflexionen sobre las verdades sociales impuestas por diversas autoridades? ¿Cómo evitar abusos de poder cuando desde la crianza y la educación básica enseñamos a callar y respetar a la autoridad por el sólo hecho de ser autoridad? Yo diría: no se puede.

El respeto acrítico y automático a la autoridad no fomenta relaciones humanas saludables o  democráticas. Hago hincapié en que el respeto y la reverencia son cosas distintas: yo no quiero que las personas que participan en mis talleres me rindan pleitesía o me obedezcan sólo por la autoridad tácita que tengo frente al grupo. Quiero que nos respetemos mutuamente por el hecho de que somos personas. Sin importar qué posición tengamos, cómo nos veamos o quiénes seamos, que nos respetemos; colaborando en crear un espacio en el que todas aprendamos a escuchar, entender y solidarizarnos unas con otras. Para que esto sea posible, tengo que modelar el comportamiento deseado, tratando a mis grupos con escucha activa, cuestionamientos críticos, empatía y amor. 5

En su libro Todo sobre el amor la escritora y feminista estadounidense bell hooks escribe que, desde la infancia, la idea del amor se vincula con el castigo. A través de frases como “es por tu bien”, “hago esto porque te amo” o “me duele más que a ti” justificamos el uso del castigo en nombre del amor. 6 Esto no solo hace que vinculemos el amor con el castigo, sino que nos orilla a pensar que si no nos castigan, no les importamos. O que si algo no se castiga, es porque el problema no importa. Castigar en nombre del amor es la mejor manera de enseñar a las personas a tolerar, hasta el extremo, comportamientos controladores y/o abusivos.

Con el castigo enseñamos que la única forma de obtener lo que queremos es dominar a quien se interponga en nuestro camino. Enseñamos que imponer reglas, verdades y voluntades es la mejor manera de relacionarnos. Y además, enseñamos que imponerse de esa forma es una manera de amar. Lo irónico es que luego nos sorprende que nos sea tan difícil y tedioso organizarnos, salir de relaciones abusivas, respetar la diversidad, colaborar para objetivos en común, comunicar nuestras ideas y sentimientos de manera asertiva, escuchar ideas nuevas o cuestionar verdades sociales.

Lo que pasa en las aulas repercute en nuestra vida fuera de ellas. A pesar de que hace muchos años dejé de ser estudiante, el castigo que aprendí en las aulas me sigue a todos lados. Mientras escribo este artículo noto que sufro constantemente porque me aterra equivocarme. Me autocastigo porque no logro escribir el texto “perfecto” y encima de eso, también me castigo por no disfrutar escribirlo. También me doy cuenta de que una parte de mí desea el sufrimiento de quien haya dañado a quienes amo y que a esto le llamo justicia. Si algo he aprendido de los feminismos, es que lo que quisiera transformar del sistema en el que vivo, es lo que me gustaría transformar en mí misma.

Imaginar un mundo sin castigos hoy parece imposible, pero podríamos empezar porque deje de ser nuestro enfoque principal. Los ritmos de nuestro mundo no fomentan los procesos largos y poco lineales que nos permitirían desarrollar habilidades e imaginar herramientas nuevas. adrienne maree brown, facilitadora y activista estadounidense, dice que los movimientos sociales son el espacio ideal para practicar las herramientas que necesitamos en el mundo que queremos cocrear. 7 Si queremos construir una sociedad menos punitiva y más democrática, habría que empezar por resistir lo cooptada que esta sociedad tiene a nuestra imaginación. Imaginemos nuevas herramientas pedagógicas para nuestras aulas y nuestras casas. Imaginemos nuevos procesos y formas de organizarnos, sin usar el castigo entre nosotras cuando sucedan cosas que rompen con nuestro orden o nuestros espacios. Cocreemos en nuestra inmediatez, en lo micro de nuestras relaciones, espacios que nos permitan priorizar procesos de transformación, que promuevan imaginar nuevas formas de resolver conflictos, para poco a poco irnos acercando al mundo en el que nos gustaría vivir.

* Lorena Elizondo Grediaga (@lorebore) es cofundadora de Crucigrama.

 

 

1 Varios experimentos del psicólogo y filósofo social Skinner se orientaron a mostrar la diferencia entre los efectos del condicionamiento a través de refuerzos (positivos y negativos) y el castigo. Un resultado constante fue que el castigo no cambia comportamiento a largo plazo. Se pueden revisar sus resultados en: Skinner, B.F,  (2005). Science and human behavior. B. F. Skinner Foundation (Publicado originalmente en 1953) y en Colombo dos Santos, B., & Bentes de Carvalho Neto, M. (2020). B.F. Skinner’s Evolving Views of Punishment: 11. 1940-1960. Mexican Journal of Behavior Analysis, 46(2). Disponible aquí.

2 Kaba, Mariame (2021). We Do This ’Til We Free Us: Abolitionist Organizing and Transforming Justice. Editado por Tamara K. Nopper. Chicago, Illinois: Haymarket Books. Traducción propia.

3 La premisa desde el constructivismo, en específico el constructivismo pedagógico, es que la verdad absoluta no existe. Las verdades que rigen nuestro comportamiento, que se vuelven nuestras reglas sociales, son verdades construidas por la misma sociedad que las sostiene.

4 Robinson, Ken (2006). Do Schools Kill Creativity? (Video) Conferencia TED. .

5 Amor entendido como lo plantea bell hooks en su libro Todo sobre el amor:  “la voluntad de nutrir nuestro crecimiento espiritual y el de las demás personas (…) el verdadero amor mezcla distintos ingredientes – cuidado, afecto, reconocimiento, respeto, compromiso y confianza, así como comunicación honesta y abierta” (hooks, 2018, 5).

6 hooks, bell (2018). All about Love: New Visions, William Morrow, an Imprint of HarperCollins Publishers, New York. Traducción propia. p 17.

7 brown, adrienne maree (2020). We Will Not Cancel Us: And Other Dreams of Transformative Justice. AK Press. Traducción propia.