blogeditor · 6 de enero de 2016
Por: Santiago Outón G.
Entre los abrazos propios del fin de año, tras las risas y los brindis, el 2015 acaba como el año más cálido del que se tenga registro. Con temperaturas promedio alrededor del planeta de .25 °C por encima del máximo anterior (y con una clara tendencia al alta), estamos ante un récord nada deseable. Y aunque un cuarto de grado centígrado no pareciera mucho, basta detenerse a pensar la cantidad de energía que se requiere para elevar en ese nivel la temperatura de algo del tamaño de nuestro planeta para que vislumbremos la magnitud de este aumento. Como en muchos otros lugares del mundo, en la Ciudad de México nos quedamos esperando un invierno que no hizo más que asomar un poco el rostro para luego desaparecer de nuevo y despedimos el año a 25°C, la más alta para ese día que jamás hayamos visto.
Estas mediciones no hacen más que confirmar la propia experiencia. “Ya no hace frío como otros años”, “Hace calor, no parece fin de año”, “Recuerdo cuando me congelaba en las fiestas”. Frases como éstas escuchamos todos. Y el fenómeno no se limita a la capital del país. Alrededor del mundo la gente se preguntaba dónde había quedado el frío que tanto simboliza el fin de año en el hemisferio norte. Así, con la ayuda de un El Niño notoriamente poderoso, el cambio climático es tan real que puede literalmente sentirse.
La gran mayoría de los científicos hace más de 20 años nos habían advertido que esto pasaría, aunque dudo sientan ningún placer al poder gritar a viva voz “se los dije”. El aumento en la temperatura de nuestra Tierra es descomunal y acelerado. Es increíble que una persona pueda notar el cambio con tal certeza, tanto en su magnitud como en su celeridad.
[contextly_sidebar id=”2wQKTfsJzbStfjyO2dDKgw4Pr1diGpEl”]Los políticos también (20 años más tarde) comienzan a darse cuenta de que el cambio climático es un tema del cual hablar. La última reunión de los líderes mundiales en París a mediados de noviembre del año pasado, nos habla de un mundo que al menos reconoce la existencia del problema. Sin embargo, los acuerdos de ahí surgidos resultan más bien tardíos e insuficientes. México con gran estruendo anunció compromisos de reducir las emisiones de gases invernadero en 25% en el periodo de 2013 al 2030, para lo cual habrá un énfasis especial en el carbono negro. Esto, claro, sobre una línea base que suponga no tener ninguna política climática. Otros países firmaron acuerdos similares, por ejemplo, Estados Unidos aceptó reducciones de entre 12 a 19 por ciento de CO2 sobre los niveles de 1990.
Si esta reunión hubiese tenido lugar en 1995 y se cumplieran todos los acuerdos, podríamos esperar un aumento en la temperatura promedio del planeta de 1.5°C, aumento que sería suficiente para elevar los niveles del mar, derretir la capa polar, etc., pero que no se compara con los 3.5°C que se calculan si y sólo si todos los países firmantes cumplen sus compromisos (que sobra decir, no son vinculantes).
Basta revisar estas cifras, así como otras que se pueden encontrar con facilidad, para darse cuenta de que los gobiernos buscan mediar entre los intereses de conservar la vida con los de gigantescas empresas que con su poderío económico dictan políticas públicas alrededor del globo. No es sorpresa para nadie que, por ejemplo, las grandes petroleras defiendan el modelo de producción actual a cualquier precio, manipulando datos, sembrando dudas y por supuesto, el miedo (de perder el trabajo, de que la economía se detenga, etc.) entre la población.
Si hemos de conseguir una verdadera reducción en las emisiones de gases invernadero, si hemos de lograr enfrentar el cambio climático, no podemos seguir esperando que las leyes y los acuerdos internacionales lo hagan. No hay más que cambiar un estilo de vida basado en el consumo y el desperdicio, que tanto ha enriquecido a unos cuantos a costa de otros muchos (y por supuesto del planeta). Hay mil maneras de que incluso con pequeños cambios de hábitos logremos reducir nuestro propio impacto en el mundo. Desde buscar consumir productos locales (que no generan tantas emisiones por transporte y que además ayudan a la economía de nuestras comunidades), a evitar el uso de botellas de plástico o reducir nuestro uso de energía -entre otras muchas medidas. No podemos más que hacernos responsables del tipo de vida que elegimos.
A fin de cuentas, los grandes cambios empiezan por los más pequeños.
Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad únicamente de sus autores. No expresan una opinón de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentrio, réplica o crítica es bienvenido.