blogeditor · 25 de agosto de 2022
Han pasado 5 años desde los eventos de 2017 en Rakhine, Myanmar, cuando miles de personas de la etnia rohingya fueron asesinadas por el ejército de Myanmar. De hecho, tan sólo MSF pudo documentar 6,700 muertes violentas a manos de los militares. Más de 700,000 personas huyeron por sus vidas hacia Bangladesh. Se unieron con otros que ya habían buscado refugio de previos ciclos de violencia y ahora hacen una población de 1,000,000 de personas refugiadas en el área de Cox Bazar de Bangladesh. Otras personas huyeron a países de la región como Malasia, Tailandia e Indonesia.
Este testimonio, recopilado en el campo por MSF cuenta la historia de Mohamed Hussein quien trabajó en el gobierno de Myanmar durante más de 38 años. Eso, hasta el día que le fue quitada su ciudadanía por su origen étnico en 1982. Desde entonces, Hussein ha visto cómo sus derechos y libertades han sido quitadas una por una, hasta que se vio forzado a huir a Bangladesh donde ha vivido como refugiado en los campamentos desde hace cinco años.
“Terminé la preparatoria en 1973. Incluso tuve un trabajo en el gobierno porque, en ese entonces, las personas rohingya éramos reconocidas en la constitución. Te daban el trabajo directamente después de revisar si habías terminado la escuela.
Después de conseguir la independencia de Gran Bretaña en 1948, el gobierno nos aceptaba a todos como ciudadanos. Si el padre de alguien había nacido en Myanmar y su hijo también, ambos serían reconocidos como ciudadanos. Personas de cualquier etnia disfrutaban de derechos igualitarios. Nadie enfrentaba discriminación.
Esto cambió en 1978, cuando el Naga Min o ‘Censo Rey Dragón’ fue conducido. El censo determinó quién era ciudadano de Myanmar y quién era de Bangladesh. Muchas personas fueron arrestadas por no tener los documentos correctos. Temiendo por mi vida, huí. Luego, el gobierno de Myanmar nos aceptó de regreso. Hicieron un acuerdo con el gobierno de Bangladesh, nos prometieron que si regresábamos nuestros derechos serían respetados. Esta promesa probó ser una farsa. Las tierras fueron regresadas a los dueños, pero nuestros derechos no fueron garantizados. Este fue el inicio de nuestra opresión. Somos tratados como parias y gradual privación se convirtió en persecución.
Las autoridades nos quitaron nuestra ciudadanía (en Myanmar). Bajo la Ley de Ciudadanía (1978), reconocieron categorías de etnicidad y los porcentajes de cada una fueron anunciadas. Esta categorización nunca había existido.
En este momento, a pesar de que se nos había despojado de nuestra ciudadanía, los rohingya aún éramos aceptados en el país como extranjeros. En distintas regiones se compartían noticias de las comunidades rohingya. Después de que los militares tomaran el control, nuestro tiempo al aire fue cancelado.
Si realmente somos extranjeros, ¿por qué la vieja constitución no nos reconocía como tales?
Perdimos la posibilidad de perseguir una educación superior. Se impusieron restricciones de viaje y los militares nos acusaron de estar envueltos en conflicto con los budistas. Miembros importantes de la comunidad fueron arrestados o penados debido a alegatos de oprimir a los budistas. Luego, comenzaron los toques de queda; si alguien era encontrado visitando la casa de una persona, él sería torturado. Así que comenzamos a quedarnos callados cuando algo ocurría en nuestra comunidad.
Cada año, llegaron con nuevas órdenes. Aquellos que no las cumplieran fueron arrestados.
A pesar de todo esto, aún podíamos votar. Elegimos miembros que participaron en las sesiones parlamentarias. Entonces, en 2015, también nos quitaron el derecho al voto.
Nos sentimos humillados y preocupados. En el país donde nuestros ancestros habían vivido, ya no podíamos votar. Nuestros corazones se aplastaron cuando nos llamaron intrusos. El trato injusto llegó a un punto en el que no había otra opción más que huir.
En la mañana (de 2017), oímos disparos. Entonces era un jueves por la noche, y los tiros fueron disparados desde una comandancia militar cerca de nuestra casa. La siguiente mañana escuchamos que personas rohingya habían sido asesinadas.
Cuando la gente vio entrar al ejército a nuestra área, empezaron a huir. Nosotros estábamos aterrados, conforme los militares arrestaban y asesinaban a personas en todos lados. Corriendo por nuestras vidas, llegamos aquí, a Bangladesh. Tenemos suerte de haber llegado con vida. Bangladesh está haciendo mucho por nosotros y protegiéndonos.
Cuando llegamos aquí, teníamos mucha esperanza. Pero ahora, nos sentimos atorados. La vida se ha hecho difícil. Mi corazón no tiene descanso por esto. Cada vez que salgo, soy interrogado (por los guardias).
Ni siquiera puedo visitar a mis hijos. Una de mis hijas vive en Kutupalong y otro vive cerca. Me toma mucho tiempo llegar a sus albergues cuando intento visitarles. El confinamiento complica todo.
Me siento ansioso por el futuro porque nuestros hijos no están teniendo una educación apropiada. Ya sea que se queden aquí o regresen a Myanmar, ¿qué podrán hacer sin una educación? Tenemos muchas noches sin sueño pensando en esto.
Yo recibo tratamiento médico por mi diabetes e hipertensión con MSF dentro del campamento, pero el tratamiento para mi enfermedad de los riñones no está disponible aquí. No puedo salir a conseguir este tratamiento, así que mi esperanza es que se vuelva disponible dentro de los campamentos.
Ahora soy viejo y moriré pronto. Me pregunto si veré mi patria antes de morir. Mi deseo es dar mi último suspiro en Myanmar. No estoy seguro si ese deseo será cumplido.
Mi corazón espera que podamos tener la repatriación en Myanmar, con la garantía de que nuestros derechos serán protegidos y dejaremos de ser perseguidos. Estoy asustado por la posibilidad de enfrentar persecución de nuevo en Myanmar y ya que nuestras familias están aquí, tenemos que pensar en su seguridad.
Seríamos tratados igual en Myanmar si se nos reconociera como ciudadanos. Deberíamos ser capaces de estudiar y seguir con nuestras vidas como cualquier otro. Deberíamos tener el derecho a votar, alzar nuestras voces y tener representación en el parlamento.
Ahora que nuestros derechos han sido despojados, no somos nada más que cadáveres caminantes. El mundo está hecho para que todos vivamos. Hoy, no tenemos país que llamar nuestro a pesar de ser humanos.
Yo le digo al mundo que somos humanos igual que tú. Nacimos como humanos y tenemos el deseo de tener una vida digna.
Le estamos pidiendo al mundo que nos ayuden a vivir como humanos. Mi deseo es que tengamos derechos y paz”.