80 Años de Lucha Libre en México

blogeditor · 6 de septiembre de 2013

80 Años de Lucha Libre en México

Por: Jorge Pérez Penné (@perrovagabundo)

Foto: fffound.com
Foto: fffound.com

El grito “lucharán de dos a tres caídas sin límite de tiempo” se ha convertido en una proclama clásica de la cultura popular mexicana, y no sólo la frase, que es únicamente el anuncio de la maravilla que sigue después. Desfilan ante nuestros ojos los hombres con atavíos de estética extravagante; lucen fuertes y diez veces más altos de lo que son en realidad. Llevan capas como si fuesen reyes o héroes de historietas y dejan de lado su propio ser para portar un personaje que los define ayudados, en muchos casos, por una máscara.

La lucha libre es un espejo de la mexicanidad y es una manifestación cultural y deportiva muy arraigada en nuestra sociedad. Se trata de un símbolo definitorio, de una representación antropológica bastante compleja, y claro, muy pintoresca. Se podría pensar que se trata de una tradición milenaria en el país, pero no; cumple tan sólo 80 años el 21 de septiembre de 2013. Para encontrar los orígenes de esta actividad hay que retroceder hasta los albores de la civilización.

La lucha es uno de los deportes más antiguos de la humanidad. Fue así como Gilgamesh y Enkidú vencieron al Toro Celeste; luchando fue como Heracles derrotó al León de Nemea, y Teseo hizo lo propio con el Minotauro. Los jóvenes de entonces sentían tanta fascinación por estas hazañas que pronto quisieron emularlas y así se originó la lucha que ahora conocemos como olímpica. Esta forma de justa atlética fue introducida en México en la época de la intervención francesa en el año 1863, sin embargo las temporadas fueron esporádicas y no fue hasta 1933 que fue instaurada la lucha libre profesional con todas las características que la separan de la olímpica. La primera función de aquel 21 de septiembre fue en la Arena Modelo, actual Arena México, y todos los protagonistas eran extranjeros. El visionario fue Salvador Lutteroth, conocido como “el padre de la lucha libre”. Él realizó las primeras funciones en espacios improvisados, y gracias a un golpe de suerte que fue ganarse la lotería, mandó demoler un ex convento en la calle de Perú para construir ahí otro lugar de culto en el que los rezos de los fieles son mucho más sonoros: La Arena Coliseo.

Estamos ante una disciplina que es más compleja y rica de lo que parece. En primer lugar hay que destacar su calidad innegable de deporte de contacto legítimo y a esto hay que sumarle la teatralidad. Cada atleta interpreta un rol que se adhiere a uno de los dos bandos: rudo o técnico. La lucha del bien contra el mal, los justos contra los injustos, los oprimidos contra los opresores. Ahí se genera la catarsis. No es el luchador el que se repone de la adversidad y resiste los golpes para triunfar gracias a su tenacidad, soy yo, es cada espectador. Dicho en palabras de Arnold Hauser, “El deporte es la manifestación jugada de la lucha por la vida”.

La lucha libre profesional tiene sus bases en la lucha olímpica y además incorpora otras artes de combate cuerpo a cuerpo: grappling, box, kikboxing, judo y jiu-jitsu. Estas dos últimas son disciplinas originarias de Japón que incluyen códigos de honor que, trasladados a la cultura mexicana, se entienden difícilmente. El honor es un concepto complicado para una sociedad en la que lo que importa es ganar a costa de cualquier cosa, aplastar al otro sin miramientos en pos de objetivos mezquinos. El espectador no enterado espera que los gladiadores se quiten ante un tope suicida que viene a ellos y que el adversario se estrelle contra el suelo, pero ¡qué clase de triunfo sería ése!, ganar a costa de la deshonra. Gracias al jiu-jitsu los luchadores están muy influidos por el Bushido, un conjunto de preceptos morales con los que se regían los guerreros Samurai.

Como combate, la lucha es dura pero es a la vez sutil y elegante; es arte en movimiento. Decía Monsivaís que es “la estetización de la violencia”. Cada llave está llena de estética, cada patada, cada lance, cada golpe. En el pancracio, a diferencia del pugilismo, el objetivo no es fulminar al otro, es demostrar el dominio de la técnica. Se trata de mermar la resistencia del contrario e imponer la propia, es un juego mental de estrategia y de argucias. Es importante la fuerza, y claro, la habilidad atlética. Pero igual de importante es la inteligencia, como bien lo expone El Negro Navarro: “Esto es como el ajedrez. Estoy aplicando un castigo y ya estoy pensando en los tres que siguen”.

Nuestra lucha, a diferencia de la estadounidense y en menor medida de la japonesa, cuenta con un elemento definitorio: la máscara. El primer enmascarado fue el estadounidense Ciclón Mckey, conocido a la postre como la Maravilla Enmascarada. Sin embargo, rápidamente siguieron su ejemplo muchos atletas nacionales que usaron la fuerza de la incógnita para modelar y enriquecer su figura dentro del cuadrilátero y así pasar al terreno de la inmortalidad. Ya lo dice una frase de la que lamentablemente no conocemos el autor: “El portador de una máscara es uno mismo y sin embargo es otro”. La capucha lo es todo para el luchador que la usa, no para esconder su rostro, sino para enriquecerlo. Dota al portador de poderes sobrehumanos; le arrebata el miedo y hasta le cambia la personalidad; se crece, se transforma. Además, como objetos poseen mucha belleza, tanto que confeccionarlas debería ser considerado otro género de las artes plásticas.

Foto: arquivan.disegnolibre.org
Foto: arquivan.disegnolibre.org

La máscara es el bien más preciado para el que ha labrado su reputación con ella, por eso cuando dos luchadores se enfrascan en una rivalidad que ya no cabe en el cuadrilátero se retan, pero no a cualquier lucha. A una máscara contra máscara. La lucha libre es el único deporte en el que existe una representación tan clara de un duelo a muerte. Dan Madigan, en su libro Mondo Lucha a Go-Go, lo define de esta forma: “Figúrense una pelea entre Spider-Man y Batman en la que el derrotado tenga que exponerse ante el mundo”. Y así es. Al final de esta contienda el perdedor se despoja de su incógnita para siempre, revela su rostro, su nombre, su edad y muere su otro yo ante los ojos de la multitud. El vencedor se lleva la máscara del vencido y la conserva como trofeo de la misma forma en la que los teutones y los escitas guardaban los cráneos de sus enemigos caídos y los usaban para beber en ellos.

Es de no creerse la riqueza y la profundidad del deporte de los encordados, desafortunadamente esta maravilla no es valorada por todos. La lucha libre está marcada por un estigma de clase. Se le ha querido catalogar como un espectáculo de la marginalidad, del y para el lumpen. Es el problema que tienen todas las manifestaciones populares, ya que las clases medias ven con menosprecio a todo aquello que emane de los sectores de la población de los que se quieren desligar. Y aunque esto es ya bastante grave, no es contra lo único que la lucha lucha.  La idea que cuestiona la veracidad de sus combates se ha esparcido de forma alarmante y ha logrado que la mayoría de la población piense equivocadamente que la lucha libre es mentira. Ésta es una falacia que se debe a que la gente no concibe que una riña pueda llevarse a cabo como un arte y no como una pelea callejera. Por otro lado la televisión ha ayudado a fomentar esta percepción de forma  indirecta. La lucha libre hay que verla en la arena, en televisión los golpes parecen suaves y da la impresión de que no son dolorosos ni efectivos. En la arena cada embate suena con fuerza, se ve el esfuerzo, se nota el dolor, se siente el cansancio. No es gratis que muchos luchadores hayan muerto en el entarimado y que la mayoría tenga que lidiar con las constantes lesiones a las que están expuestos. En esta profesión son comunes las fracturas, las roturas de ligamentos, las dislocaciones y las lesiones en la columna vertebral, sobre todo en las cervicales. Para ser luchador hay que acostumbrarse a vivir con dolor.

En 80 años de historia, la lucha libre nos ha dado identidad y han surgido de ella personajes icónicos de nuestra cultura. El Santo, Zapata y la Virgen de Guadalupe son símbolos clásicos de nuestra nación, y citando a Dan Madigan: “El Santo, Blue Demon y Mil Máscaras son igual de importantes en la cultura mexicana que Rivera, Orozco y Siqueiros”. Este bello y noble deporte nos ha dado intérpretes magníficos de la naturaleza humana y de todas las mitologías del mundo a las que representan, algunas veces con torpeza, pero nunca sin encanto. Ocho décadas de magia, de emociones, de leyendas, de superhéroes de verdad, de arte, de luces, parafernalia y colores. Que la lucha siga, y como dice el anunciador, que sea sin límite de tiempo.

Foto: superluchas.net
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