Más allá de un 8 de marzo

Khéri Millán · 6 de marzo de 2026

Más allá de un 8 de marzo

Cada año, el 8 de marzo, las calles de México y otros países se llenan de consignas, los perfiles en redes sociales se tiñen de violeta y las instituciones publican mensajes de reconocimiento. El Día Internacional de la Mujer, oficializado por la Organización de las Naciones Unidas, se ha convertido en una de las fechas más visibles del calendario global. Pero la pregunta necesaria no es qué ocurre ese día, sino qué sucede el 9 de marzo.

La conmemoración tiene raíces históricas profundas: mujeres trabajadoras que exigieron condiciones dignas, derecho al voto, igualdad legal. No nació como celebración, sino como exigencia. Y, sin embargo, más de un siglo después, el riesgo es que el 8M se convierta en un ritual simbólico que no siempre se traduce en transformaciones estructurales.

Las cifras hablan con crudeza. La brecha salarial persiste. La carga del trabajo doméstico y de cuidados sigue recayendo mayoritariamente en las mujeres. La violencia de género continúa siendo una herida abierta en todos los continentes y especialmente en México donde mueren alrededor de 12 mujeres diariamente víctimas de feminicidio y el 70 por ciento de las mujeres mayores de 15 años ha vivido al menos un incidente de violencia en su vida. Incluso en países que han avanzado en representación política —como México con el liderazgo de Claudia Sheinbaum— el desafío no termina con la llegada de una mujer al poder. La igualdad no se agota en la foto institucional.

En los últimos años, movimientos como el Me Too demostraron que la denuncia colectiva puede sacudir estructuras aparentemente inamovibles. Sin embargo, también evidenciaron resistencias, retrocesos y la fragilidad de algunos avances. La igualdad real incomoda porque obliga a redistribuir poder, privilegios y responsabilidades.

Más allá del 8 de marzo, la discusión debe trasladarse a lo cotidiano. A las empresas que revisan, o no, sus políticas salariales y de conciliación. A los hogares donde la corresponsabilidad todavía es una deuda pendiente. A los sistemas educativos que pueden perpetuar estereotipos o desmontarlos desde la infancia. A los medios de comunicación que deciden qué historias se cuentan y cuáles se silencian. A los jóvenes que normalizan la violencia.

También interpela a los hombres. La igualdad no es una concesión ni una agenda exclusiva de mujeres; es una transformación social que exige aliados activos. No basta con apoyar en redes sociales un día al año. Se trata de revisar prácticas, cuestionar privilegios, asumir responsabilidades compartidas y ser capaces de reconocerse y reconocer en el otro la agresión y pedir ayuda.

El 8 de marzo no debería ser un punto de llegada, sino un punto de partida. Un recordatorio incómodo de lo que falta por hacer. Porque la igualdad no necesita homenajes anuales; necesita coherencia diaria. No requiere discursos bien intencionados, sino decisiones sostenidas en el tiempo.

Cuando las pancartas se guardan y los titulares cambian, la realidad sigue ahí. La verdadera medida del compromiso no está en la intensidad de una jornada, sino en la constancia de los otros 364 días del año. Ahí, precisamente ahí, se juega el sentido más profundo del 8 de marzo.