blogeditor · 29 de abril de 2021
Es lunes 7 de junio. El país está desvelado con una resaca electoral tremenda que durará algunas semanas. No hay remedio casero ni chilaquiles algunos que curen la cruda y el malestar que dejó la “fiesta democrática” de los últimos meses. La fiesta se puso pesada con el mayor número de participantes que nunca antes haya asistido. Hubo violencia en distintas partes del país: descalificaciones, golpes, guerra sucia, uso político electoral de instituciones, amenazas, intervenciones telefónicas, insultos y hasta denuncias penales para muchos. Nada nuevo bajo el sol. La polarización se profundizó en las sobremesas del país. Familias acabaron distanciadas por sus posiciones políticas. Las personas candidatas dejaron todo en la cancha: su cabeza, su hígado, su cartera y su corazón. Para pocas habrá valido la pena el esfuerzo.
Hay ganadores y perdedores. No todos los perdedores reconocen la derrota. Algunos acusan de fraude y juran llegar hasta las últimas consecuencias: probablemente alguna propuesta de reforma electoral con un profundo rediseño institucional o, algo básico y predecible, optar por la salida fácil de promover la remoción de algunos consejeros y sustituirlos por perfiles más “afines”. Los ganadores festejan con sed de cambio y con la incertidumbre por delante sobre los siguientes pasos a dar. Mientras todo esto sucede todos los problemas graves de inseguridad, de la crisis sanitaria, de desigualdad y de corrupción siguen ahí.
Una vez pasadas las elecciones, toca gobernar y legislar para resolver esos problemas. El realineamiento de fuerzas va a permitir observar los nuevos equilibrios políticos y sociales con los actores políticos que pesarán en la toma de decisiones y que el gobierno federal requiere para gobernar. Gobernar requiere articulación, análisis, construcción de consensos y, sobre todo acción pública. Gobernar es incompatible con los procesos electorales. Sin embargo, no es algo que le importe a esta administración. El presidente de la República seguirá en campaña el 7 de junio, no porque sea ya su estado natural y cotidiano, sino porque dos meses después será la consulta pública para conocer la opinión de la ciudadanía en torno al juicio a expresidentes. El calendario electoral parecería que nunca se agota, que siempre hay una batalla en urnas que ganar, una batalla más que obliga a polarizar; y mientras el calendario electoral rija el ritmo del gobierno y de sus decisiones, los problemas públicos seguirán ahí, agravándose día tras día.
El 7 de junio los partidos políticos habrán medido los resultados de sus propias apuestas en las diputaciones federales, en las gubernaturas, en las presidencias municipales y en la integración de los Congresos locales. MORENA medirá los resultados de su propia división interna y de una alianza formal con el Verde, PT e informal y muy dañina con Elba Esther, Fuerza México y el PES. La coalición Va por México medirá los resultados de la suma de sus negativos y del corto circuito ideológico. Movimiento Ciudadano medirá el resultado de competir solos con agenda propia en todo el país. Los electores habremos decidido entre estas tres opciones.
Así, ante el nuevo equilibrio de poderes, el 7 de junio habrá un capital político extraordinario construido en el país con las más de 21 mil candidaturas -y sus equipos- por partido político que caminaron sus territorios y que prometieron resolver los problemas graves que enfrentan sus propias comunidades. Ese capital político debemos transformarlo en acción pública sin importar si llegaron o no a la posición a la que aspiraban. Debemos generar capacidad de articulación para resolver en colectivo los problemas comunes. En una democracia consolidada quien compite abraza el compromiso político con sus comunidades para honrar su palabra tanto como sea posible con las promesas que hizo, sin importar si ganó o no. Una construcción política de esta naturaleza fortalece el diálogo, la resolución pacífica de conflictos, la construcción pacífica de acuerdos y, por tanto, nuestra cultura política.
El 7 de junio será un buen momento para un llamado a la construcción de paz y para pensar un nuevo horizonte para nuestra democracia. La resaca electoral nos dejará reflexionar sobre el proceso y habrá una larga conversación en la opinión pública para decantar en colectivo los siguientes pasos. La polarización no cesará de la noche a la mañana, pero con un nuevo equilibrio en el Congreso federal y en el resto de posiciones que se compiten, la pluralidad política se impondrá de nuevo ante la visión de mayorías homogéneas y acríticas. Con más pluralidad política y con la defensa pública de nuestras instituciones, la democracia en México encontrará un nuevo aire sí, y sólo sí, lo sabemos aprovechar.