blogeditor · 9 de marzo de 2022
La COP26, que pretendía tratar los temas relativos a la o las crisis ambientales, vino y se fue sin ningún cambio prometedor: no se produjeron acuerdos sustanciales y mucho menos suficientes. El fracaso de la cumbre ha sido delatado por muchos, desde la activista Greta Thunberg hasta el Secretario General de Naciones Unidas Antonio Guterres. Y, por supuesto, se incluyen los millones, principalmente jóvenes, que estamos preocupados por lo que nos pueda tocar vivir en décadas venideras, y, de hecho, en años venideros (cuando se reporta que a escasos kilómetros del Círculo Polar Ártico se registran temperaturas tropicales, uno siente, por así decirlo, que “es hora de ir haciendo las maletas”).
Las protagonistas de la discusión, aparentemente, fueron las emisiones de CO2, mientras que se ignoraron el resto de las formas de contaminación y otros temas de calibre: extinción de especies de flora y de fauna, deforestación, océanos y aguas, basura, agroquímicos, las distintas formas de envenenamiento, etcétera; ello pese a que sabemos que el planeta es un sistema interconectado donde las distintas afectaciones antropogénicas se dan cuerda unas a otras. Lo referente al efecto invernadero y el calentamiento global en sí se trató, irónicamente, con una tibieza exasperante. Las metas son insatisfactorias, los acuerdos minúsculos, y los mecanismos, para variar, no vinculantes. La única posible buena noticia fue una reunión aislada de Estados Unidos con China, pues son dos de los países más contaminantes, y su obstinada (si no es que infantil) rivalidad político-económica ha estorbado la llegada a acuerdos.
Por ello, una vez más nuestras miradas se vuelven hacia nosotros mismos: ¿qué podemos hacer, dada la inoperancia de los líderes mundiales? Ciertamente, las acciones aisladas de la ciudadanía y el cambio en muchos de nuestros hábitos diarios son indispensables. El problema es que, dependiendo de qué se trate, su impacto directo es insuficiente, mientras el indirecto ocurre a muy largo plazo y tiene que pasar, necesariamente, por los mismos poderes que por acción u omisión entorpecen los cambios a gran escala: los intereses económicos de las industrias y los gobiernos que o los miman o han fracasado en someterlos al bien común.
Mientras esta cumbre tenía lugar, se cumplían 30 años de la publicación del libro La ira de la Tierra (Our Angry Earth), con el que Isaac Asimov y Frederik Pohl procuraron sintetizar y poner en manos del ciudadano promedio la principal información y la evidencia sobre el cambio climático, sus causas y sus peligros. Los libros de divulgación científica suelen envejecer rápido, pues los descubrimientos nuevos continúan trepando sobre los anteriores; pero el volumen de Asimov y Pohl no ha perdido vigencia; y no porque no sepamos más del asunto sino, lamentablemente, porque en todos estos años las acciones han sido mínimas.
Entre sus explicaciones y, por así llamarlas, “predicciones”, los autores ya avisaban del problema que aquí se vislumbra: por un lado, los cambios individuales y colectivos por parte de las personas “de a pie” son fundamentales; por el otro, su impacto tiene un límite, a partir del cual empezamos a depender de la acción a gran escala iniciada desde la Ley y el Estado:
A la larga (y la larga se hace cada día más corta) los gobiernos tendrán que intervenir. Los cambios que necesitamos tendrán que ser forzados mediante legislaciones y tratados, con medidas tales como leyes prohibitivas e impuestos selectivos.
Aquí empieza la parte difícil. Aquí es donde nos metemos en temas tan espinosos como Política y Economía, –en todas las cosas que tendrían que hacerse para poder pasar ese tipo de legislación, cuando cada legislador está bajo una presión inmensa para votar del otro lado […] por parte de los intereses especiales que los inmovilizan. 1
Y es que el actual determinante de la vida pública es el mercado, cuyos mandamases no suelen mostrar interés en cambios de dirección, ni en compromisos, ni en poner la responsabilidad social por encima de sus ganancias, incluso si hablamos del planeta Tierra. No claro, a menos que se los obligue.
Mucho se ha dicho ya en este espacio, directa o indirectamente, sobre la relación entre las distintas facetas de la crisis ecológica y el capitalismo, especialmente el desregulado capitalismo neoliberal (con su priorización radical de las ganancias y el “crecimiento”, su transformación del financiamiento en influencia, su tendencia a la captación de instituciones por parte de los intereses financieros, o su férrea pero selectiva y falaz defensa de ciertas libertades individuales). Para ahorrar espacio, en esta ocasión me limitaré a apelar a lo ya dicho 2 y resumir que es hora de aceptar la cruda realidad: el neoliberalismo sencillamente no es compatible con la urgente regeneración del planeta.
Las recientes declaraciones de Elon Musk, llenas de hipocresía, son sólo un ejemplo de por qué no se puede sólo “confiar” en que los privados enriquecidos por el statu quo harán lo correcto voluntariamente, especialmente en lo relativo a la ecología; otro ejemplo que se podría señalar son las implicaciones de la escasa rigurosidad fiscal en el asunto. Una prueba más directa es que el fracaso de la COP26 se debió en buena medida a la presión de las poderosas industrias energéticas (que, vaya ironía, tuvieron la presencia mayoritaria en la cumbre). Incluso el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático ha reconocido que atender la crisis ecológica no se distancia de atender la pobreza y la desigualdad. No por nada algunos están planteando cambiar “Antropoceno” (nombre de la era de cambios naturales antropogénicos) por “Capitaloceno”: urge un cambio radical en nuestro modo de pensar y de vivir, pero también en nuestro modo de producir y consumir y en nuestras prioridades.
Ahora; hay que admitir que, evidentemente, si bien superar el neoliberalismo es un primer paso fundamental, no es suficiente. Sin caer en los extremos de la infantilizada “grilla” en la que actualmente está sumido nuestro país (llena de visceralidad, de exageraciones y simplificaciones, de descontextualizaciones, de posverdades y de falta de perspectiva), podemos simplemente reconocer que, contrario a lo que muchos (en el mundo) parecen creer, el combate al cambio climático no es “un lujo”: es una acción urgente para toda la humanidad, pues aunque no todos ejerzamos el mismo nivel de daño, sus consecuencias no tendrán la generosidad de ser tan selectivas. A lo anterior se puede añadir que, por mínima que sea la aportación, es una aportación; y además, estaremos en una mucho mejor posición de exigir a los grandes países (y a las personas a nuestro individual derredor) cambiar si “predicamos con el ejemplo”. 3
Cambiar la política económica es dar un primer paso. Ahora, ¿qué hacer cuando de todas maneras los gobernantes no parecen hacer lo suficiente? También eso lo predijeron Pohl y Asimov: “De hecho, tendremos que ser nosotros los que forcemos a nuestros gobiernos a actuar”. 4
* Rodrigo Ruiz Spitalier es licenciado en Letras Hispánicas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y actualmente trabaja en el área editorial del Programa Universitario de Bioética. También ha sido colaborador para varias revistas literarias digitales y es autor de la antología El gran Traidor.
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1 Isaac Asimov y Frederik Pohl, Our Angry Earth, Tor, 1991, Capítulo 4. La traducción es mía.
2 A los hipervínculos que he colocado a lo largo de este artículo, donde se argumenta ampliamente sobre el asunto, agrego este y este.
3 ibid.
4 ibid.