La ruta de los refugiados sirios

Médicos sin Fronteras · 8 de agosto de 2013

La ruta de los refugiados sirios

Con la guerra a las espaldas

Ahmed Beidun muestra un parte médico. Es el documento que acredita la gravedad de sus heridas y que le sirvió para abandonar Siria y ser admitido en Turquía. Al conocer su situación, un vecino se compadeció y le ofreció un garaje para alojarse de forma provisional. “Los turcos se han portado muy bien con nosotros”, agradece Ahmed, enfundado en una chaqueta deportiva. “El problema es que no tengo pie. No puedo trabajar”, lamenta mientras su hijo lo consuela con caricias.

Un ataque aéreo en la ciudad de Alepo, la principal del norte de Siria, cambió la vida de Ahmed. “Cayeron tres misiles –recuerda–. Mis primos me llevaron al principal hospital de Alepo, pero estaba saturado. Tenía miedo a represalias si iba a un hospital público, porque soy de un pueblo que estaba controlado por los rebeldes. Al final, fui a un hospital privado y allí me amputaron un pie”. Tras la operación, Ahmed convenció a su familia para huir del país y refugiarse en Kilis, en el sur de Turquía.

Esterillas, mantas y platos se amontonan en el garaje. Una cuerda con ropa tendida separa el área común de la cocina improvisada, donde yacen recipientes de plástico y un hornillo. A la espera de entrar en un campo de refugiados, esta es la lúgubre vivienda que ha encontrado Ahmed en Kilis, el primer lugar de paso para muchos de los sirios que huyen de la guerra hacia el norte. Ahmed vive con su familia y la de dos de sus primos: en total, dieciséis personas se hacinan en una cochera de apenas cincuenta metros cuadrados.

Ya son más de 380,000 los sirios que se han refugiado en Turquía. La mayor parte de ellos (más de 350,000) están registrados y tienen derecho a vivir en campos de refugiados habilitados por la Media Luna Roja de Turquía. Los demás esperan ser admitidos pronto o han decidido no registrarse porque prefieren tener libertad para trasladarse a otros lugares de Turquía. “Mucha gente cruza la frontera de forma ilegal. Vienen con muy poco dinero. Para ellos es difícil encontrar un lugar donde vivir si no están en los campos. La atención médica es una necesidad apremiante”, resume Alison Criado-Pérez, enfermera de una clínica de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Kilis visitada por muchos refugiados que sobreviven fuera de los campos.

En esta clínica abundan las historias de pacientes que han llegado a Turquía sin documentación porque su pasaporte ha caducado o se ha extraviado. “Es muy peligroso. Corres el riesgo de que te disparen”, explica una joven siria que ha cruzado en varias ocasiones los olivares que pueblan la frontera. Sea cual sea su situación económica, los refugiados asisten al derrumbamiento de sus vidas pretéritas y afrontan con incertidumbre el futuro. “El negocio iba muy bien”, evoca un sirio que regentaba una tienda de muebles en Alepo aplastada por un tanque.  “Echo de menos la vida antes de la guerra”, abunda mientras espera a que su esposa salga de una consulta ginecológica de MSF. La vida cotidiana de este refugiado ha dado un giro radical: antes del inicio del conflicto, viajaba a Estambul o Atenas en busca de inspiración para el diseño de minibares y decoración de dormitorios; ahora, no tiene trabajo. La guerra siria también ha golpeado a las familias con más recursos.

Cruzar la frontera no es el fin del dolor para estos sirios, sino el inicio de un duro proceso de recuperación emocional, sobre todo para los que han sufrido heridas severas o han dejado familiares atrás. Entre los refugiados hay una mayoría de mujeres y niños, un detalle que habla de la cantidad de familias divididas que anhelan el fin de la violencia para recomenzar sus vidas. Necesitan tanto atención médica como psicológica. Sonya Mounir, que supervisa a un equipo de psicólogos de MSF en Kilis centrado en los refugiados sirios, cree que el futuro constituye el principal estímulo para todos. “Nuestro objetivo es que aprendan a lidiar con su nueva situación, que tengan algo de esperanza, que tengan ideas y sueños”, resume.

Ahmed tiene esta tarea por delante: debe amoldarse a una vida lejos de su tierra y después de haber sufrido un bombardeo. Pronto cambiará el garaje por un campo de refugiados en condiciones dignas, pero sus muletas, apoyadas en la pared, invocan el episodio traumático que aún no ha superado. “Quiero un pie ortopédico”, dice una y otra vez. Cabizbajo, Ahmed no sabe cómo contestar a la pregunta de qué le gustaría hacer en el futuro: “Antes jugaba con mi hijo, ahora no puedo”.

Sirios entre Oriente y Occidente

A un lado, Yamán. Tiene doce años, es muy discreto y aficionado del Real Madrid. Tuvo que huir de Siria y ahora vive con su familia en un sótano en Estambul. Echa de menos su pueblo, Al-Kisswah, en las afueras de Damasco, y tiene claro que en cuanto acabe la guerra quiere volver a su país. De mayor, le gustaría ser matemático.

Al otro lado, su hermano Yanal, con un año menos. Le gusta llamar la atención y sus ídolos son los delanteros del Barça. Comparte litera con Yamán en la vivienda que consiguieron alquilar sus padres. Su sueño es salir de Estambul, dejar atrás Siria y residir en una capital europea. ¿Vocación? Periodista.

En una misma familia siria convive la lógica tensión entre el apego a la tierra y el deseo de un futuro mejor. “Si nos vamos, será legalmente”, tercia el padre de los chavales, Hassan Nasser. “Muchos sirios entran de forma ilegal en Europa a través de contrabandistas, pero es muy peligroso. Mi familia no puede hacer eso. Si me saliera algo, iría a Europa con los papeles en regla”, anota Hassan, que se retuerce de dolor en el sillón entre frase y frase.

Hassan participó en las primeras manifestaciones de opositores en marzo de 2011. Las fuerzas de seguridad sirias fueron a buscarlo a casa. Saltó desde el tercer piso y se lesionó la espalda. Un año después, se refugió en Turquía y aún no está claro si se deberá someter a una operación quirúrgica. “Si tuviera la posibilidad de ir a Europa para ser tratado, lo haría. Ojalá pudiera”, suspira. Pese a todo, Hassan aclara que su deseo más intenso es volver a su país una vez que se detenga el derramamiento de sangre.

Estambul acoge a miles de migrantes y refugiados de todos los orígenes. Una gran proporción de ellos ha escapado de rincones del mundo azotados por la guerra como Afganistán, Irak o la República Democrática del Congo. El último país en sumarse a esta lista es Siria. Los que han escapado de las bombas viven sobre todo en campos de refugiados situados a lo largo de la frontera turca con Siria, pero una minoría cada vez más amplia está llegando a Estambul y responde a un perfil bastante definido. “La mayoría de los sirios que hemos visto en Estambul están esperando aquí porque tienen suficientes recursos económicos para ello”, apunta Ghassan Abou Chaar, coordinador de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Estambul, quien añade: “Han sufrido episodios traumáticos debido a la guerra. Hemos comprobado que todavía tienen miedo a hablar con organizaciones internacionales o con la población turca. Están cerrados en sí mismos por miedo a que les identifiquen o a ser deportados de Estambul”.

Hassan no puede trabajar debido a su lesión. Los doctores discuten desde hace meses sobre la pertinencia de una complicada operación que afectaría a una de sus vértebras. Mientras, su colchón financiero se desinfla a en Estambul. Antes de la guerra, Hassan regentaba una tienda de ropa en su pueblo y disfrutaba de una posición económica desahogada. “Lo perdimos todo, no había clientes, no había nada. En mi región, incluso la gente que estaba en peores condiciones económicas que la media podía vivir dignamente al principio de la revolución, pero después muchos se quedaron sin recursos y las asociaciones caritativas los ayudaron”, reflexiona.

Historias como las de Hassan hablan de una clase acomodada que se está desmoronando. Otro ejemplo de ello es Kemal Zori. Regentaba un restaurante en Damasco. No sufrió de forma directa las consecuencias de la violencia, pero sus dos hijos fueron llamados a alistarse al ejército de Bashar al Assad. Toda la familia decidió escapar. “¿A quién iban a combatir?”, se pregunta Kemal, que admite echar de menos la vida antes de la guerra.

La mayor preocupación de Kemal en Damasco era la discriminación que sufría por pertenecer a la comunidad kurda. “Sentíamos que estábamos en el décimo escalón de la sociedad”, lamenta con gesto adusto. Uno de sus hermanos toca el laúd para intentar animar el ambiente. Están esperando la hora de cenar en un piso amplio del barrio de Kanarya, en las afueras de Estambul. La familia no está en una situación desesperada, pero es el símbolo de un grupo social desconcertado por el futuro. “Nos quedaremos aquí, estamos obligados –se resigna Kemal–.  La idea de Europa no está en mi cabeza”.

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