¿2020, el año del cambio?

blogeditor · 30 de diciembre de 2020

¿2020, el año del cambio?

En los inicios del confinamiento por la pandemia del SARS-CoV-2, se mencionaba frecuentemente que al terminar no deberíamos regresar a las condiciones “normales” que la precedieron, puesto que éstas fueron justamente las que dieron origen a tal problema. ¿A qué condiciones me refiero? Al modo en el que nos relacionamos con el mundo; por ejemplo:

  • La manera tan poco sana que tenemos de relacionarnos con el resto de la naturaleza, a través de la explotación y el dominio.
  • Las actitudes sesgadas ante la tecnociencia, ya sea su menosprecio o su enaltecimiento dogmático.
  • El consumismo desmedido que nos caracteriza como sociedad, el cual requiere de la devastación planetaria para satisfacerse.

En aquellos días nos preguntábamos “¿cómo sería la “nueva normalidad?”,  si nos daríamos cuenta de que tenemos que cambiar nuestra actitud ante los animales no humanos y el medio ambiente, o si dejaríamos de comprar cosas inútiles. Pero el tiempo pasa y la humanidad no aprende.

El COVID-19, una enfermedad que es controlable a través de medidas sanitarias básicas (lavado de manos, cubrebocas, sana distancia), terminó por descontrolarse. Se argumenta que fue por falta de disciplina y de voluntad para cuidarnos o por la desigualdad social tan marcada en muchos países (no todos tienen el privilegio de poder quedarse en casa). Al final no tenemos una pandemia sino una sindemia, en la que además de los factores médico-biológicos (como la convergencia de distintas enfermedades) los elementos socioculturales y políticos han tenido un papel crucial. Es por esto que el impacto ha sido tan diferente entre países y entre distintos estratos sociales. Mientras que en Estados Unidos se cuentan más de 10 millones de infectados, en Nueva Zelanda la pandemia se controló con un buen grado de éxito y sin necesidad de medidas extremas.

Entre todo esto hay diversas posturas. Por un lado se encuentran los escépticos, quienes no creen que realmente exista el virus, o bien lo creen pero son recelosos de las medidas gubernamentales, o de las corporaciones farmacéuticas, o del personal médico. Por otro lado están quienes tienen la esperanza de salvación por parte de la tecnociencia que nos proporcionará una vacuna que hará que todo esté bien de nuevo y sin mayor esfuerzo de la ciudadanía.

Al final, los resultados medioambientales no han sido beneficiosos en muchos casos. Por ejemplo, todas las campañas previas para la reducción del uso de plásticos y generación de desechos terminaron siendo inútiles, pues entre cubrebocas, envases desechables, guantes, barreras plásticas, etcétera, volvimos a la generación indiscriminada de basura, que ha dejado escenas tan lamentables como un pingüino muerto por confundir una mascarilla con alimento o elefantes buscando comida en un basurero de Sri Lanka.

El problema de la pandemia surgió debido una relación agresiva con la naturaleza, y sin embargo queremos resolverlo con la misma actitud. Millones de animales han muerto para desarrollar la vacuna, y millones más han muerto porque se han contagiado por nuestro descuido —como los visones de Europa, que están siendo exterminados. Aunque al principio el confinamiento tuvo un efecto positivo en la reducción de contaminantes, poco a poco estamos regresando a los niveles anteriores y por tanto seguimos sin detener ni por lo menos aminorar el cambio climático.

2020 ha sido un año de enormes dificultades a nivel mundial; impera el miedo a enfermar, a morir, al desastre económico, a perder a quienes amamos. Pero no podemos quedar cegados por el miedo, no debemos retraernos para seguir aferrados a nuestras antiguas prácticas de supervivencia egoísta, porque entonces sólo será cuestión de tiempo para que todo esto vuelva a ocurrir en circunstancias iguales, o hasta peores si el siguiente agente patógeno resulta más contagioso o más letal, o si tuviéremos que enfrentarlo en medio de mayores alteraciones medioambientales (solamente este año tuvimos un récord máximo en cantidad e intensidad de huracanes).

Ya perdimos a millones de seres humanos y no humanos por esta pandemia, y sin importar si hemos sido infectados o no, todos quedaremos con secuelas físicas y mentales. No dejemos que todo este sufrimiento sea en vano. ¿Qué vamos a hacer para que no se repita? ¿Dejarle el trabajo a otros (gobiernos y científicos)? ¿O vamos a tomar responsabilidad de nuestras acciones?

Tenemos miedo, estamos cansados y no queremos que nos digan que tenemos que hacer todavía más; pero quizá la respuesta no sea hacer más, sino hacer menos: consumir menos, pelear menos, atacar menos, matar menos, devastar menos. Llevar a cabo un decrecimiento económico que permita un crecimiento sociocultural en armonía con el ambiente. Soltar nuestras actitudes de control y dominio sobre el “otro”, sobre los animales no humanos y sobre la naturaleza de la cual somos parte.

Si el 2020 será el año del cambio aún está por verse, pero que esto ocurra depende de cada uno de nosotros. El cambio sucederá si nosotros queremos cambiar, si dejamos de buscar excusas a nuestra conducta y vacunas salvadoras que mantengan el status quo. Las respuestas ya están dadas, sólo tenemos que escucharlas, entenderlas, sentirlas y actuar en consecuencia. Como señala Thich Nhat Hanh: “Clasificamos a otros animales y otros seres vivos como ‘naturaleza’, actuando como si nosotros mismos no fuéramos parte de ella. Luego planteamos la pregunta: ¿Cómo debemos tratar con la naturaleza? ¡Deberíamos tratar con la naturaleza de la forma en que deberíamos tratar con nosotros mismos! No debemos dañarnos a nosotros mismos; no debemos dañar a la naturaleza… Los seres humanos y la naturaleza son inseparables”.

* María del Carmen Valle Lira es Médica Veterinaria Zootecnista y Maestra en Ciencias por la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia de la UNAM, y Diplomada en Bioética por el PUB. Su trabajo se ha enfocado por más de 20 años en el cuidado y conservación de los animales silvestres en zoológicos y en vida libre, participando en diversos proyectos con organizaciones nacionales e internacionales. Asimismo, se ha dedicado a la atención clínica de animales de compañía no convencionales. Actualmente es estudiante del Programa de Doctorado del Posgrado en Ciencias Médicas, Odontológicas y de la Salud de la UNAM, dentro del campo de conocimiento de Bioética, y Profesora de Asignatura en las facultades de Ciencias y de Medicina Veterinaria y Zootecnia, ambas de la UNAM.