El 13 de octubre el mundo tiene una cita con las mujeres

Joel Aguirre · 22 de septiembre de 2026

El 13 de octubre el mundo tiene una cita con las mujeres

El próximo 13 de octubre, mujeres de distintos países dejaremos de trabajar durante 24 horas. Quienes puedan hacerlo suspenderán su trabajo remunerado, el trabajo doméstico y de cuidados y también el consumo. La convocatoria de World With Women, un movimiento nacido en Francia y que hoy suma personas de distintos países y continentes, parte de una idea sencilla: el mundo no puede seguir prescindiendo de la mitad de la humanidad en los espacios donde se decide su futuro.

La iniciativa recupera el espíritu de una jornada que hizo historia. El 24 de octubre de 1975, las mujeres de Islandia dejaron de realizar durante un día tanto su trabajo remunerado como las tareas domésticas y de cuidados. Cerca del 90 % participó. Escuelas, comercios, fábricas, oficinas y hogares se dieron cuenta de  cuánto dependía su funcionamiento cotidiano del trabajo de las mujeres. Desde Reikiavik aquella ausencia consiguió hacer visible algo que, precisamente porque sucedía todos los días, se daba por sentado: el enorme valor económico y social del trabajo femenino.

Han pasado 51 años. Las mujeres hemos conquistado derechos, entrado masivamente al mercado laboral y a las universidades, llegado a parlamentos, tribunales, empresas, gobiernos y espacios que entonces parecían inaccesibles. El mundo de 2026 es profundamente distinto al de 1975, sin embargo, parece que las estructuras de toma de decisiones siguen intactas en muchas partes del mundo. 

El lenguaje de los derechos de las mujeres es nuevamente territorio de disputa

Este  13 de octubre ocurre en un momento particularmente complejo. Vivimos entre guerras y bombardeos, guerras de drones, desplazamientos masivos, crisis climática, erosión democrática, polarización, el fortalecimiento de los extremos políticos y de tendencias autoritarias tanto de izquierda como de derecha, una transformación tecnológica acelerada y una inteligencia artificial capaz de ampliar oportunidades extraordinarias, pero también de reproducir prejuicios, desinformación y nuevas formas de violencia. A ello se suma un retroceso preocupante en derechos que creíamos consolidados: en 2024, casi una cuarta parte de los gobiernos del mundo reportó retrocesos en materia de derechos de las mujeres. ONU Mujeres advierte también que la inteligencia artificial y las tecnologías digitales están contribuyendo a propagar estereotipos y nuevas formas de violencia hacia ellas.

Incluso el lenguaje de los derechos de las mujeres se ha convertido nuevamente en territorio de disputa. Conceptos desarrollados durante décadas para comprender desigualdades y violencias son descalificados bajo la etiqueta de “ideología de género”, como si hablar de género fuera una posición doctrinaria y no una herramienta para entender cómo las relaciones de poder producen consecuencias distintas para mujeres y hombres.

Las guerras ofrecen quizá el ejemplo más brutal. En 2024 hubo más de 185 conflictos armados y 676 millones de mujeres y niñas vivían a menos de 50 kilómetros de alguno de ellos. La violencia sexual relacionada con los conflictos aumentó 87 % entre 2022 y 2024. Los cuerpos de las mujeres siguen siendo parte del campo de batalla, que se domina, conquista y ultraja. Sin embargo, nueve de cada diez procesos de paz de 2024 no contaron con una sola mujer negociadora; en promedio, ellas representaron apenas 7 % de quienes participaron en negociaciones formales. En términos de cobertura mediática, esta aumentó, pero apenas el 5 % de las noticias abordaron la experiencia y ángulos relacionados con las mujeres.

La exclusión comienza antes de buscar las soluciones

Esta realidad debería escandalizarnos. Las mujeres viven las guerras, pierden familiares, son desplazadas, sufren violencia sexual, sostienen comunidades y participan en la reconstrucción, pero siguen estando ausentes de las mesas en las que se decide qué significa la paz.

Una de las razones de  mayor relevancia para hablar hoy de un mundo con las mujeres es este:  no se trata de sostener que las mujeres gobernamos mejor, somos naturalmente más pacíficas, más buenas, más empáticas o poseemos superioridad moral. Eso sería sustituir un estereotipo por otro. El argumento es mucho más elemental: excluir sistemáticamente de las decisiones la experiencia, el conocimiento y las perspectivas de la mitad de la población empobrece nuestra capacidad colectiva para comprender problemas complejos y encontrar respuestas.

Hay algo todavía más profundo: la exclusión comienza antes de buscar las soluciones. Comienza en la definición misma de los problemas.

El feminismo lo ha demostrado una y otra vez. Durante siglos, la violencia dentro del hogar fue considerada un asunto privado. La violación dentro del matrimonio ni siquiera era reconocida como tal en muchos países. El trabajo doméstico y de cuidados fue entendido como una responsabilidad “natural” de las mujeres y no como una actividad indispensable para el funcionamiento de la economía y de la sociedad. La violencia sexual en las guerras fue durante mucho tiempo tratada como una consecuencia “inevitable” de los conflictos o un daño colateral,  no como lo que es:  un crimen y  en determinados contextos, como una estrategia de guerra.

La mirada feminista no se limitó a ofrecer respuestas diferentes. Cambió las preguntas. Nombró problemas que el poder no veía porque quienes lo ejercían no los experimentaban de la misma manera o eran parte del mismo problema.

Ese sigue siendo el desafío.

La discusión nunca tomó en cuenta a todas las partes involucradas

Cuando hablamos de guerras, seguridad, inteligencia artificial, cambio climático, migración, economía, democracia o cuidados, importa quién está sentado en la mesa. No solamente porque las decisiones afectan a mujeres y hombres de manera diferente, sino porque nuestras experiencias determinan también las preguntas que hacemos, los datos que buscamos, los riesgos que identificamos y aquello que consideramos digno de convertirse en política pública.

La perspectiva feminista no consiste en agregar un apartado sobre mujeres al final de una discusión que ya estaba definida. Consiste en reconocer que esa discusión nunca tomó en cuenta a todas las partes involucradas.

Por eso resulta tan significativo que, 51 años después de Islandia, mujeres de distintos lugares del mundo hayan decidido detenerse otra vez. La convocatoria de World With Women no es solo una jornada más de protesta; es una invitación a  preguntarnos qué mundo estamos construyendo y quiénes participan realmente en su construcción.

En 1975, las islandesas necesitaron dejar de trabajar durante un día para hacer visible cuánto aportaban al país. En 2026 ya no necesitamos demostrar que las mujeres trabajamos, producimos, cuidamos, investigamos, emprendemos, creamos, dirigimos y gobernamos. Tampoco necesitamos un mundo diseñado por otros para nosotras.

Necesitamos estar donde se define qué problemas importan, cómo los entendemos y qué hacemos para resolverlos.

En un momento en el que quienes toman decisiones están demostrando una capacidad limitada —por decir lo menos— no solo para resolver las grandes crisis de nuestro tiempo, sino incluso para comprender toda su complejidad, seguir prescindiendo de la experiencia y la mirada de la mitad de la humanidad no es únicamente una injusticia. Es una manera absurda y retrógrada de intentar entender el mundo y buscar soluciones.

El 13 de octubre las mujeres volverán a detenerse.

No para demostrar cómo sería un mundo sin mujeres, sino para empezar a construir un mundo con ellas.♦ 

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