Danielly Rodríguez* / corresponsal · 18 de julio de 2026
“La magnitud de la catástrofe en La Guaira no se compara con nada de lo que haya visto. Uno conoce la zona y ver que lo que estaba antes allí ya no está, es muy fuerte”.
Así describió Edmundo Levy, líder de la misión de rescate y recuperación de la Search and Rescue (SAR) México, su impresión al llegar al estado La Guaira junto a su brigada el pasado 1 de julio de 2026, una semana después de que un doble terremoto cambiara para siempre la historia de Venezuela.
“Además, me di cuenta de que se construyó sobre el relleno del deslave ocurrido en 1999. El lodo no se sacó, sino que se le echó arena encima y se emparejó el suelo”, añade el brigadista de 54 años, de origen venezolano y residente en México.
El 24 de junio, dos sismos de magnitud 7.2 y 7.5, con apenas 39 segundos de diferencia, golpearon con furia a los estados de La Guaira, Caracas, Miranda y Falcón.

La alarma de emergencia sonó en algunos dispositivos electrónicos, como celulares Android y tabletas, pero algunos no entendieron lo que ocurría y en los puntos más críticos ni siquiera hubo tiempo de reaccionar. Hasta la fecha, el gobierno de Delcy Rodríguez registra al menos 5 mil 69 fallecidos y alrededor de 21.000 personas damnificadas, manteniendo bajo reserva el balance oficial sobre la cifra de desaparecidos.
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El día que la brigada Search and Rescue México pisó la zona del desastre, su presidente, Froylan Robles, informó a Animal Político que se desplegarían en 19 puntos críticos. El equipo multidisciplinario incluía paramédicos, médicos, un veterinario, técnicos en estructuras colapsadas y especialistas en rescate con cuerdas, entre otros.

“Es impresionante lo que hemos estado viendo acá. No había visto nada similar ni en México ni en ningún otro lado. Este es mi país y, si he estado apoyando en otros lugares, por supuesto tenía que venir. Porque cuando la patria llama, hasta el llanto de la madre calla”, señaló Edmundo.
Detrás de su uniforme y la urgencia de la catástrofe, para Edmundo este viaje contenía también una misión íntima y dolorosa: luego de 10 años sin ver a su madre, Miriam, de 75 años, el rescatista logró visitarla en el hospital justo al terminar la guardia de su primer día en territorio venezolano.
Edmundo relata que, de los cinco hijos que tuvo su madre, él fue quien pasó menos tiempo en casa. Desde los 10 años, impulsado por el apoyo de su padre y su madre, ingresó a los “bomberitos”, la brigada infantil de los Bomberos de Caracas. Más tarde, su vida transcurrió internado en un colegio militar hasta los 18 años, y a los 22 se incorporó a otro cuerpo de seguridad.

El servicio siempre lo mantuvo lejos del hogar. En 2001 se mudó a la República Dominicana, regresó a Venezuela en 2007 y volvió a emigrar en 2016, esta vez rumbo a México junto a sus dos hijas y la madre de ellas. “Me voy porque la situación en Venezuela era difícil y en México se me presentó una oferta de empleo; era la oportunidad de irme de manera legal. Para ese entonces nos estaba afectando mucho la situación económica y yo pensaba en el futuro de mis hijas”, recuerda.
Edmundo admite que el arraigo inicial fue complejo. No conocer el país ni sus costumbres lo dejó vulnerable ante personas que se aprovecharon de su situación, una tensión que, asegura, terminó costándole el matrimonio.

Sin embargo, el tiempo le enseñó cómo funcionaba el entorno, aprendió a querer a México, se rodeó de buenos amigos y logró estabilizarse al fundar su propia empresa de ciberseguridad e inteligencia artificial aplicada a desastres. Por eso, volver a mudarse a Venezuela es algo que hoy no ve viable: significaría sentirse de nuevo como un migrante y empezar de cero una vez más.
Durante toda su ausencia, su madre batalló contra una leucemia crónica. Cuando Edmundo finalmente pudo volver a verla, la enfermedad ya se encontraba en una etapa refractaria y se había complicado con un cuadro severo de neumonía. El reencuentro ocurrió tras dos semanas de haber sido ingresada ella en el Hospital Vargas de Caracas.
Edmundo recuerda el viaje: apenas comenzó a subir hacia la capital, dejando atrás el calor abrasador y el caos de La Guaira para sentir el aire fresco de la montaña, sintió que su alma se completaba. Para él, la ciudad seguía idéntica a los trazos de su memoria; su madre, en cambio, ya no era la misma que había dejado. “Ver a mi madre en las condiciones en que está es muy duro.
Durante la primera visita ni siquiera me reconoció y eso me golpeó bastante. Tenía una imagen muy distinta de ella en la mente. Pero a pesar de que tengo mucho dolor, debo ser fuerte y seguir”.
Al tercer día de su despliegue en La Guaira, la brigada concentró sus esfuerzos en tres torres del complejo residencial OPPE 33, un edificio de 12 pisos ubicado en Tanaguarena, parroquia Caraballeda, una de las zonas más devastadas por los sismos.

“Durante el primer día aquí recuperamos 8 cuerpos sin vida; el segundo día recuperamos 11 y el día de hoy van otros 11. No perdemos la esperanza de rescatar a alguien con vida. Nos informaron que había una bodega con 17 personas a las que les cayó este edificio encima, y estamos en la labor de llegar hasta ese punto”, detallaba Froylan Robles en medio de las operaciones.
El presidente de la SAR México destacó la urgencia de integrar el apoyo de la sociedad civil para sumar manos voluntarias bajo la estricta supervisión de los rescatistas. A pesar de haber implementado todos los recursos tecnológicos a su alcance, sumados a los de otras brigadas internacionales, los sensores no detectaban señales positivas.
Aun así, el compromiso con las familias que aguardaban afuera los obligaba a continuar.

“La incertidumbre de las familias es muy grande; necesitan recuperar a sus seres queridos para alcanzar esa paz que tanto quieren. Tenerlos consigo de la forma que sea y dejar de pensar si están vivos, heridos o atrapados”.
La propia comunidad organizada entregó a la brigada un censo con un listado de 57 personas presuntamente atrapadas bajo las toneladas de concreto. Para ese momento, los rescatistas habían recuperado 31 cuerpos.
La madrugada del día siguiente trajo la confirmación de la tragedia: al lograr perforar el acceso a la tienda que buscaban, hallaron a 18 personas que se encontraban en el interior.
Todas, incluidos varios niños, estaban ya sin vida, vencidas por el tiempo transcurrido desde el día del terremoto hasta ese fatídico 5 de julio.
“Tenemos el compromiso de entregar esa paz a los familiares de la forma que sea posible”, apuntó Froylan.
“Esto me recuerda mucho a mis hermanos mexicanos en situaciones de emergencia, que de igual manera se ponen la playera, trabajan y ayudan. Esta hermandad latinoamericana es impresionante: esas ganas de ayudar y servir cuando ocurren este tipo de tragedias”.
Froylan acumula 18 años dedicados profesionalmente a la atención y capacitación técnica en emergencias mayores. Sin embargo, confiesa que nunca le había tocado lidiar con un escenario tan masivo y devastador como el de La Guaira.
“Veíamos las noticias en México y uno aprecia dos o tres escenarios en la pantalla, pero al llegar a la zona de desastre es increíble dimensionar la magnitud. Yo creo que en el 80% de los edificios colapsados que hemos visto, las personas están rescatando solas a sus mismos familiares, sin la capacidad ni el conocimiento técnico; simplemente movidos por el impulso de decir: ‘aquí está mi familiar y de aquí lo tengo que sacar’. Por eso entendemos por qué tanta ayuda internacional se ha volcado a Venezuela entregando el corazón, pero son demasiados edificios”.

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Prosiguió: “Es una realidad muy hermosa y, a la vez, profundamente triste. Cuando consiguen a los suyos, la gente no se va, se mueve a ayudar al vecino”. Entre escombros y promesas de rescate, las familias no descansan ni se despiden.
Se aferran a una especie de duelo interrumpido que suspende el tiempo mientras siguen buscando.
Edmundo también viajó al país para despedirse. Cuando su padre falleció tres años atrás, la distancia y las barreras migratorias desde México le impidieron darle el último adiós.

Esta vez la historia no podía repetirse. “Le doy gracias a Dios, independientemente de cómo haya sucedido todo, porque me dio la oportunidad de ver a mi madre viva por última vez”.
El 8 de julio, Edmundo abordó el avión de retorno a México. Cuenta que la despedida final con su madre fue sobrecogedora; ese día, Miriam estaba completamente lúcida y lo reconoció de inmediato. “Me dijo que me amaba mucho, que donde yo estuviese ella iba a estar conmigo y me dio su bendición”.
Su madre falleció cinco días después en Caracas.

A medida que Edmundo acumula horas frente a catástrofes de esta escala, admite que su coraza profesional se vuelve más sensible, más humana.
“Acá estamos hablando de seres humanos. De personas que no pudieron despedirse de sus seres queridos. Por ello debemos aprender que la vida te enseña que todo puede terminar en unos segundos; debemos aprovechar al máximo el tiempo para abrazar a quienes amamos, dejar los rencores, ser solidarios y crecer como personas. Debemos vivir las experiencias que podamos porque, al final, los recuerdos son lo único que nos queda”.