Irán: la distancia, el miedo y el silencio que impone una guerra que separa familias

Israel Fuguemann · 11 de marzo de 2026

Irán: la distancia, el miedo y el silencio que impone una guerra que separa familias

En una sala de redacción en Italia, Nuri sigue las noticias que llegan desde Medio Oriente. Desde la noche del sábado no ha logrado comunicarse con su familia en Irán. Las amenazas que durante años mantuvieron en tensión a Irán, Israel y Estados Unidos dejaron de ser advertencias diplomáticas. Ahora son una guerra abierta que mantiene en vilo a gran parte del mundo.

A través de un mensaje de texto, la periodista radicada en Brescia cuenta que la última vez que habló con sus familiares le dijeron que los bombardeos se escuchaban cada diez minutos. Su preocupación aumenta cada día, pues muchas instalaciones de Los Pasdarán, la poderosa Guardia Revolucionaria iraní, se encuentran en medio de zonas urbanas densamente habitadas.

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Foto: AFP

Para Nuri, cuya ascendencia es iraní, esta guerra no es solo una noticia que observa desde cierta distancia. Las imágenes de los bombardeos sobre ciudades de Medio Oriente conectan directamente con su historia personal y familiar, y con la de un país que comenzó a conocer a través de los recuerdos de su padre, Majid.

Su melancolía por la tierra que lo vio nacer llevó a Nuri, durante años, a viajar con su familia para visitar a la abuela, a los tíos y a los primos en Teherán, la capital de Irán. Quizá era una forma de asegurarse de que sus hijos no perdieran el vínculo con ese lugar del mundo.

Su padre solía hablarle de una Persia distinta, la que existía antes de la revolución islámica de 1979: un país que, pese a las desigualdades sociales y al autoritarismo de la dinastía Pahlavi, vivía una etapa de modernización acelerada. Las desigualdades internas y la fuerte influencia política y económica de Estados Unidos y de países europeos alimentaron el descontento que terminaría estallando en la revolución islámica.

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Este proceso dio paso a la instauración de la República Islámica encabezada por el ayatolá Ruhollah Jomeini; un sistema político que fusionó el poder religioso con el poder del Estado y que desde entonces ha marcado la relación de Irán con Occidente y la vida pública de las y los iraníes.

Nuri recuerda que dentro de las casas, Irán era el mismo de los relatos familiares, pero en el espacio público la vida comenzó a cambiar. Las restricciones a la libertad de expresión, el control sobre los medios de comunicación y una interpretación cada vez más estricta de las normas religiosas empezaron a regular la vida social con gran impacto sobre los derechos y la libertad de las mujeres.

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A pesar de las restricciones, para una parte importante de la sociedad iraní el retorno a un orden inspirado en valores religiosos representaba una aspiración largamente postergada. En un país donde la identidad social y familiar ha estado ligada al islam chií durante siglos, muchos vieron la posibilidad de recuperar principios morales y culturales que consideraban erosionados por la modernización acelerada con influencia estadounidense.

Estudiantes, intelectuales y parte de las clases urbanas esperaban, en contraparte, que el nuevo proceso revolucionario abriera espacios de mayor libertad política. Esa mezcla de expectativas, esperanzas y tensiones marcaría el rumbo del país en las décadas siguientes y también el de quienes terminarían formando parte de la diáspora iraní.

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Foto: AFP

La guerra vista desde dentro

Una trabajadora humanitaria iraní que permanece actualmente en el país —y que pidió mantener su identidad en reserva por razones de seguridad— describe una vida cotidiana marcada por la incertidumbre desde el 28 de febrero, cuando comenzó la primera ola de ataques de Israel y Estados Unidos. Pasa la mayor parte del tiempo sin salir de su vivienda, por precaución, aunque intenta mantener algunas rutinas, como salir a caminar al parque cercano a su casa. 

La ciudad ha cambiado de ritmo. En los primeros días de los bombardeos vio a varios vecinos partir de Teherán con sus maletas, rumbo a pueblos o zonas rurales alejadas de los posibles objetivos militares.  Otros, como ella, permanecen en la zozobra sin saber hasta qué punto puede seguir escalando la guerra que ya está en las puertas de sus casas. 

Las calles me recuerdan los días del Covid, cuando la ciudad se había quedado prácticamente vacía, asegura.

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La guerra irrumpe incluso en los momentos más ordinarios. Hace unos días, cuando caminaba por su vecindario, comenzaron a escucharse explosiones cercanas, estruendos violentos a plena luz del día. Aún no puede quitarse de la memoria esas imágenes. “Algunas personas que pasaban por la calle se paralizaron por el miedo; otras buscaban a quién abrazar o con quién hablar. Era evidente que buscaban consuelo mientras intentaban entender qué estaba ocurriendo”.

Pero la guerra no llega a una sociedad en calma. La represión de las protestas de enero por parte del régimen dejaron una huella profunda en el ánimo del país. Organizaciones de derechos humanos como Human Rights Activists News Agency (HRANA), estiman que más de 2 mil 500 personas murieron y miles fueron detenidas durante las manifestaciones que sacudieron a Irán entre finales de 2025 y principios de 2026, con una destacada participación de mujeres exigiendo ser dueñas de sus propias vidas.

La muerte de cientos de manifestantes, entre estos jóvenes y menores de edad, generó un clima de tristeza y rabia acumulada. Eso, que aún pesa sobre muchas familias, tiene a una parte de la sociedad con sentimientos contradictorios ante los ataques de Estados Unidos e Israel. Se teme a la guerra porque “cada explosión hace que el corazón se acelere”, pero muchas personas iraníes tienen la esperanza de que esta crisis pueda abrir la puerta a un verdadero cambio político.

En los últimos años los precios de todo —desde la renta hasta los alimentos básicos— se han disparado. En 2025 la inflación anual alcanzó alrededor del 42%, según el Fondo Monetario Internacional.

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Familias que durante décadas pertenecieron a la clase media se vieron obligadas a mudarse a zonas periféricas más baratas. La caída del poder adquisitivo es hoy uno de los signos más visibles de la crisis que, en un primer momento, encendió las protestas.

Este deterioro económico ha golpeado especialmente a la juventud iraní. Más del 60 % de la población tiene menos de 35 años y el país cuenta con uno de los niveles de educación universitaria más altos de Medio Oriente. Muchos de esos jóvenes terminan en trabajos precarios. Algunos conducen SNAP —el equivalente iraní de Uber—, otros trabajan como vigilantes nocturnos, incluso aquellos que cuentan con estudios universitarios de doctorado.

Lo que muchos iraníes desean, dice la trabajadora humanitaria, es algo mucho más simple: una vida normal. Una vida no muy distinta de la que tienen las personas en Madrid o Viena. Apenas es marzo y los iraníes ya han tenido que soportar demasiado en 2026.

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Foto: AFP

Un país bajo presión

La guerra llega en uno de los momentos más delicados para Irán. El país vive una crisis social profunda con bandos muy separados. Hay sectores que critican al régimen y se han atrevido a salir a las calles a protestar, pero existe una base social considerable que sigue apoyándolo, asegura el internacionalista José Alberto Moreno Chávez, profesor e investigador especializado en política internacional y Medio Oriente en la Universidad Iberoamericana.

A pesar del descontento social, el régimen ha mostrado una notable capacidad de resistencia sostenida por una estructura de poder compleja que combina instituciones religiosas, fuerzas armadas y redes económicas vinculadas al Estado.

Los acontecimientos recientes parecen confirmar esa lógica. A pesar del asesinato del líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei, durante los ataques iniciales del 28 de febrero, la estructura del Estado iraní se mantuvo. El 8 de marzo, la Asamblea de Expertos anunció la designación de su hijo, el clérigo Mojtaba Jamenei, como nuevo líder supremo de la República Islámica.

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En ese contexto interno la confrontación militar con Estados Unidos e Israel abre un nuevo escenario. Para José Alberto Moreno Chávez, lo que ocurre ahora no puede entenderse únicamente como un enfrentamiento militar aislado y aunque todavía no estamos ante una guerra regional total, sí hay una escalada prolongada de acciones que buscan desgastar a la República Islámica.

Irán ocupa, además, una posición estratégica clave en Medio Oriente: controla el acceso al estrecho de Ormuz, uno de los corredores marítimos más importantes del mundo para el comercio de petróleo. La desestabilización de ese paso está teniendo ya efectos inmediatos en el mercado energético internacional. 

Moreno señala que detrás de los ataques también hay tensiones vinculadas a la competencia estratégica entre Estados Unidos y China. Irán y Venezuela eran dos de los proveedores importantes de petróleo para la economía china, por lo que debilitar su capacidad energética podría afectar indirectamente a Pekín.

Un aumento sostenido en los precios del petróleo, combinado con alteraciones en las rutas marítimas, podría generar presiones inflacionarias en distintas economías del mundo. Para países como México, esto podría traducirse en mayores costos de transporte y el encarecimiento de productos importados de Asia.

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Foto: AFP

El silencio

Mientras dentro de Irán los efectos de la guerra se vuelven cada día más palpables —como el ataque que alcanzó a una escuela primaria en el sur del país, con un saldo de 168 personas muertas, incluidas unas 110 niñas—, fuera del país hay familiares que intentan reconstruir lo que ocurre. Lo hacen a partir de mensajes fragmentados, silencios cada vez más largos y lo que ven en las noticias. Dos narrativas opuestas circulan en el escenario internacional disputando la interpretación de los hechos. La guerra de la información también se libra lejos del frente, en otros territorios.

Para Nuri, ese silencio tiene otra dimensión. Aunque mantiene un vínculo profundo con el país de su padre, sabe que regresar a Irán hoy sería imposible. Su trabajo como periodista y sus textos críticos sobre el régimen la convertirían en una figura incómoda para las autoridades. En el mejor de los casos, dice, podría ser interrogada durante horas; en el peor, terminar detenida.

La relación tensa entre Irán y Occidente, marcada por décadas de confrontación política, también se cuela en decisiones aparentemente personales. En varias ocasiones Nuri ha intentado obtener una visa para viajar a Estados Unidos, algo que le ha sido negado debido a sus orígenes iraníes y a las restricciones migratorias que pesan sobre ciudadanos o descendientes de ese país. Esa disputa geopolítica se traduce para ella en una frontera invisible que limita sus propios movimientos.

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A miles de kilómetros de distancia, en Europa, Nuri vuelve a mirar la pantalla de su teléfono. En Irán las comunicaciones se vuelven cada vez más frágiles.

La trabajadora humanitaria escribe cuando puede. Entre el trabajo y el aislamiento, comunicarse se vuelve cada día más complicado. A veces pasan horas antes de que llegue una respuesta. Desde el inicio de los ataques, el acceso a internet se ha vuelto cada vez más irregular.

En uno de sus últimos mensajes, enviado después de una larga espera, escribió:

“Hay un apagón total de internet aquí.
Pero ustedes pueden ser nuestra voz”.