Crónica después de la invasión

Valeria Duarte Galleguillos · 17 de marzo de 2026

Crónica después de la invasión

Amanecer del 5 de marzo de 2026. Antes de subir al avión rumbo a Caracas, un nudo en el estómago me recuerda que no viajo a cualquier destino. Hace apenas dos meses, el 3 de enero, Estados Unidos lanzó la “Operación Resolución Absoluta”: bombardeos selectivos sobre Caracas, La Guaira y otras zonas estratégicas, seguidos del secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa, la diputada, Cilia Flores hacia Nueva York, donde fueron acusados por cargos de narcotráfico relacionado con el Cartel de los Soles. La imputación luego fue modificada por el Departamento de Justicia de Estados Unidos eliminando todas las alusiones al Cartel y planteando un “sistema clientelista”.

En fin, lo que era una posibilidad remota se convirtió en realidad. Y yo, que había dejado la cotidianidad venezolana tras haber vivido casi un año, tiempo atrás, regreso con el temor no tanto a lo que ha cambiado, sino a lo que permanece igual: la capacidad de normalizar lo impensable.

venezuela-despues-invasion-animal-politico
Foto: AFP

Semanas antes, un compañero venezolano me había esbozado un poco el panorama. La conversación se había sentido como una montaña rusa. Bajadas abruptas que te dejan sin aire, subidas lentas que te hacen creer que aún hay esperanza. En esas conversaciones sentía que el mundo se desmoronaba, pero me obstinaba en la posibilidad de reconstruirlo. Ahora, al pisar suelo venezolano, esa metáfora cobra cuerpo.

El aeropuerto de Maiquetía mantiene su ritual burocrático. En los pasillos, un cartel de “Se busca” con el rostro de Edmundo González aún cuelga, como un eco de otra época. Me alivia esa continuidad. Solo he bajado del avión y ya siento la brisa cálida y salina golpearme la cara. Mis pulmones, acostumbrados al aire viciado de Ciudad de México, respiran de nuevo con avidez, casi con gratitud.

Lee: México se convierte en un muro para 700 mil venezolanos bajo el régimen de Nicolás Maduro

En el trayecto hacia Caracas, los letreros en la autopista proclaman “Los queremos de vuelta” junto a los rostros de Nicolás y Cilia. Reclamar por líderes secuestrados se ha vuelto parte del paisaje cotidiano. En el hotel, una ducha rápida y salgo a caminar. No puedo resistir la tentación de subir a un mototaxi, esa mezcla de vértigo y adrenalina que hace hervir la sangre; de mis sensaciones favoritas, pero viajo acompañada y optamos por un taxi convencional.

Rumbo hacia la Plaza Bolívar, con salsa de fondo, le pregunto al conductor por aquella madrugada del 3 de enero. “Nos asustamos”, responde sin apartar la vista del camino. “No entendíamos nada. Luego vimos que sí nos bombardeaban. Lo peor fueron los días siguientes: silencio absoluto. No sabíamos si vendría más o si saldríamos a defendernos. Al final, no hicimos nada. Y creo que fue lo mejor. No hubiéramos podido con eso”.

Era el aniversario de la muerte de Chávez. El tráfico se congestionaba como en cualquier 5 de marzo, la fecha aún tenía una connotación nacional. Le pregunto por Chávez. Se encoge de hombros: “Cambió la vida de mucha gente”. No indago más.

venezuela-despues-invasion-animal-politico-5
Foto: AFP

Las calles lucen más vacías de lo que recordaba. La compleja dinámica financiera venezolana: dólares de cortes pequeños, transferencias imposibles, bloqueos que castigan a todos, sigue intacta. Como extranjera, las limitaciones me golpean con fuerza renovada. Logro el cometido y compro el café.

Al día siguiente visitamos los sitios bombardeados. Es un turismo político involuntario, pero necesario. En La Guaira y Fuerte Tiuna, de los lugares más golpeados, los relatos son crudos. Un sonido blanco ensordecedor que atonta, luces rojas que escanean desde el cielo, misiles cayendo sin rumbo fijo, aviones rasantes, estallidos naranjas cerca y lejos. La gente pensó en huir, pero ¿hacia dónde? Los vecinos se organizaron: cuidaron niños, verificaron que todos estuvieran vivos. “Nos están invadiendo”, gritaban. Un edificio de vivienda social quedó destrozado; una mujer murió allí. Hoy, el lugar ya está reconstruido, como si la herida se hubiera cerrado con cemento fresco.

Lee más: Hugo Chávez: cronología de 21 años en la política venezolana

Parada frente a esas ruinas efímeras, revivo la última vez que estuve en Caracas, enero de 2025. Llegué desde La Paz, Bolivia para la posesión de Maduro tras unas elecciones que nadie quería mencionar en voz alta. Me reuní con mujeres del Ministerio de la Mujer; sindicatos chavistas llenaron actos con convicción inquebrantable. Delegaciones de cinco continentes asistieron. Era el epicentro de la izquierda: Foro de Sao Paulo, Festival Mundial Internacional Antifascista. Discursos sobre el ascenso de la derecha, el fascismo, el imperialismo. Lugares comunes repetidos en los mismos espacios casi como una suerte de seguir convenciéndonos que esas amenazas eran reales. Y sí que lo fueron.

El día de la juramentación, miles abarrotaron las calles. Maduro, acompañado por el presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, pidió el juramento del “Presidente Pueblo”: lealtad absoluta al proyecto bolivariano, construcción de una Venezuela potencia, socialismo próspero, combate al fascismo e imperialismo. “Hoy juro con Maduro”. Parecía anticipar un futuro incierto.

Carteles pedían sancionar a los “gringos”, cortar el petróleo. “Señor presidente Nicolas Maduro, llegó el momento de sancionar a los gringos, ni una gota de petróleo para esos desgraciados que le han puesto sanciones a muchos pueblos del mundo. La OPEP que tome medidas en solidaridad con los países miembros sancionados”. Nadie imaginaba que, un año después, Maduro y Cilia serían secuestrados, Caracas bombardeada y la búsqueda del petróleo consolidada.

venezuela-despues-invasion-animal-politico-3
Foto: AFP

El objetivo de mi viaje también era participar de la séptima Consulta Popular en las comunas. Nos dirigimos a esas montañas desde donde se ve toda la ciudad. En escuelas como centros de votación los vecinos decidían proyectos con cartulinas escritas a mano. La participación no era masiva, pero la organización vecinal persistía. La necesidad de construir democracia desde el territorio es algo que todavía no se abandona. El paisaje podría haber sido cualquier lugar de las laderas de América Latina: hombres en mesas con cerveza, niños en bicicleta, mujeres charlando en la calle.

Sentir el pulso de Caracas en marzo de 2026 revela una verdad persistente: el chavismo, aunque ya no ejerce el control absoluto, sigue siendo la única fuerza política capaz de organizar, ejecutar y politizar. No es hegemónico, pero tampoco ha desaparecido. Y quizás es justo ahí donde surge la pregunta incómoda, ¿a qué se debe la pérdida de hegemonía? En base a los susurros de la gente, donde emergen las críticas, de las que tampoco se habla; está él gran cuestionamiento a la existencia del privilegio dentro del chavismo. Una desconexión que genera fracturas profundas y no solo económicas sino en el imaginario de la posibilidad de un país socialista.

También lee: Migración venezolana y violencia de género, una crisis humanitaria en México

Aun así, ni el bloqueo económico, ni las explosiones que aún resuenan en la memoria de la gente, ni el secuestro de sus líderes han borrado del todo el recuerdo colectivo de una Venezuela donde, para muchos, las cosas fueron mejores, donde la soberanía se sentía tangible.

Las calles conservan esa huella indeleble. En fachadas descascaradas, en tanques de agua, en escaleras de los cerros los ojos de Hugo Chávez siguen vigilando los atardeceres caraqueños: esa mirada icónica, multiplicada en murales que resisten el tiempo y el olvido, como un recordatorio silencioso de que la historia no se borra con misiles.

venezuela-despues-invasion-animal-politico-1
Foto: AFP

Caracas me formó sin darme cuenta. Aprendí a navegar lo imposible, a vivir en “lo difícil” sin que pareciera tan complicado. La solemnidad hacia Bolívar y Chávez que vive ese pueblo me enseñó que, atea o no, todos necesitamos algo a lo que aferrarnos: una fe, un ritual, un relato que nos escuche.

Me atreví a escribir esta crónica porque alguien me dijo que le gustaba leerme, que tenía cierta capacidad para construir imágenes literarias en el análisis político. Quizás fuera solo una conquista efímera, pero a veces creemos para reafirmarnos.

Parafraseando a Leila Guerriero que, a su vez parafraseaba a Foster Wallace; vivir, analizar, sentir y escribir política es algo que me devora, y aun así la dejo entrar. Lo que algunos creemos es que falta hambre de hacer de historia. Mientras tanto, el plato sigue medio lleno y en Caracas, entre escombros reconstruidos y letreros que reclaman ausentes, la historia no ha terminado, solo espera a quien la continúe.