AFP · 22 de octubre de 2026
La primera vez que comió hasta saciarse, Walter dos Santos tenía 25 años y el recuerdo de haber visto morir de hambre a varios de sus hermanos en el noreste de Brasil, donde crecieron sin electricidad, educación ni perspectivas.
Aprendió a leer y a escribir y terminó la secundaria a los 32. Hoy, su hija tiene un doctorado en biotecnología y su hijo es agrónomo.
Este habitante del estado de Maranhao atribuye todo a una persona: el presidente izquierdista Luiz Inácio Lula da Silva.
Para su Quilombo Piqui da Rampa, comunidad afrobrasileña de descendientes de esclavos, Lula es “el padre, la madre y el abuelo“.

“Todo lo que nos fue negado, nuestros hijos pueden tenerlo” gracias a sus políticas sociales, dice a la AFP Santos, de 56 años, en su casa pintada de amarillo.
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“Aunque digan que es limosna, para nosotros fue una ayuda enorme. Cualquiera que haya pasado hambre sabe que estos programas no pueden darse por sentados”.
Su gratitud es reflejo de la fuerte popularidad que mantiene Lula en la región noreste, de la que es oriundo y donde obtuvo casi el 64% en la primera vuelta electoral frente al derechista Flávio Bolsonaro.
Sin embargo, respecto a 2022, perdió más de 250 mil votos, una señal, según expertos, de que los electores empiezan a mirar más allá de los programas sociales para mejorar sus vidas.

A nivel nacional, Lula, de 80 años y en busca de su cuarto mandato no consecutivo, sufrió un revés al quedar segundo frente a Bolsonaro, a quien enfrentará en un reñido balotaje el domingo.
Maranhão se extiende desde la selva amazónica hasta la costa atlántica, donde lagunas color turquesa resplandecen entre las dunas blancas de los Lençóis Maranhenses.
Otrora gran exportador de azúcar y algodón, con una economía basada en el trabajo esclavo, hoy es el estado más pobre de Brasil.
En la ciudad de Vargem Grande, los habitantes cuentan que antes de la llegada de Lula al poder en 2003 sobrevivían gracias a la agricultura y al trabajo a cambio de azúcar, tabaco o ‘cachaça’.
“Mamá cocinaba un solo kilo de arroz para todos. Se servía apenas una bolita para ella”, dice a la AFP Dos Santos, uno de sus 16 hijos.

El paisaje es un gran manto de palmeras de babasú. De sus cocos se extraen semillas para hacer aceite, un trabajo extenuante al que se dedican las mujeres desde hace generaciones.
Maria de Fátima Mendes Ferreira, de 54 años, contó que hace treinta años perdió a su bebé de seis meses, uno de sus nueve hijos, por desnutrición.
“En aquella época no comíamos bien. Trabajábamos todo el día” quebrando cocos, recuerda.
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Su esposo, el pescador Antonio Carlos Lima Ferreira, dice que programas como Bolsa Família —que distribuye dinero a cambio de que las familias vacunen y envíen sus hijos a la escuela— les cambiaron la vida.

La clave es que Lula “tiene un amor genuino por los pobres”, sostiene.
Vitor Hugo Miro, investigador del Instituto Brasileño de Economía de la Fundación Getulio Vargas, afirma que en Maranhao la pobreza —personas con ingresos mensuales inferiores a 775 reales, o 154 dólares— cayó del 67% al 49% entre 2012 y 2025.
Pero las oportunidades económicas y los empleos de calidad escasean, afirma, y con la expansión de la criminalidad cada vez hay más preocupación con ese tema.
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Si bien los programas sociales han sido fundamentales, “la gente está empezando a ponderar otras dimensiones de sus vidas al decidir cómo votar”, dice Miro.

En São Luís, capital de Maranhão, conocida por su arquitectura colonial y sus calles empedradas, Larissa Bianque, de 32 años, es la única de su familia que vota a Flávio Bolsonaro, dice a la AFP.
Aunque buena parte de su familia depende de beneficios como Bolsa Familia, cree que los jóvenes “aspiran a algo más que simplemente la ayuda que cubre las necesidades básicas”.
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Para los partidarios de Lula, su historia de vida con una niñez en la pobreza absoluta es clave para explicar su popularidad, un motivo de orgullo para una región que suele ser retratada como atrasada y poco educada.

“Es el típico nordestino” y “nunca olvidó sus raíces”, dice Zacarias Neto de Moraes, de 58 años, coordinador regional del Partido de los Trabajadores de Lula.
Pero hay “jóvenes que no vivieron la época anterior a Lula, no saben cómo eran las cosas entonces”, apunta.
Con las elecciones cerca de elegir al próximo presidente de Brasil, queda ver cuáles serán las consecuencias de ambos resultados y, sobre todo, la forma en que la comunidad afrobrasileña se adaptará a la próxima nueva administración.