Artemis II: 40 minutos sin contacto con la Tierra para concentrarse en la Luna

Ana Cristina Olvera · 6 de abril de 2026

Artemis II: 40 minutos sin contacto con la Tierra para concentrarse en la Luna

“No hay nada que te prepare para el aspecto sobrecogededor de ver a tu planeta natal iluminado como un día brillante…” Esas fueron las palabras de Christina Koch desde dentro de la cápsula Orion, ya en órbita alrededor de la Tierra, el día después del lanzamiento.

Las escuché en mis audífonos a unas horas de atestiguar desde el Centro Espacial Kennedy, cómo el cohete desaparecía en el cielo de Florida. En el video de la entrevista, difundido por la NASA, se observa a los cuatro tripulantes de la misión sonrientes y flotantes —el pelo de Christina en dirección opuesta a la lógica gravitacional—, mientras comparten sus primeras impresiones desde el espacio.

Lo dicho por la astronauta resonó con lo que pienso cuando intento describir lo que fue estar ahí y mirar el despegue con mis propios ojos: no hay nada que te prepare.

El sitio de prensa del Centro Espacial Kennedy es un cuadrilátero de concreto —e  historia— que se extiende a unos cinco kilómetros del pad de lanzamiento. Desde esa distancia, el cohete SLS (Sistema de Lanzamiento Espacial) parecía un modelo a escala; una maqueta blanca y naranja erguida contra el horizonte al atardecer. 

 

Artemis II. Entre la cooperación global y el temor por la privatización espacial
(Foto: Ana Cristina Olvera).

Cada lanzamiento tripulado estadounidense, desde la misión Apollo 4 en 1967, ha sido cubierto por periodistas que logran acreditarse, desde este mismo punto. La alfombra de esa historia —aunque  invisible—, se siente bajo los pies.

Un empleado de la NASA con quien conversé ese día, veterano de décadas en el centro, me dijo algo que me sorprendió más que muchas declaraciones oficiales: hacía años que no veía una concurrencia de prensa comparable a la de los tiempos del programa del Transbordador Espacial, que se lanzó en 1981 y por  tres décadas cumplió programas de experimentación científica y tecnológica , así como la construcción de la Estación Espacial Internacional.

Me pareció llamativo, pues se esperaría que el regreso a la Luna atrajera mucha más atención que cualquier misión del “shuttle”. Sin embargo, esta aparente disparidad quizá refleje la realidad de una generación que creció sin el referente de este tipo de hazañas, salvo lo visto en los libros de texto. 

Una generación a la que quizá le cuesta asimilar que ese “sueño” del pasado, está —literalmente— sucediendo frente a sus ojos. El transbordador era real pero rutinario. Artemis, en cambio, lleva un viento de futuro difícil de descifrar.

Entérate: Así luce la tierra desde la misión espacial Artemis II

Un eclipse solar desde el espacio

Este lunes 6 de abril, la cápsula “Integrity” pasará a cerca de 6 mil 500 kilómetros de la superficie lunar, lo suficiente para ver el disco completo de la Luna de una vez, polos incluidos, con una geometría que el cerebro humano no reconoce porque ninguno la había registrado desde tan cerca en más de medio siglo. 

Habrá cuarenta minutos de silencio en las comunicaciones, mientras cruzan hacia el lado de la Luna que nunca vemos: ninguna señal, ninguna voz. Los controladores en Houston sólo podrán esperar a que la física haga lo suyo y los devuelva al otro lado. Y entonces, verán en tiempo real cómo cuatro astronautas se convierten en los seres humanos que más lejos de la Tierra han llegado jamás: estarán más de 400 mil kilómetros lejos de su casa. 

Y al final de esa tarde, el Sol pasará por detrás de la Luna y los cuatro astronautas verán un eclipse solar desde el espacio. Empacaron sus lentes especiales para poder verlo.

Artemis II. Entre la cooperación global y el temor por la privatización espacial
(Foto: Ana Cristina Olvera).

Cooperación, el motor del futuro

El día del lanzamiento, en el cuadrilátero de prensa del Centro Espacial Kennedy, había periodistas procedentes de todos los rincones del mundo; escuché inglés, español, portugués, japonés, alemán, francés… Y vi  equipos de televisión con logos de cadenas que reconocí y otros que no. Según pude constatar, yo era la única enviada desde México para cubrir el despegue.

Entre la multitud de personas invitadas, había astronautas europeos y quizá hasta los siguientes en pisar la superficie lunar en futuras misiones. También estaba la cúpula de la Agencia Espacial Europea, cuyo director general Josef Aschbacher, resumió una emoción compartida sobre la importancia de la suma de esfuerzos entre naciones para lograr metas conjuntas.

“Artemis II construye sobre el éxito deArtemis I y confirma el papel esencial de Europa en el regreso de la humanidad a la Luna. Juntos estamos demostrando que la cooperación sigue siendo nuestro motor más poderoso para el futuro”, afirmó. Lo dijo sin astronautas de su continente a bordo de la nave, pero con el módulo de servicio europeo, que es el corazón de la Orion —el sistema que la propulsa, la alimenta y la mantiene viva—, viajando hacia la Luna.

El futuro no se detiene

Los minutos en el reloj del sitio de prensa transcurrían implacables. Voltearlo a ver era constatar que la historia no espera, no negocia y no da tregua para poder asimilar lo que está a punto de ocurrir. El lanzamiento estaba programado para las 6:24 de la tarde del miércoles 1 de abril de 2026.  

A esa hora exacta el equipo de control dio el visto bueno, disparando el cohete SLS en el primer intento, casi al inicio de la ventana de dos horas. Quienes cubren lanzamientos con frecuencia, lo saben: fue una jornada sorprendentemente fluida.

Antes de eso hubo tensión. Un problema con la temperatura de una batería del sistema de aborto de lanzamiento se reportó apareció en los últimos minutos de la cuenta regresiva, lo que requirió diagnóstico mientras el mundo observaba. Se resolvió. Y el reloj siguió.

A las 6:35 de la tarde, el cohete SLS se elevó desde el mítico complejo de lanzamiento 39B del Centro Espacial Kennedy. Los cuatro astronautas, —los primeros humanos que la NASA enviaba hacia la Luna desde el Apollo 17 en 1972, hace más de 54 años—, comenzaban su viaje. 

Los dos cohetes de combustible sólido se separaron dos minutos después del despegue, cuando el cohete estaba a 47 kilómetros de altura. Los cuatro motores principales del núcleo central llevaron al SLS durante seis minutos más hasta separarse también. Menos de diez minutos después del encendido de los primeros motores, Artemis II estaba en órbita.

Leer: Artemis. La misión que llevará a la primera mujer a la Luna está por despegar

Aantes de escuchar el sonido, vimos el fuego. Ese desfase de varios segundos entre la luz y el estruendo es una de las cosas más extrañas y hermosas de estar presente en un lanzamiento: algo ocurre en silencio, como si el universo ante una hazaña tan grande, casi imposible, se tomara un momento para registrarlo antes de dejarte oírlo.

De camino a la Luna

Al día siguiente del lanzamiento, me encontraba aún en el sitio de prensa, cuando la NASA anunció que la tripulación había completado con éxito el quemado de inyección translunar: cuatro astronautas acababan de superar la órbita terrestre. 

“Damas y caballeros, me siento tan, tan emocionada de poder decirles que por primera vez desde 1972 durante el Apollo 17, los seres humanos han abandonado la órbita de la Tierra”, anunció Lori Glaze, otra mujer en un puesto de liderazgo de esta histórica misión de la NASA.

El comandante Reid Wiseman describió desde el espacio, el momento en que la nave fue reorientada y el Sol se ponía detrás de la Tierra. “No sé qué esperábamos ver en ese momento, pero se podía ver el globo entero, de polo a polo. Se podía ver África, Europa, y si mirabas muy de cerca, podías ver las auroras boreales. Fue el momento más espectacular y nos detuvo a los cuatro en seco”, dijo.

Victor Glover, el primer afroamericano en viajar hacia la Luna, lo sintetizó así desde la cápsula: “Créannos, se ven increíbles, se ven hermosos. Y desde aquí también se ven como una sola cosa: homo sapiens somos todos nosotros, sin importar de dónde vengas o cómo te veas. Somos una sola persona”.

Y Koch, la primera mujer en una misión a la Luna, —quien encontró tiempo para reparar el sistema de tratamiento de residuos de la nave, o  el baño lunar, dijo algo que —en la línea de su propia presencia en esta misión— sigue rompiendo estereotipos: “me enorgullece llamarme la plomera del espacio”. Lo mencionó con el humor de quien sabe que ningún hito es glamuroso en todos sus detalles. 

La astronauta, que desde niña soñó con este momento, resumió con claridad lo que significa salir de la atmósfera, con la experiencia previa de haber pasado 328 días en la Estación Espacial y ante la oportunidad ahora de ir más lejos.

“No hay nada que te prepare para el aspecto sobrecogededor de ver tu planeta natal iluminado como un día brillante y también con el resplandor de la Luna en la noche, con el hermoso haz del atardecer. Y saber que vamos a tener vistas similares de la Luna, simplemente estoy muy emocionada”, dijo.

Artemis II. Entre la cooperación global y el temor por la privatización espacial
(Foto: Ana Cristina Olvera).

Trump, recursos  y la paradoja de la conquista espacial

Aalgo más ocurrió esta semana y no se debe de pasar por alto, porque la Luna no existe en el vacío y Artemis tampoco.

El mismo día en que el mundo miraba hacia el cielo de Florida, la administración de Doland Trump presentaba en Washington su propuesta de presupuesto para el siguiente ciclo fiscal. La iniciativa contempla recortes de cerca del 50 % al presupuesto de ciencia de la NASA y una reducción de 23 % al presupuesto total de la agencia, equivalente a 5 mil 600 millones de dólares.

“Es un evento de extinción para la ciencia”, advirtió Casey Dreier, director de política espacial de la Planetary Society. “Socavaría y evitaría que la NASA sea el líder mundial en exploración espacial.”

No es la primera vez. El año pasado el gobierno de Estados Unidos propuso recortes casi idénticos y el Congreso los rechazó de forma contundente, aprobando un presupuesto de 24 mil 400 millones de dólares para la NASA que protegió docenas de misiones que estaban destinadas a ser canceladas. 

Esta vez podría ocurrir lo mismo, pero la sola propuesta es una señal de tensión entre dos visiones del espacio: la del conocimiento como bien público y la del espacio como negocio.

En paralelo, el mismo día del lanzamiento, SpaceX anunció que saldrá a bolsa. Artemis II es probablemente la última misión completamente organizada con el modelo tradicional de la NASA. A partir de Artemis III, los módulos de aterrizaje lunar serán de SpaceX o Blue Origin, propiedad de los multimillonarios Elon Musk y Jeff Bezos, respectivamente.  

SpaceX tiene un contrato por 2 mil 900 millones de dólares para el vehículo que llevará a los astronautas a la superficie lunar y Blue Origin, uno de 3 mil 400 para un aterrizador competidor.

Para entender: La histórica misión a la Luna Artemis II, lista para su lanzamiento 

Hay quienes ven esto como una amenaza: el espacio privatizado, los sueños lunares cotizados en bolsa, el futuro de la humanidad con valor de mercado y fecha de vencimiento según la agenda de dos billonarios. La preocupación no es frívola.

Pero hay también otra manera de leerlo: pensar cómo llegar a la Luna y a Marte nos ha obligado como humanidad a inventar cosas que mejoran la vida aquí abajo: materiales, sistemas de comunicación, medicina espacial, mejores tratamientos para enfermedades. El impulso de hacer lo imposible siempre expande lo posible en la Tierra también. La pregunta es quién tiene acceso a esos frutos y si la ciencia que los produce sigue siendo libre.

Hay un detalle del día del lanzamiento que no olvidaré. Cuando el cohete ya era solo un punto de luz y humo en el cielo de Florida, el empleado de la NASA con el que estuve conversando, se quedó mirando ese punto sin decir nada. Luego se giró y siguió caminando, con una sonrisa que parecía pertenecer a un sueño al que por fin le había llegado su hora.

Yo entendí exactamente eso. Llevaba años cubriendo la promesa. Ahora el cohete ya no está en la plataforma.

Hoy la nave Integrity llega al entorno de la Luna. Christina Koch verá la Luna desde una distancia que ninguna mujer había alcanzado. Y en algún lugar de ese silencio de cuarenta minutos, cuando la señal se pierda y sólo queden cuatro personas y la cara oculta de nuestro satélite, ocurrirá algo que no tiene nombre todavía.

La Tierra, vista desde allá, somos todas y todos nosotros.