Ángeles Cataño · 27 de marzo de 2026
Cuando pensamos en “La última Cena”, solemos enfocarnos en los gestos y la traición. Pero si nos acercamos a la mesa, descubrimos que Leonardo Da Vinci no solo pintó una escena bíblica, sino que montó un servicio de banquete digno de la nobleza del siglo XV.
Como buen apasionado de la cocina (se dice que incluso fue jefe de cocina y maestro de festejos), Leonardo dejó pistas culinarias que rompen con lo que nos cuenta la historia tradicional.
Durante años ha estado en constante debate sobre lo que pinto Da Vinci en su cuadro de la última cena expertos en el arte señalan que lo que se aprecia es anguila asada acompañada de rodajas de naranja.
En la época de Leonardo, la anguila era un ingrediente de alta cocina, muy apreciado en los banquetes italianos. El toque de la naranja no era solo decorativo; era el maridaje perfecto de la época para equilibrar la grasa del pescado. Es, literalmente, una receta del renacimiento servida en una mesa sagrada.

En toda gran cena ocurre algún imprevisto. Si observas cerca del brazo de Judas, notarás un pequeño caos: un salero volcado. En la cultura gastronómica de aquel entonces, derramar la sal era considerado un descuido fatal y un mal presagio. Es el detalle que rompe la armonía del servicio y nos anticipa que algo está por salir mal en esta reunión.

La puesta en escena es impecable. El pan, distribuido con una simetría casi obsesiva, parece recién salido de un horno de leña, con esa textura rústica que invita a compartirlo.
A su lado, el vino no se sirve en toscas copas de barro, sino en vasos de cristal fino y transparente, un detalle que nos habla de la sofisticación de la mesa. Leonardo quería que el espectador sintiera que estaba ante un evento de gala, donde cada elemento, desde el mantel de lino hasta la forma de la cristalería, reflejaba el mejor gusto de su tiempo.