Francisco Rangel · 17 de julio de 2026
Hablar de Juan Mari Arzak, casi siempre te lleva a pensar en la Nueva Cocina Vasca, las tres estrellas Michelin y el inicio de la gastronomía moderna.
Pero hay un aspecto fundamental de su trayectoria que suele quedar olvidado. Antes de que el turismo gastronómico fuera una tendencia de viajes global, Arzak ya había conseguido que miles de viajeros cruzaran el mundo entero solo con un objetivo: comer en San Sebastián.

Antes de las redes sociales y las guías gastronómicas, el restaurante Arzak cautivó a cientos de espectadores, pero no como un templo de la alta cocina de lujo, todo lo contrario, sino como una humilde taberna y bodega familiar.
La vanguardia culinaria inició en la calle Alcalde Elosegui Hiribidea 273 de Donostia, pero no como todos creen. Hace algunos años tuve la oportunidad de estar frente al “templo” de la gastronomía moderna y tengo que aceptar, que su esencia es impactante.
Pero la magia está en su autor, considerado en el inconsciente colectivo como uno de los mejores cocineros de la historia. Para la gran mayoría de habitantes de San Sebastián, Juan Mari Arzak no es un cocinero más, es uno de los suyos.

Encontrártelo por la calle caminando o comiendo pintxos en algún bodegón suele ser algo muy casual. Esa imagen, le ha valido que la gente perciba su comida, como si fuera la que le preparaba algún ser querido.
Su trayectoria habla por sí solo, con casi 60 años trabajando, lo posicionan como uno de los grandes referentes. No de los Países Vascos, no de España, sino del mundo.
Pero ¿cómo una humilde bodega de 1897 pasaría a convertirse en uno de los grandes referentes de la cocina moderna?

Décadas después de su fundación en el Alto de Miracruz, los padres de Juan Mari transformaron la bodega original en una casa de comidas tradicional donde el recetario vasco era el absoluto protagonista.
Fue en 1966 cuando Juan Mari Arzak tomó las riendas del negocio junto a su madre, Paquita Arratibel. Fue ella quien le transmitió las bases de una cocina de identidad, fuego y paciencia; un recetario que el joven chef revolucionaría años más tarde sin renunciar jamás a sus raíces.

Uno de los rasgos más singulares de la marca Arzak es su resistencia a la globalización. A diferencia de otros grandes cocineros contemporáneos que expandieron sus imperios, Juan Mari tomó una decisión radical.
El cocinero vasco decidió mantener el corazón y la única sede de su proyecto en el mismo edificio donde nació la historia de su familia.
“La cocina de Arzak no se puede deslocalizar, porque se alimenta del salitre del Cantábrico y del mercado de San Sebastián”.
Esta firme apuesta por el territorio ayudó a consolidar una idea que hoy nos parece de lo más natural: viajar para conocer la cultura de un país a través de la mesa de un único restaurante.
El Alto de Miracruz se convirtió, en una parada obligada para todo amante de la buena comida.

La creatividad en Arzak no depende solo de la inspiración. El restaurante fue pionero al crear su propio laboratorio, algo que cientos de lugares han replicado. Un espacio de investigación gastronómica donde se catalogan y analizan:
El laboratorio Arzak funciona como una biblioteca viva que alimenta el desarrollo de los menús de cada temporada, para asegurarse estar a la vanguardia.

En 1976, Juan Mari Arzak, junto a figuras legendarias como Pedro Subijana y Karlos Arguiñano, lideró el movimiento de la Nueva Cocina Vasca.
Inspirados por la Nouvelle Cuisine francesa de Paul Bocuse, el objetivo no era destruir la herencia culinaria de sus antepasados, sino depurarla.
Así que buscaron apoyarse de la estacionalidad y demostrar que la comida popular vasca podía ser también sofisticada.
Este movimiento no solo cambió el destino del País Vasco, sino que sentó las bases metodológicas y conceptuales que más tarde permitirían la explosión de genios como Ferran Adrià en El Bulli o Andoni Luis Aduriz en Mugaritz.

Hoy, Juan Mari comparte la dirección culinaria con su hija, Elena Arzak, cuarta generación de la familia.
Tras formarse en algunos de los restaurantes más prestigiosos de Europa (El Bulli y Le Gavroche), regresó a San Sebastián para continuar en el proyecto familiar.
Un restaurante que mantiene las tres estrellas Michelin desde 1989, siendo sinónimo de excelencia y uno de los períodos más prolongados de la gastronomía española con este reconocimiento.
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