Ángeles Cataño · 6 de abril de 2026
La leche frita es, sin duda, una joya de la repostería española. Aunque su origen se disputa entre varias regiones del norte, lo cierto es que ha conquistado paladares gracias a su contraste irresistible: un interior suave y fundente con un exterior crujiente de azúcar y canela.
Es un dulce elaborado a base de harina cocida con leche y azúcar hasta que la mezcla espesa. Una vez fría, la masa se corta en porciones, se reboza y se fríe. Su éxito reside en la sencillez de sus ingredientes y en esa textura delicada que recuerda a una crema pastelera sólida.

Reserva un vaso de leche fría y calienta el resto con el azúcar, la canela y la piel de limón. Deja que repose tapada unos minutos para que absorba los aromas.
Disuelve el almidón en el vaso de leche fría reservado e incorpóralo a la olla. Remueve constantemente a fuego lento hasta que la masa espese y comience a despegarse de las paredes.
Vierte la masa en una fuente engrasada. Cúbrela con papel film y déjala enfriar al menos 4 horas en la nevera; lo ideal es que repose de un día para otro.
Corta la masa en cuadrados, pásalos por harina , luego al huevo batido, y fríelos en aceite caliente. Al retirarlos, rebózalos inmediatamente en la mezcla de azúcar y canela.

El error más común es intentar freír la masa cuando aún está tibia. La paciencia es el ingrediente principal de este postre.
En caso de que la masa quede muy líquida, cocina el almidón el tiempo suficiente hasta que la mezcla sea densa y pesada.
Debe estar muy fría haciendo que el choque térmico ayude a sellar el rebozado rápidamente.
Sabor a harina cruda cocina la mezcla a fuego lento un par de minutos extra tras espesar a cocer bien la harina.