Erika Rivera · 17 de mayo de 2026
“Quien abre una boca abre un mundo”, dice la frase. Abrirme a nuevas formas de entender la mesa y los ingredientes ha sido una filosofía de vida que me ha llevado a puestitos callejeros y a restaurantes con estrellas Michelin en varias partes del mundo.
Supe que tenía que conocer Corea del Sur hace años. Un viaje de trabajo llevó a mi padre a esas tierras y regresó oliendo a tanto ajo, que tuvimos que dejar abiertas las ventanas del auto casi tres días. Llegó con algo más que souvenirs; nos regaló pequeños bocados de la gastronomía que había experimentado. Apenas una “probadita”. Entonces… tuve hambre de Corea.
Doce mil kilómetros separan la Ciudad de México de Seúl. Quince horas de vuelo y un buen ahorro… o al revés. Al primer bocado, al primer vistazo, sabes que todo valdrá la pena. Aunque se vayan las lumbares y las tarjetas de crédito en ello.
La Guía Michelin aterrizó en Corea del Sur hace 10 años, lejos de los casi tres que lleva en México. Aunque nuestro país incluyó seis estados en 2025 (Ciudad de México, Oaxaca, Baja California, Baja California Sur, Quintana Roo y Nuevo León) y este año otros tres (Jalisco, Puebla y Yucatán), los coreanos —con apenas dos ciudades en la lista: Seúl y Busan— nos llevan la delantera en número de premiaciones y galardones. En 2026, 46 establecimientos recibieron estrellas (1 con 3 —algo que México no consigue aún—, 10 con 2 —acá solo Pujol y Quintonil lo han logrado— y 35 con una —contra los 21 que hay en México—).
Es tal el boom de la guía francesa, que reservar en el único restaurante con tres estrellas Michelin de Seúl —Mingles— es labor titánica. Abren agenda los primeros días de cada mes para conseguir una mesa 16 semanas más tarde. No hubo suerte. Tampoco hubo espacio para el proyecto del chef Mingoo Kang, pero sí para el Restaurant Allen.

El chef Allen Suh dirige un equipo de 9 chefs… Karina, Tran Thi, Vik, Gwladys, Mardonov, Sahara, Tajweed, Pial y Cassandra. Más que una experiencia, ofrecen un viaje culinario y cultural por los ingredientes locales de primavera del país, espolvoreados con el polen de los cerezos en flor. Es temporada.
El viaje se firma ‘Le goût du terroir’. Nombre con todo el sentido. Antes de servir, acercan a la mesa una charola llena de ingredientes crudos y frescos con los que preparan los platos a presentar en cada tiempo. Paso que parece simple, pero se agradece. Más, quienes tenemos enfrente algas, frutas, verduras y proteínas nunca antes vistas.
En Allen, cada paso es un ritual. Junhyeok Park —capitán del servicio— se acerca para mostrar cada ingrediente y un mapa con las 30 regiones de Corea de donde los traen. Jugosos y gigantes abulones de la isla de Jeju, fresas pulposas de Sacheon, el caviar lujoso de esturión de Hamyang o brotes de fatsia de Chuncheon.

Con sonrisa tímida y tono calmado —porque si algo respetan en este país es el derecho a no ser interrumpido por un desconocido—, el sommelier Soohyeon Heo pasea por las mesas para dar a conocer esas propuestas de vino con las que se puede maridar.
De saque, un sake. En Japón apostar por uno nunca es ni será mala decisión. Eso se aprende rápido. Soohyeon trae a la mesa una edición de temporada de un junmai ginjo nama sin filtrar ni pasteurizar (esto no le gusta a Marie ni a Louis), de la prefectura japonesa de Iwate. Se llama “Innocent”… es todo lo contrario. Entre “kampais” y notas a flores y lichis que recorren la garganta, se da por inaugurada la travesía.
El recorrido de ocho estaciones comienza con una bebida de toronja, té negro y yuzu —en Corea y Japón casi siempre sirven té o una sopa reconfortante para comenzar. Un apapacho previo para el estómago cargado de ese sentido filosófico de hospitalidad que te hace sentir bienvenido desde el primer momento—; aunque es una combinación de cítricos, no hacen fruncir el entrecejo. Le siguen seis amuse bouches, como hermosos broches de ingredientes coreanos puestos en un alhajero: una suave terrina de hojas de temporada que bailotea en la lengua; tartaletas de brotes de fatsia, almeja japonesa, mousse de trufa con su sabor a petricor y sotobosque, almeja generosa, foie gras con kumquat y un choux de parmesano con gruyère. El arranque es fuerte, con clara influencia de las técnicas francesas. Allen no las esconde. Las palpita en cada plato.
Prometido desde el principio, lo que sigue es un festín de elementos de mar y tierra que dejan ver la abundancia de la región: mariscos de temporada infusionados con alguna flor o brote, como la manzanilla; un quenelle de pescado, canola y beurre blanc… que se deshace en boca; un sorbo de mar escondido en un abulón fresco… y carne Hanwoo —porque, al igual que los japoneses con su Wagyu, los coreanos presumen de la calidad excepcional de su ganado nativo.
El cierre de los sabores salados se corona con una espuma de queso y pastel de arroz con artemisa… una combinación de sabores no tan explorados en México, pero cumple con el deber de una clausura abrazadora… suave… cremosa. Puente para el dulce final.
Los coreanos tienen obsesión con las fresas. Están en todo tipo de bebidas; hay puestos exclusivamente con ellas. Su variedad local, extremadamente dulce, supera los 12-14 grados Brix, y para el acto corolario, no sorprende. Es la protagonista del postre en forma de un fresco sorbete aliñado con bergamota y mousse de semilla de hinojo que dan la estocada final.
Este país no solo destaca en la música, la literatura o el skincare, —entre muchas otras cosas más—. Allen lo confirma: también, en la mesa. Donde, si tienes suerte… te sirven estrellas a cucharadas.
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