Paulina Figueroa · 26 de enero de 2026
Cuando hablamos de tamales gigantes en automático viene a nuestra mente el zacahuil, uno de los platillos típicos de San Luis Potosí, Querétaro, Veracruz e Hidalgo, sin embargo, existe otro más que puede alimentar a decenas de personas y que se acostumbra en festividades y peticiones matrimoniales, así como en la fiesta del Día de Muertos, que en la huasteca se conoce como chantolo o xantolo, se trata del patlache.
Su nombre es derivado del náhuatl patlachtic, significa “largo” o “grande”, descripción perfecta para este tamal que puede llegar a pesar hasta dos kilos.

En su interior guarda masa de maíz quebrado, mezclada con manteca de cerdo, piezas enteras de pollo, guajolote o cerdo, bañadas en una espesa salsa de chile ancho con especias que se envuelve cuidadosamente en hojas de plátano o papatla y se cuece lentamente a la leña, lo que le da un sabor ahumado y único que evoca la tradición y el calor del hogar.
Durante el Xantolo, las familias lo preparan desde temprano para llevarlo al panteón, donde comparten con sus seres queridos que ya partieron. Es costumbre ofrecerlo a quienes llegan al lugar, acompañado de una taza de café o atole de maíz de teja.
También conocido como bolín o bolim en comunidades Tenek, y tapatlaxtle en la Huasteca Hidalguense, este tamal de grandes dimensiones, elaborado con masa de maíz quebrado, es una joya culinaria que se cocina con paciencia y devoción, especialmente en municipios como Tampacán y Tamazunchale, donde forma parte esencial de las festividades del Día de Muertos.

Aunque la receta básica del patlache se mantiene existen variantes regionales que pueden incluir diferentes tipos de carne o ingredientes adicionales como frijoles o hierbas.
Su preparación y consumo están íntimamente relacionados con la cosmovisión de los pueblos indígenas, que consideran al maíz como un alimento sagrado, capaz de conectar el mundo humano con lo divino.