Jennifer Flores · 17 de noviembre de 2025
El movimiento antiespecista cuestiona la jerarquía que coloca a los seres humanos por encima del resto de las especies y expone que este sesgo permite justificar industrias y prácticas que provocan el dolor, la explotación o incluso la muerte de los animales. Para el movimiento, reconocer los derechos de estos —como vivir y desarrollarse en libertad— es un paso necesario hacia una sociedad más justa.
En México, el tema ha cobrado fuerza durante la última década. Organizaciones, colectivos veganos y activistas han impulsado debates sobre los derechos animales, la crueldad en la industria cárnica, la tauromaquia y el uso de animales en espectáculos.
El 16 de noviembre, distintos colectivos marcharon en la capital mexicana con pancartas, performances y consignas para exigir el reconocimiento de este término como una forma de opresión y promover una sociedad que reconozca el valor intrínseco de todos los seres sintientes. En este texto, te explicamos qué es el especismo y cómo se manifiesta en la vida cotidiana.
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El especismo, según la Real Academia de la Lengua Española (RAE), es una creencia según la cual el ser humano es superior al resto de los animales, y por ello puede utilizarlos en beneficio propio. También es interpretado como la discriminación de los animales por considerarlos especies inferiores.
La definición fue utilizada por primera vez en 1970 por el psicólogo y escritor inglés Richard Ryder para promover los derechos de los animales no humanos. Un año después, el concepto apareció en Animales, hombres y moral: una investigación sobre el maltrato a los no humanos, un libro escrito por Stanley Godlovitch, Roslind Godlovitch y John Harris.
“Vestir su piel, comerlos sin cuestionar cómo llegó ese individuo al plato, someterlos a jornadas excesivas de trabajo para el entretenimiento humano o exhibirlos como mercancía a expensas de su sufrimiento es la manera en la que se presenta el especismo en la cotidianidad”, explica en entrevista Elideth Fernández, directora en México de la Fundación Animal Guardians.
Por el contrario, ser antiespecista significa posicionarse contra el especismo, es decir, adoptar una postura ética que invalida la superioridad humana y aboga por la liberación animal para garantizar que se respete la vida de todos los seres sintientes.
En México, el movimiento antiespecista se manifiesta desde 2017. Susana Cruz-Aguilar, activista y coordinadora de la Marcha contra el Especismo, señala que los tres objetivos de la movilización son: cuestionar el especismo como un sistema opresivo, visibilizar esta misma opresión que viven los animales todos los días y denunciar el pensamiento, prácticas de explotación y violencia que se derivan por ver a esta especie como inferior.
Al ser una creencia arraigada a la protección de los animales, el antiespecismo lucha continuamente por los derechos de estos, pues “si un animal puede sentir dolor, miedo, alegría o apego, su vida y bienestar merecen protección”.
La legislación mexicana, tras la reforma a los artículos 3, 4 y 73 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, defiende la protección animal y establece la prohibición del maltrato animal. Además, obliga al Estado a garantizar el trato adecuado, bienestar y protección de esta especie y fuerza al sistema educativo a incluir contenidos sobre cuidado animal en sus programas.
Esta reforma fue publicada en el Diario Oficial de la Federación (DOF) por el expresidente Andrés Manuel López Obrador el 2 de diciembre de 2024, y también otorgó facultades al Congreso de la Unión para crear la Ley General de Bienestar Animal.
“Proteger a los animales nos compete a todas las personas, ya que la sociedad está inmersa consciente o inconscientemente en un sistema que normaliza la discriminación y la violencia hacia otras especies. Desde que nacemos, nos enseñan que hay vidas que valen menos e incluso que el sufrimiento de otros puede ser aceptable y económicamente rentable”, expone Cruz-Aguilar.
Además, la activista Elideth Fernández considera que los intereses económicos, la priorización del lucro sobre la vida de cualquier ser sintiente y las esferas de poder que oprimen luchas sociales son los principales obstáculos para la protección de la vida animal.
“Comúnmente, se dice que a la sociedad le falta conciencia y educación sobre el tema; a pesar de ello, en el movimiento antiespecista persiste la esperanza de ganar la batalla cultural —considerada la más importante— aunque, a largo plazo, se debe incluir la protección animal en planes y programas de estudio”, complementa la activista.
La discriminación humana se relaciona directamente con el especismo, pues quienes son discriminados también son, generalmente, explotados, asegura Elideth Fernández. “Desde la antigüedad se ha marginado a individuos por motivos como la raza y la orientación sexual. Actualmente, la discriminación de especie tiene efectos profundamente negativos tanto para los animales como para la humanidad”.
Mientras, Susana Cruz-Aguilar explica: “La mentalidad de jerarquía donde unos están arriba y otros abajo, unos son más y otros son menos, también se refleja en cómo tratamos a otros en situación de vulnerabilidad, sean naturaleza, animales o humanos”.
En tanto, el especismo también tiene una dimensión ambiental debido a que la explotación masiva de animales está estrechamente ligada con problemas ecológicos como la deforestación, la contaminación del agua, la destrucción de ecosistemas y la pérdida de la biodiversidad.
Desde la perspectiva antiespecista, la idea de que los animales son recursos ilimitados para consumo humano favorece modelos productivos insostenibles que degradan ecosistemas completos. Por ello, este movimiento subraya que cuestionar el especismo es un acto ético hacia los animales y una necesidad urgente para enfrentar la crisis climática y construir una relación más equilibrada y respetuosa con el medioambiente.
“Si el antiespecismo se extendiera, significaría que la vida de un ser sintiente no dependería de su utilidad y esto podría generar una disminución de violencia en contra de los animales para formar una sociedad más justa, consciente y solidaria”, concluye Susana Cruz-Aguilar.
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