Kenia Hernández Rivera · 21 de abril de 2026
Durante casi una década, un grupo de más de 200 chimpancés protagonizó uno de los episodios más reveladores documentados en el reino animal: una “guerra civil”. No ocurrió entre especies distintas, sino entre individuos que en otro momento compartieron territorio, alimento y lazos sociales. Aunque el conflicto entre animales —desde mangostas hasta monos— es bien conocido, la violencia letal entre grupos que antes mantuvieron vínculos no se había observado fuera de los humanos. De ahí surge la pregunta: ¿la guerra responde a un impulso biológico inevitable?
“Los conflictos territoriales en animales pueden aportar información sobre la guerra humana, pero la guerra civil, con identidades grupales cambiantes, no se había documentado hasta ahora. La guerra y otras formas de violencia colectiva han moldeado a las sociedades humanas durante milenios, pero sus orígenes y mecanismos aún se debaten”, señala el estudio publicado el 9 de abril en la revista científica Science.
El equipo de investigación siguió durante casi 30 años a un grupo de chimpancés Ngogo en el Parque Nacional de Kibale, en Uganda. El proceso derivó en la división de la comunidad en dos bandos. Uno de ellos realizó 24 incursiones letales contra el otro, con un saldo de al menos siete adultos y 17 crías muertos.
Una línea de investigación citada en el artículo plantea que marcadores culturales como la etnicidad, la ideología política, la religión y el idioma refuerzan las identidades grupales y alimentan tanto la cooperación interna como la hostilidad hacia los externos. Sin embargo, el caso plantea otra interrogante: ¿qué ocurre cuando la violencia surge dentro de una comunidad que antes se mantenía cohesionada?
Aunque los animales carecen de esos marcadores culturales, varias especies presentan rasgos comparables con la guerra humana, como conflictos territoriales y agresión letal, entre ellas la mangosta rayada, los leones y los lobos. Hasta ahora, los chimpancés parecían quedar fuera de esta categoría. La evidencia indicaba que los machos permanecen en su grupo natal de por vida, cooperan en la defensa del territorio y, en caso de ataques letales, estos se dirigen contra individuos de otros grupos.
Antes de este hallazgo, en la década de 1970 surgieron sospechas sobre una posible división en una comunidad de chimpancés en Gombe, Tanzania. Pero las observaciones resultaron limitadas y no permitieron confirmar una separación permanente como la registrada en este nuevo caso.
Para sustentar sus conclusiones, el equipo analizó 24 años de redes sociales, 10 años de seguimiento por GPS y tres décadas de datos demográficos de los chimpancés de Kibale. José Domingo Ordóñez Gómez, profesor en el Departamento de Ciencias de la Salud —de la División de Ciencias Biológicas y de la Salud de la Universidad Autónoma Metropolitana Lerma—, maestro en Ciencias Biológicas de la UNAM e investigador de vocalizaciones en primates humanos y no humanos, explica en entrevista con El Sabueso que tres factores ecológicos y sociales confluyeron hasta romper el equilibrio del grupo.
El primero fue el tamaño de la comunidad. Con más de 200 individuos, la competencia por recursos —en especial la fruta, un alimento escaso y de alta demanda energética— alcanzó un punto insostenible.
El segundo factor fue la muerte de individuos clave. Algunos chimpancés actuaban como nodos de cohesión social, al conectar a miembros que de otro modo no habrían establecido vínculos. Su ausencia fragmentó la red social de forma silenciosa, pero irreversible.
El tercero fue la competencia reproductiva, que añadió tensión a una comunidad ya debilitada. Ordóñez Gómez advierte que procesos similares podrían presentarse en otras especies, aunque rara vez se documentan con este nivel de detalle.
“Existen pocos estudios de larga duración que permitan observar cómo evoluciona un grupo a lo largo del tiempo. Estos fenómenos pueden ser más comunes de lo que pensamos, pero no siempre se cuenta con los recursos para registrarlos. En comunidades tan grandes, la cohesión depende menos del contacto directo —imposible entre todos— y más de ciertos individuos que funcionan como puentes. Cuando esos enlaces desaparecen, el equilibrio se rompe”, indica el especialista.
“A esto se suma la presión ecológica: los chimpancés tienen altos requerimientos energéticos y dependen de recursos variables y escasos como la fruta —añade Ordóñez Gómez—. En ese contexto, la convivencia deja de ser solo una cuestión social y se convierte en una competencia directa por la supervivencia”.
De acuerdo con el artículo científico, los chimpancés de Ngogo integraron un solo grupo grande durante las dos primeras décadas del seguimiento continuo iniciado en 1995. Al igual que otros primates, presentaron una dinámica de fisión-fusión: formaban asociaciones temporales que cambiaban a lo largo del día. Los machos establecieron una jerarquía de dominancia lineal, se agruparon para cazar y cooperaron en patrullas territoriales. El primer análisis abarcó de 1998 a 2024 y se centró en los machos, con periodos de observación de dos a tres meses por año.
Las primeras señales de división aparecieron en junio de 2015. En lugar de reunirse, el grupo occidental se retiró y el central lo persiguió. Siguió un periodo de evitación de seis semanas, el más prolongado registrado hasta entonces. Para 2018, los datos sociales, espaciales y reproductivos confirmaron una separación permanente. El grupo occidental quedó conformado por 10 machos y 22 hembras de 12 años o más; el central, por 30 machos y 39 hembras en el mismo rango de edad.
Tras la escisión definitiva en 2018, los chimpancés occidentales atacaron de forma colectiva a integrantes del grupo central después de patrullas territoriales. Estas incursiones dejaron múltiples muertes. Tres años después, la agresión alcanzó a las crías: primero se documentaron infanticidios —seis hembras, seis machos y dos de sexo no determinado— y luego tres casos adicionales perpetrados por machos occidentales contra crías del grupo central.
Según los investigadores, desde hace tiempo se sabe que los chimpancés distinguen entre miembros de su grupo y extraños. Las hembras suelen abandonar su comunidad en la adolescencia para integrarse a otras, mientras que los machos permanecen en su grupo natal toda la vida. En consecuencia, cualquier macho desconocido se percibe como ajeno, sin antecedentes de afiliación o cooperación. Aun así, los autores sostienen que el temor a los extraños no basta para explicar la agresión letal contra miembros actuales o antiguos del mismo grupo.
La pregunta incomoda, pero el especialista responde con cautela: “Sí, si se consideran los mismos factores demográficos que han detonado conflictos humanos —crecimiento poblacional y escasez de recursos—, el término resulta aplicable”. La noción de “guerra civil” alude, en particular, al carácter interno del conflicto: no enfrentó a comunidades distintas, sino que fracturó de forma violenta a una que antes era una sola.
El estudio no logra responder —y ahí reside uno de sus principales límites— si entre los subgrupos existían también diferencias culturales. Los chimpancés han mostrado lo que los científicos denominan “protocultura”: transmisión de comportamientos aprendidos y uso de herramientas entre generaciones, rasgos que configuran una vida social compleja previa a la cultura humana. Sin acceso a su comunicación interna, no es posible determinar si las afinidades entre individuos tenían también un componente cultural.
El hallazgo obliga además a precisar una distinción clave: no toda agresión equivale a violencia. En términos biológicos, la agresión puede cumplir una función adaptativa, como asegurar recursos vitales. La violencia, en cambio, implicaría daño sin un beneficio claro para la supervivencia o la reproducción. Definir en qué punto se sitúa este caso permanece abierto al debate.
Ordoñez Gómez plantea un paralelismo inquietante con las sociedades humanas. A medida que un grupo crece, las relaciones directas entre sus miembros se vuelven inviables. La desconfianza aumenta, el acceso a los recursos se complica y la cohesión deja de depender de vínculos personales para apoyarse en estructuras compartidas, como normas, instituciones e identidades colectivas.
“Cuando un grupo crece, necesita otros mecanismos de cohesión, porque las relaciones sociales por sí solas no bastan”, concluye el especialista. El caso de los chimpancés, en ese sentido, no constituye una rareza zoológica; funciona como un espejo.