Café Sabueso: mitos y realidades sobre el reciclaje en México

Kenia Hernández Rivera · 1 de octubre de 2026

Café Sabueso: mitos y realidades sobre el reciclaje en México

Una botella vacía cae en un cesto. Después vendrán una servilleta, restos de comida, algún empaque y quizá una lata. Cerramos la bolsa, la entregamos al camión recolector y, para nosotros, el problema terminó. Pero la basura no desaparece.

“Debemos pensar que la bolsa y el contenedor no es un hoyo negro”, dice Daniela Hernández, creadora de contenido ambiental en su canal Eco del cambio y mejor conocida en redes sociales como Dani. Una vez fuera de casa, esos residuos pasan por otras manos y otros procesos que determinarán si pueden aprovecharse nuevamente o terminarán en un sitio de disposición final.

La dimensión del problema se entiende mejor con una cifra: México genera más de 139 mil toneladas de residuos sólidos urbanos todos los días, de acuerdo con el Diagnóstico Básico para la Gestión Integral de los Residuos (DBGIR) 2026 de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat). Es decir, cerca de 140 mil toneladas que diariamente deben ser recolectadas, separadas, tratadas, recicladas o desechadas; equivalente a llenar 10 veces el Estadio Azteca cada día. Sin embargo, solo 5% recibe tratamiento.

Pero hablar de residuos no significa enfocarse únicamente en reciclaje, también implica preguntarnos cuánto consumimos, qué desechamos y quién debe hacerse responsable de los productos una vez que dejan de ser útiles.

Sobre ello conversaron Daniela Hernández y Montserrat Ramírez, directora de operaciones de Ecoce —una asociación civil que impulsa el reciclaje y la economía circular mediante educación ambiental, centros de acopio y gestión de residuos —, durante el Café Sabueso número 10, dedicado al “Reciclaje, la economía circular y la desinformación que existe alrededor de estos temas”.

Reciclar no es el primer paso

Aunque los conceptos de economía circular (EC) y reciclaje suelen utilizarse como sinónimos, el primero abarca más que depositar un envase, una lata o un cartón en el contenedor adecuado.

En palabras de la especialista de Ecoce, la EC exige contemplar desde un inicio todo el circuito de la cadena de valor: uso de los materiales, diseño del producto, forma y modelo de producción, consumo energético, modelo de consumo y distribución, reparación y reutilización, volver de nuevo al circuito del proceso productivo y cerrar el círculo.

“Se piensa que el reciclaje y la economía circular cubren exactamente lo mismo y la realidad es que no. El reciclaje es una alternativa de cómo gestionar correctamente nuestros residuos, pero no es la única. Existe también la reutilización, la revalorización; todas las ‘R’ que nos han enseñado desde la escuela entran en la economía circular. También algo importante es el consumo responsable, pensar si vamos a necesitar lo que estamos comprando”, comenta.

De acuerdo con un artículo de la Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco), usar materiales biodegradables en la fabricación de bienes de consumo, como algodón y madera, permite que regresen al sistema mediante procesos de compostaje y digestión anaerobia, en la que microorganismos descomponen residuos orgánicos sin oxígeno para producir biogás —que puede aprovecharse como fuente de energía— y materiales ricos en nutrientes.

Para Dani, durante años aprendimos las famosas “tres R”: reducir, reutilizar y reciclar. Pero depositar un envase es apenas una parte de un sistema mucho más amplio, porque incluso un material reciclable puede terminar convertido en basura. Una botella de plástico puede recuperarse, por ejemplo, pero cuando termina mezclada con restos de comida, líquidos y otros desechos, su aprovechamiento puede complicarse. De ahí que una de las primeras decisiones importantes ocurra en nuestras propias casas: cómo separamos aquello que tiramos.

Respecto a estos dos términos, igual la creadora de contenido ambiental hace hincapié en que no es lo mismo basura y residuos. La primera se refiere a los restos de origen natural o industrializado que, al juntarse, producen mal olor y pierden posibilidades de ser reutilizados o reciclados. En otras palabras, la basura carece de valor alguno. Pero cuando se separa deja de ser basura para convertirse en residuos, algunos de los cuales pueden ser reciclados y aprovechados para evitar que lleguen a un relleno sanitario o sitio de disposición final.

El 1 de enero de 2026 entró en operación el nuevo esquema de separación de residuos, como parte de la campaña “Transforma tu ciudad, cada residuo en su lugar” del gobierno de la Ciudad de México, a través de la Agencia de Gestión Integral de Residuos (AGIR). Fuente: Sedema.

Ni todo se revuelve ni todo lo “eco” es sustentable: las narrativas desinformantes

Entre las narrativas que circulan en plataformas digitales sobre el manejo de residuos se encuentra una idea recurrente: que separar la basura en el hogar o en oficinas no sirve porque los camiones recolectores terminan revolviendo nuevamente.

Hernández explica que esta afirmación ignora parte del trabajo realizado por las personas recolectoras, quienes separan materiales que conservan algún valor, aunque su capacidad para hacerlo es limitada frente a la diversidad y cantidad de residuos que reciben.

“Imagínate separar 17 tipos de residuos diferentes y disponer correctamente de cada uno; es muy complicado. Creo que primero debemos darnos el tiempo de ver la labor que están haciendo [los recolectores], porque sí separan, sí tratan de aprovechar los residuos. Sin embargo, todavía falta mucho por hacer en otros estados [fuera de la Ciudad de México]”, apunta.

En un comunicado de 2025, a propósito del Día Mundial del Medio Ambiente —celebrado cada 5 de junio —, el Inegi informó que la cantidad promedio diaria, a nivel nacional, de residuos sólidos urbanos que ingresó a plantas de tratamiento fue de 5 mil 661 toneladas, de las cuales se recuperó 42.3 por ciento.

Además, en ese entonces se identificaron 874 centros de acopio. Las entidades con más instalaciones de este tipo fueron Ciudad de México, Querétaro, Jalisco y Aguascalientes, que sumaron 92.1 % del total.

 Por su parte, Ramírez señala que es común observar en los vehículos de recolección costales con botellas de plástico o cartón que fueron recuperados durante la jornada y que la desinformación puede afectar los hábitos de consumo. Si una persona cree que separar los residuos no sirve, puede abandonar una práctica que facilita su aprovechamiento.

“En México es importante mencionar que somos líderes, por ejemplo, en el reciclaje de botellas de refresco, agua y jugo. Tenemos tasas de reciclaje de más de la mitad de estas botellas, algo que no ocurre en Estados Unidos o Brasil. Esto es resultado de más de 20 años de instalación de infraestructura y de la generación de un mercado. Ahora sabemos que estos materiales tienen un valor, por lo que se separan y se reciclan”, menciona.

En relación con su mensaje, datos de Ecoce correspondientes a 2024 refieren que en México se recuperó 64% de los envases de PET enviados al mercado, alrededor de 572 mil toneladas. La organización ubica esta tasa por encima de la reportada para Brasil (56%) y Estados Unidos (28%). Por separado, la Asociación Nacional de Recursos para Envases de PET (NAPCOR, por sus siglas en inglés) calculó para Estados Unidos una tasa de recolección de botellas de PET de 30.2% durante ese mismo año. Aunque las cifras internacionales pueden presentar diferencias metodológicas, los datos disponibles respaldan que la tasa de recuperación mexicana supera a las reportadas para esos dos países.

Otros de los mitos que se ven en redes sociales gira en torno a que, si algo es biodegradable o compostable, puede tirarse y desaparecerá “naturalmente”. Pero esta afirmación es engañosa.

La degradación depende de condiciones específicas de temperatura, humedad, microorganismos y tiempo. Además, muchos plásticos compostables están diseñados para procesarse en instalaciones industriales y no necesariamente se degradarán adecuadamente en una composta casera, un relleno sanitario o al quedar expuestos en la naturaleza.

Según la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA en inglés), un plástico etiquetado como “compostable” no necesariamente se desintegra si se abandona en el ambiente. Los plásticos compostables comerciales están diseñados para descomponerse mediante tratamiento biológico en plantas especializadas, bajo condiciones controladas de temperatura, humedad y microorganismos. Para considerarse compostables, deben degradarse a un ritmo similar al resto de los residuos orgánicos —en un plazo de seis meses— y no dejar residuos tóxicos que afecten la calidad de la composta.

De igual manera, “100% reciclable”, “eco”, “sustentable” y “amigable con el medio ambiente” son expresiones cada vez más comunes en productos y empaques. No obstante, que una etiqueta incluya alguno de estos términos no significa automáticamente que el producto tenga un menor impacto ambiental.

Ramírez señala que este tipo de afirmaciones deberían estar sustentadas en evidencia técnica y científica. De lo contrario, existe el riesgo de que se conviertan únicamente en una estrategia de greenwashing, presentar un producto o una empresa como ambientalmente responsable sin contar con elementos suficientes para respaldarlo.

En un estudio sobre percepción de consumidores citado por la Comisión Federal de Comercio (FTC en inglés), 27% de los participantes interpretó expresiones generales como “green” y “eco-friendly” como si significaran que el producto no tenía ningún impacto ambiental negativo. Además, muchos asociaban esas palabras con características concretas como ser reciclable, biodegradable, compostable y fabricado con materiales reciclados, aunque la expresión por sí misma no necesariamente garantizara ninguna de ellas.

La información que aparece en los empaques también puede ayudar a los consumidores a tomar mejores decisiones. Por ello, Hernández considera importante que los productos indiquen de manera clara de qué material están hechos y cómo deben disponerse una vez terminada su vida útil.

Una nueva responsabilidad para las empresas

Aunado a lo anterior, el 19 de enero de 2026 se publicó en el Diario Oficial de la Federación la Ley General de Economía Circular, que entró en vigor al día siguiente. La legislación busca prolongar la vida útil de los productos, disminuir la generación de residuos, recuperar materiales y reincorporarlos a las cadenas productivas.

Uno de los cambios destacados por Ramírez es la responsabilidad extendida de las empresas sobre sus productos. Bajo este principio, su participación no concluye simplemente cuando colocan un producto en el mercado, sino que también deben involucrarse en lo que sucede con los materiales después de su consumo.

Sin embargo, parte de la aplicación concreta dependerá de la regulación secundaria. La directora de operaciones de Ecoce explica que los reglamentos deberán establecer metas y compromisos específicos para las empresas, incluyendo aspectos relacionados con tasas de acopio, incorporación de materiales reciclados y características de los envases que faciliten su aprovechamiento.

Esto también podría modificar el diseño de los productos. Por ejemplo, las botellas de plástico con colores intensos pueden complicar algunos procesos de reciclaje porque la resina resultante conserva tonalidades que limitan sus posteriores usos. De ahí que algunas marcas hayan transitado hacia envases transparentes.

“Todo lo que se había trabajado hasta ahorita era de manera voluntaria, pero este instrumento ya nos va a decir ‘para el 2030 necesitas contar con una tasa de acopio, con un contenido de material reciclado, que tus envases siempre sean 100% reciclables’, etcétera”, indica.

En ese sentido, la transición hacia una economía circular requiere acciones de distintos actores. Para Ramírez, desde los hogares no es necesario realizar una clasificación excesivamente compleja: una separación básica entre residuos orgánicos, inorgánicos y reciclables puede facilitar su aprovechamiento. Después entran en juego las responsabilidades de la industria y las autoridades para conseguir que esos materiales efectivamente se reincorporen a las cadenas productivas.

Hernández añade otro elemento: hacer accesible la información. Muchas personas desconocen la existencia de centros de acopio, programas de intercambio de ropa o iniciativas para recuperar aparatos electrónicos y darles una segunda vida. Mostrar esas alternativas puede facilitar que los consumidores participen.

Por mencionar un caso, Reciclatrón de Ciencias, una iniciativa de la Facultad de Ciencias de la UNAM, recibe computadoras usadas, principalmente laptops, para reacondicionarlas y darles una segunda vida. El proyecto surgió durante la pandemia para apoyar a estudiantes que no tenían equipo para tomar clases en línea y posteriormente se convirtió en un programa permanente.

Otra alternativa para alargar la vida útil de los productos antes de convertirlos en residuos es “Clóset del Cambio”, que promueve el trueque, la donación y la reparación de prendas.

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