Luis Baylón · 28 de octubre de 2025
El primer corte de ‘Lux’, el nuevo álbum de estudio de Rosalía lleva el nombre del icónico club berlinés, pero ¿Qué pasa en esta antigua instalación industrial al este del muro que dividió Alemania?
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Si te gusta la música electrónica, el nombre Berghain te da escalofríos y deseo a partes iguales. Este club de Berlín no es solo una discoteca; es un símbolo cultural, un templo del techno mundialmente famoso… y, probablemente, el lugar con la política de entrada más estricta, inverosímil y polémica del planeta.
Ubicado en una antigua central eléctrica de la era comunista (entre los barrios de Kreuzberg y Friedrichshain, de ahí su nombre), Berghain es famoso por tres cosas: su música, su libertad sin límites y su portero, el legendario Sven Marquardt.
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Berghain, fundado en 2004, es la cuna del sonido techno crudo y potente, con uno de los mejores sistemas de sonido del mundo. Pero lo que lo hace una leyenda es su ambiente de libertad absoluta y su esencia queer y contracultural.
Fue en el mes de mayo de 2021, el Parlamento alemán votó a favor de reorientar las leyes de urbanismo para que los clubes de música en vivo y las discotecas fuesen considerados legalmente instituciones culturales aspecto del que se benefició Berghain. Lo que le dio una excepción fiscal en el que su IVA pasó del 19% a solamente el 7%. Anteriormente, se les clasificaba como “lugares de entretenimiento”, junto a casinos y burdeles.
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En noviembre de 2023, la capital alemana tenía una misión clara en mi lista: entrar a Berghain. El mítico templo del techno de Berlín viene con más mitos que reglas oficiales, y las recomendaciones que recibí eran tan variadas como estrictas: “No uses mezclilla”, “No vistas colores vistosos”, “No hables con nadie en la fila”.
El sitio se levanta imponente, un bastión de concreto, muy cerca de la Galería del Muro (East Side Gallery). Para llegar, las estaciones de metro (U-Bahn) y tren urbano (S-Bahn) de Warschauer Straße y Ostbahnhof te dejan a una caminata de 10 a 15 minutos.

Decidí ir un domingo. Había oído que los viernes y sábados la fila se convierte en un calvario insoportable. Llegué cerca de las 7:00 de la noche, un horario que me parecía tempranísimo, pero mis amigos locales me aseguraron que era la ventana de oro: la mejor hora para evitar la saturación y, más importante, a la gente ya “pasada” (high), porque si bien en Berghain se sirven cervezas, lo que se consume no siempre viene en botella ni en un sobre sellado (¡guiño, guiño!).
La cola rebasaba los 150 metros de largo. Aunque en México no nos sorprende una fila larga, en Berlín esa espera se movía a paso de tortuga: la eficiencia de cualquier dependencia federal mexicana quedaría retratada como la mejor. La espera se extendió por más de una hora y media, a una temperatura que rondaba los 3° centígrados. Así es la lealtad por el mejor techno del mundo.
Es sabido que los grupos grandes de extranjeros no son bien recibidos. Por eso, en la cola, la gente tiende a dividirse para no ser “detectados” como intrusos o turistas. Sin embargo, no todos lo logran.
La espera es un show aparte: ves desfilar atuendos que podrían ser parte de una película de ciencia ficción o de una fiesta de Halloween. Estos looks conviven con estadounidenses que llevan jerseys de la NFL o europeos con la camiseta de sus equipos de futbol. ¿Mi outfit? Opté por la supervivencia ante el frío: unos pantalones deportivos negros, sudadera, chamarra oscura, un gorrito y guantes sin puntas (a lo “María la del Barrio”, dirían los conocedores).
Al estar a unos 20 metros de la entrada, presenciabas el temido juicio: el portero, que si bien no era el legendario hombre de los tatuajes en el rostro (Sven Marquardt), hacía un pase de manos, como un torero, para indicar un rotundo rechazo.
Finalmente, fue mi turno. Logré ingresar. Por respeto a la intimidad, me colocaron una estampa sobre la cámara del celular (una práctica que se repite en otros bares berlineses para fomentar la convivencia in situ y no de forma virtual).
Adentro, la música te hacía vibrar hasta los huesos. La oscuridad profunda, vestida solo por luces rojas y moradas, bañaba a los cientos de asistentes. Berlín se manifestaba ante mí con todos sus sentidos, un domingo 26 de noviembre antes de las 10:00 p.m.
Pero lo que pasó después de esa puerta… eso es secreto de confesión.
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La mayor controversia y a la vez la fuente de su mística es su política de admisión, dirigida por el icónico portero de tatuajes faciales, Sven Marquardt. No hay reglas escritas, pero la filosofía es clara: preservar el ambiente y el espíritu original del club.
Jenifer y Carlo, lo sabían bien. Querían vivir esa experiencia épica y, poco después de la medianoche, lograron lo que muchos en la fila anhelan: ¡cruzar la puerta!
Pero en la intensa escena rave de Berlín, hay un compañero silencioso y mortal: el éxtasis (MDMA), una droga común en el circuito de discotecas. Jenifer y Carlo también lo consumieron esa noche, reportó DW.
Lo que para esta pareja, y para muchos asistentes, es parte de una “verdadera fiesta” de fin de semana, se transformó en una pesadilla. Esa noche de música, sudor y excesos en el club más idolatrado del mundo terminó de la forma más trágica posible: en un drama mortal.
El incidente pone en evidencia la delgada línea entre el hedonismo sin límites que promueve Berghain y los peligros de un ambiente donde el consumo de sustancias puede pasar de la euforia a la fatalidad en cuestión de minutos.
En resumen, Berghain es un laboratorio social donde la música es la religión y la libertad es la única ley. Su rechazo selectivo no es un error; es la estrategia que lo mantiene como una leyenda, asegurando que solo entre un público dispuesto a sumergirse en su intensidad sin juicios ni fotos.