"Las horribles", de crítica a bandera: cómo el machismo también ha estado presente en la literatura

Paula Paredes S · 4 de noviembre de 2025

"Las horribles", de crítica a bandera: cómo el machismo también ha estado presente en la literatura

Hace un par de días el mundo de la cultura mexicana, especialmente de la literatura vivió un momento controversial tras unas declaraciones del Paco Ignacio Taibo II, director del Fondo de Cultura Económica.

En la mañanera el también escritor afirmó: “Si sé de un poemario escrito por una mujer horriblemente asqueroso de malo, solo por el hecho de ser escrito por una mujer no merece que lo mandemos a una sala comunitaria.”

Lo polémico de su declaración

Más allá de una supuesta intención de defender la calidad literaria, esta frase exhibe un machismo arraigado en la forma en la que se evalúa la escritura femenina.

De este modo, no se trata de una incorrecta selección de palabras, sino que funciona como una especie de radiografía de una situación que se pensaría quedó ya en el pasado: un sistema cultural que aún sospecha del talento femenino, que mide con lupa la obra de mujeres y que asume que la presencia de autoras en los catálogos responde a cuotas, no a mérito.

“Las horribles” respondieron

Ante las declaraciones de Taibo, la respuesta fue inmediata. Un grupo de escritorAs decidió apropiarse del insulto y convertirlo en consigna.

Desde lecturas públicas hasta poesía, manifiestos y campañas en redes sociales; las mujeres tomaron la palabra que fue usada para señalar su trabajo y lo convirtieron en un llamado de atención, incluso en una forma de resistencia. El gesto no es menor: nombrarse “horribles” es una forma de mirar de frente al prejuicio y de devolverle su peso simbólico a quien lo lanzó.

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Desde Sor Juana, hasta Rosario Castellanos y la actualidad

La historia de las mujeres en la literatura, es también (por desgracia) una historia de silenciamiento y censura. Desde años atrás a las mujeres se les negaba la autoría del discurso, y décadas después, todavía hay quienes sugieren que la literatura femenina debe “probar” su valor.

En ese contexto, que un grupo de autoras se reapropie del calificativo “horrible” es un acto profundamente político. Lo que se pretendía como ofensa se vuelve espejo y manifiesto.

Como sucedió con el término “nasty woman” en Estados Unidos o “las histéricas” en los feminismos latinoamericanos, la reapropiación del insulto permite construir comunidad desde la herida y convertir el agravio en identidad es una manera de tomar el control del relato.

La sombra del canon masculino

Desde Sor Juana Inés de la Cruz que escribió bajo amenaza de censura, Elena Garro que fue silenciada por décadas o Josefina Vicens que publicó poco aunque su obra fue enorme.

Hasta la actualidad las escritoras todavía deben justificarse en un mundo editorial dominado por hombres tenido que pelear cada palabra. 

“Las horribles” no están defendiendo la mediocridad literaria como algunos intentaron hacer creer tras sus protestas, sino que están denunciando que la vara con la que se mide su obra está torcida. Que el canon literario mexicano sigue siendo un territorio donde los hombres dictan qué es “bueno”, “importante” o “trascendente”. 

Activistas y escritoras realizaron un mitin poético frente a la librería del Fondo de Cultura Económica. Foto: Andrea Murcia/Cuartoscuro.

Lo verdaderamente horrible

Con todo lo anterior, se podría decir que lo verdaderamente horrible es que la polémica del FCE dejó al descubierto algo que no podemos seguir ignorando:

Escribir siendo mujer en México sigue siendo un acto de resistencia. No porque las mujeres carezcan de talento sino porque todavía hay quienes creen que su voz debe pasar un filtro adicional, una especie de examen de legitimidad.

Entonces, el movimiento de “Las horribles” es una respuesta creativa y colectiva, y quizá eso es lo que realmente incomoda:

Que las mujeres sigan escribiendo, publicando, leyendo, opinando. Que lo hagan sin pedir permiso a los guardianes del canon. Que cuestionen la idea misma de “calidad” como un parámetro neutral. Que se atrevan a ocupar el espacio público de la palabra, ese que durante siglos les fue negado.

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