Animal MX · 25 de enero de 2026
Por: Amiel Martínez.
Si tu idea de un museo es un lugar frío donde los guardias te vigilan como si fueras a robarte un cuadro, el Franz Mayer te va a volar la cabeza. Para su directora, Giovana Jaspersen, la era de los museos que “vigilan y castigan” ya terminó; ahora, la apuesta es por la libertad y el afecto.
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Aquí ya no hay regaños por tomarse una selfie, transmitir en vivo para tus redes o incluso darle un beso a tu pareja en plena sala. Se trata de habitar el arte sin pedir permiso.
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Para la directora del Museo Franz Mayer tiene una visión que parte de una idea sencilla pero revolucionaria para muchas instituciones culturales: el smartphone no es un enemigo. Es parte de la vida cotidiana, una extensión de lo humano y una vía para hacer accesible el mundo. Por eso, explica, reducirlo a prohibiciones o regaños no genera una mejor experiencia; solo impide que las personas participen con los lenguajes con los que ya se relacionan.
“Los museos no deberíamos de decidir la manera en la que las personas participan o no del espacio de las exposiciones”, dice Jaspersen. En su modelo, el museo crea escenarios, no reglas que limiten o prohíban. Y desde ahí invita a que cada visitante llegue con sus propias formas de ver, registrar, jugar y compartir.

“No es aceptarlo, es voltear a verlo”, dice sobre el uso del teléfono en sala. “Somos un museo, deberíamos de hacer un espacio de diálogo, de escucha, de libertad, de seguridad, de construcción, de vinculación”.
La directora reconoce la investigación de creadores de contenido para redes sociales, influencers especializados y comunidades digitales. No les llama “divulgadores menores”; los ve como productores de información y conocimiento que expanden el ecosistema cultural.
En muchas instituciones, el smartphone es visto como una distracción, pero en el Franz se entiende como una extensión de lo humano.
Hoy, plataformas como Instagram, TikTok o Facebook son parte de la experiencia. No como “propaganda”, sino como lenguajes de participación que amplifican voces, diversifican miradas y conectan a nuevas audiencias. “Es una extensión de lo humano”, explica. Por eso, el museo piensa sus montajes, guiños y dispositivos considerando estos soportes.
Cuando Jaspersen tomó el mando, el Franz Mayer tenía un reto enorme: una audiencia envejecida (de 50 a 60 años) y apenas 80,000 visitantes al año. Dos años después, la cifra saltó a 450,000 visitantes anuales, con una base mayoritariamente joven de entre 20 y 30 años.
Este fenómeno ocurrió porque el museo entendió que las nuevas generaciones no solo quieren ser espectadores pasivos: quieren intervenir, crear contenido y sentir que el espacio les pertenece.
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Las nuevas generaciones no solo quieren mirar: quieren participar, intervenir, grabar, compartir, crear contenido y sentir que el espacio también les pertenece. Por eso, explica, el objetivo no es permitir o prohibir, sino reconocer esas prácticas y convertirlas en herramientas de mediación.
“Recuerdo que, cuando recién llegué al museo, alguien regañó a unas personas en una sala porque se estaban dando un beso”, comentó Jaspersen.
A diferencia de la vieja creencia de que la accesibilidad solo se trata de que la entrada sea gratuita, para el Franz Mayer el secreto está en la diversidad de audiencias.
“No es la gratuidad lo que podía hacer que un museo fuera accesible, sino pensar el museo para una gran diversidad de audiencias”, sostiene.
Las personas no están obligadas a conocer algo de antemano: es el museo el que debe generar experiencias cercanas, amables, libres y sociables, capaces de hacer sentir a cada visitante que el espacio le pertenece.
Esa apertura implica también abrazar la cultura popular, la moda, el diseño, la fotografía, la autorrepresentación digital, los creadores de contenido y las nuevas formas de habitar lo cultural. No desde la condescendencia, sino desde la escucha.
Al abrirle la puerta a los jóvenes de hoy, el Franz Mayer asegura su relevancia para las próximas décadas. Al mezclar temas contemporáneos con su acervo del siglo XVII, el museo logra que alguien que va por una exposición de moda termine descubriendo tesoros históricos que nunca imaginó.
. Su experiencia en museos públicos y privados le dice que cuando el eje es la escucha y la participación, la naturaleza jurídica de la institución pasa a segundo plano.
El Franz Mayer diseñó un modelo curatorial pensado como una casa, un “techo” de exposiciones de amplia audiencia que cobija tres exposiciones de especialidad técnica (como diseño, arquitectura o artes aplicadas). La idea es lograr cruces entre públicos, borrar barreras temporales y diversificar voces.
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Cualquier museo, afirma, puede volverse un lugar que facilite el diálogo, que reconozca nuevos lenguajes y que construya comunidad. No se trata de renunciar a la conservación, sino de equilibrarla con experiencias significativas para las personas de hoy.
La directora lo resume así: tener una base de visitantes de 20 a 30 años significa audiencia de retorno por las próximas cuatro décadas.
Y ese futuro no se construye prohibiendo, sino escuchando.