Animal MX · 22 de junio de 2026
Que Frida Kahlo es un gigante del arte no es ninguna novedad. Pero, ¿cómo pasó de ser una pintora relativamente desconocida a convertirse en un ícono global que encuentras en playeras, tenis, tazas y hasta muñecas Barbie?
Esta semana, la prestigiada Tate Modern de Londres abre las puertas de Frida: The Making of an Icon (Frida: La creación de un ícono), la primera gran exposición que se clava a investigar precisamente eso: su metamorfosis en un fenómeno cultural de masas y su enorme impacto en las nuevas generaciones de artistas.
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Desarrollada en colaboración con el Museo de Bellas Artes de Houston, la muestra es un hito: es la primera vez en más de dos décadas que el Reino Unido recibe una exhibición tan amplia de la pintora mexicana, reuniendo más de 30 obras (incluyendo autorretratos guardados bajo llave), fotografías y objetos personales.
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La expo arranca mostrando cómo Frida construyó su propia imagen. Mucho antes de que existieran las redes sociales, ella ya sabía perfectamente cómo proyectar su identidad política, física y espiritual a través de su ropa y su pintura.
Entre las joyas de la sala están Autorretrato con traje de terciopelo (1926) y Autorretrato con el pelo suelto (1938), donde presume con orgullo sus raíces mexicanas, su identidad queer, sus ideales feministas y su realidad como una mujer con discapacidad. Estas piezas dialogan con obras de sus contemporáneos del Renacimiento Mexicano, como Diego Rivera y María Izquierdo, además de incluir sus icónicos vestidos de tehuana.
Aunque Frida siempre rechazó la etiqueta de “surrealista” (ella decía que no pintaba sueños, sino su propia realidad), el mismísimo fundador del movimiento, André Breton, quedó fascinado con ella.
En esta sección verás obras maestras como El marco (1938) —la primera pieza de un artista mexicano del siglo XX adquirida por el Museo del Louvre—, Diego y Frida (1929) y Niña con máscara de muerte (1938). La Tate las pone a competir visualmente con la fotografía de Kati Horna y Leonor Fini, explorando esa obsesión tan nuestra por las máscaras, los esqueletos y la muerte.
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El verdadero “boom” de Frida no llegó en su época, sino décadas después. En los años 60 y 70, el movimiento chicano en Estados Unidos adoptó su figura como un símbolo de orgullo cultural y resistencia. Pinturas como Allá cuelga mi vestido (1933-38), que muestra su amor/odio por Nueva York, conectaron directo con los migrantes mexicanos.
Más tarde, las feministas de los 70 y 80 enloquecieron con su autorrepresentación: Frida pintándose con bigote, ropa de hombre, o retratando el nacimiento y la sexualidad femenina sin censura. La expo crea un puente hermoso entre Kahlo y artistas contemporáneas como Ana Mendieta, Judy Chicago o Kiki Smith, quienes también usan el cuerpo como un lienzo de batalla.
El gran cierre de la exposición aborda el tema más polémico: Frida como marca registrada.
La Tate Modern armó una habitación dedicada exclusivamente al consumo masivo de su imagen. Con más de 200 objetos, esta sala analiza cómo los derechos de su rostro y sus colaboraciones con marcas comerciales llevaron a Frida a estar en botellas de tequila, empaques de perfume y juguetes.

Acompañado de la famosa biografía que Hayden Herrera escribió en 1983 (traducida a más de 25 idiomas), el cierre de la muestra nos recuerda que, aunque hoy sea un titán del marketing, el mito de Frida Kahlo sigue siendo un refugio de libertad, dolor y resiliencia para todo el mundo.