César Galicia · 23 de junio de 2023
Vendrás al mundo con ninguna otra cosa más que con tu cuerpo y sus sensaciones, y será tan tuyo que existirá antes que la consciencia que lo entiende. Nacerás desnude y libre y crecerás para aprender a reconocer una verdad universal: el mayor regalo de tu cuerpo es que puede sentir placer.
Te enseñarán a sentir vergüenza de tu cuerpo. Lo más probable es que sean tus propios padres quienes lo hagan, quizás como una repetición traumática de la vergüenza que años atrás les enseñaron a tener también.
O quizás de tu familia venga una lección contraria y en el hogar se celebre y acepte aquello que eres de manera incondicional. De cualquier manera, aunque puedan protegerte, no podrán salvarte, porque la vergüenza es la marca cultural inescapable de la sociedad en la que viniste a nacer.
La vergüenza hacia el propio cuerpo nos hermana a todas las personas que habitamos este planeta. Es un lazo triste, sí, pero es auténtico, y de ese lazo nacerá la resistencia que en algún momento te dará sentido.
Cuando seas niñe, probablemente te gustará alguien. Y quizás no sea la persona que se supone que deberías. Quizás pases demasiado tiempo viendo a cierto personaje en la televisión, quizás disfrutes demasiado pasar tus días con una amiga en específico, quizás sientas celos inexplicables por gente que, en teoría, no te gusta; quizás descubras que tienes un secreto inconfesable incluso para ti misme. Quizás puedas entenderlo o quizás no.
En algún momento, quizás te descubrirás como heterosexual. Pero también, quizás te descubrirás como otra cosa. Quizás te gustará el mismo género que el tuyo, quizás te gustará el otro, o quizás tu atracción se saldrá de este falso pero repetido binario, quizás tu corazón se moverá hacia más de una posibilidad, quizás no sentirás atracción por nadie, quizás sólo lo hagas en circunstancias específicas, quizás tendrás que inventar un nuevo lenguaje para entenderte.
Aprenderás que la diversidad sexual se extiende mucho más allá de las personas que te gustan, hacia tus kinks, tu forma de vestir, tus manierismos, los productos culturales que consumes, las formas en que te relacionas y todo aquello que conforma tu identidad.
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Verás cómo las generaciones menores que la tuya crecen con menos confusión respecto a la diversidad y eso será fruto de las batallas que libraste, como también lo hicieron personas antes que tú y cómo también lo hicieron personas antes que ellas.
Escucharás que otras personas hablen de orgullo. Verás carnavales, personas bailando con ropa normal, ropa extravagante y poca ropa en la calle, en un festival de reapropiación a nivel mundial.
Las personas conservadoras se enojarán, pero esto es porque están casadas con su vergüenza: les otorga una versión simplista del mundo que les permite sentir que existe orden ante el caos y que el otro es la persona equivocada.
Y quizás, como lo hacen tantas personas, descubrirás que al llegar a la adultez no tienes todas las respuestas sobre ti. Quizás te atreverás a enunciar una identidad distinta a aquella con la que creciste porque sólo hasta ese momento existirán las condiciones ideales para hacerlo. Quizás un día descubras que te enamoraste de alguien de quien nunca pensaste que te enamorarías. Quizás veas para atrás en tu vida y las certezas con las que creciste se derrumben.
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¿Qué no para esta edad tendrías que saberlo todo, tenerlo todo bajo control? Pero esto es la maravilla de la sexualidad diversa: que no tiene garantías, que muta, que las condiciones en las que vivimos nos permiten descubrir nuevas cosas.
Existe un mito: la sexualidad es una cosa fija y predefinida, porque la sexualidad es parte de la personalidad y la personalidad no muta fuertemente a lo largo de la vida, sobre todo después de la adolescencia. Existe también la contranarrativa de que la sexualidad es “fluida”, una frase que muchas veces repetimos sin considerar bien lo que significa, porque no es raro que cuando nos enfrentamos a esa fluidez nos quedemos en angustia y confusión.
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Como muchos aspectos de nuestra personalidad, nuestra orientación e identidad sexual (así como las múltiples expresiones de género y deseo que las acompañan) se descubren. Esto significa que no se eligen, no se trabajan y “se ganan”, sino que emergen de nuestra mente y de nuestro cuerpo como fuerzas internas que debemos aceptar en un primer momento y comprender y encontrar maneras de adaptar al entorno en un segundo.
Cuando eres una persona heterosexual, el descubrimiento tiene todas las condiciones para que suceda: si, por ejemplo, eres hombre y te gustan las mujeres, todo en la cultura, absolutamente todo, está a tu disposición para que puedas explorar y descubrir esa atracción de todas las maneras que quieras. Algo similar sucede cuando eres una persona cisgénero: si, por ejemplo, naciste con pene y te identificas como hombre, todos los aparatos culturales están puestos para que puedas identificarte libremente con esa posibilidad.
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Esta supresión ocurre de distintas maneras: desde las más violentas, como la amenaza perpetua de violencia hacia las personas LGBT+ que lo demuestren de manera pública; hasta las menos explícitas (pero no por ello menos violentas), como la falta de representación o el menosprecio al periodo que una persona puede necesitar para entenderse a sí misma. No hay época en la vida en la que no se considere que una persona que explora distintos aspectos de su sexualidad está “confundida”, como si esa exploración no fuera parte inherente al hecho de tener una sexualidad en primer lugar.
Con estas condiciones, como una persona LGBT+ se vuelve más difícil, lo cual puede llevar a una vida de represión, algo que influye en los problemas de salud física y mental que suelen aquejar a la población LGBT+ en mayor medida que a la heterosexual y cisgénero.
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Para algunas personas, la falta de (o poca) disposición de elementos culturales para poder identificarse y desarrollar libremente su sexualidad no necesariamente será un impedimento para identificarse con alguna orientación sexual o identidad de género no hegemónica. Sin embargo, para muchas otras, sí.
Puede que sea porque el castigo posible por identificarse como parte de la diversidad sexual sea muy alto, puede que sea por el miedo a la decepción, puede que sea porque no existen referentes que expliquen su realidad, puede que sólo necesiten tiempo y experiencia para asimilar su identidad.
Por eso es tan importante que hablemos y defendamos la existencia de las infancias LGBT+: para que puedan explorar y definir quiénes son en sociedades libres de prejuicios y violencias.
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Tengo una conocida que se enamoró recientemente de una mujer por primera vez en su vida, a sus 30 años. Sorprendida, me contó que después de pensarlo un tiempo se dio cuenta que… en realidad no era la primera vez.
Cuando era niña, tenía una amiga con la que pasaba mucho tiempo, con la que le gustaba dormir abrazada y a quien celaba mucho cuando tenía novio. En la universidad tuvo una maestra por la que sentía mucha atracción disfrazada de admiración. Estas son experiencias comunes al crecer, pero ella no pudo entenderlas como parte de la exploración de su sexualidad porque creció en una sociedad que la obligó a reprimirlas. Además, al sentir también la posibilidad de la atracción hacia hombres, suprimir su bisexualidad fue algo más “fácil”.
Antes de su decisión, le gustaba pintarse las uñas y vestirse de una manera femenina. Aunque se identificaba como “hombre”, su experiencia de vida no coincidía con la de uno, y tener que performar el rol le provocaba mucho malestar, algo que interpretaba como una falla personal.
Después de un proceso largo en terapia, entendió que su renuencia a asumirse como mujer trans venía del miedo que le provocaba perder a su pareja, perder su trabajo y perder sus amistades, en caso de que pensaran que les había engañado o que, de plano, no le creyeran. La falta de herramientas para entender su realidad fue lo que le hizo mucho daño, su transición, de ningún modo lo hizo. Ahora que puede vivir su género como ella lo desea, es más feliz que nunca.
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Las personas que se identifican como LGBT+ en la adultez existen y su identidad y experiencias no son menos válidas por haberlas asumido en una etapa tardía de la vida, no importa si este descubrimiento llega a los veinte años o a los sesenta.
Que una persona se identifique como LGBT+ a partir de la adultez no debe considerarse como una falla moral o como un engaño.
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Se sabe que es normal que las personas cambien la manera en la que perciben su sexualidad a lo largo de la vida y que estos cambios suelen ser reportados principalmente entre mujeres. Es decir: sucede y sucede más de lo que pensamos.
Sucede y seguirá sucediendo, porque la diversidad ha estado y estará presente en el mundo en todas sus expresiones, es necesaria para la vida y es un rasgo de la evolución. No existe fuerza suficiente que detenga el cambio ni la exploración.