César Galicia · 2 de febrero de 2024
Por primera vez desde julio de 2019, cuando comenzó esta “columna”, no tengo idea de qué escribir.
No porque no haya habido momentos donde no se me ocurría un “tema” o no supiera cómo iniciar un texto. Después de 4 años y medio de escribir un total de 143 textos para Animal MX, pues claro que me ha pasado. Pero lo de hoy es distinto. Genuinamente no tengo idea de qué escribir. Genuinamente no tengo idea por qué alguien querría leerlo. Genuinamente no sé si hay algo qué decir.
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(¿Les ha pasado? ¿Han sentido un hueco en el pecho tan profundo que su cuerpo les implora hablar de ello, pero al mismo tiempo se convencen que no tienen nada que decir porque no podrían decir nada interesante?).
Supongo, entonces, que puedo ir al punto: este es mi último texto para Animal MX.
Yo sé que el inicio no da muchas claves para pensar esto, pero quiero dejar algo muy en claro: este es un texto feliz. También es un texto triste, porque así son las despedidas, porque voy a extrañar mucho este espacio, porque constantemente me pregunto si tomé o no la mejor decisión (¿Les ha sucedido que interrumpen algún momento cotidiano, digamos, el desayuno, o el momento antes de dormir, o el enjabonamiento de su cuerpo durante un baño para pensar, ‘oh, oooooh no, y si no tomé la mejor decisión’?).
Todo cambio supone un duelo, porque todo cambio implica una pérdida y lo que yo pierdo hoy es uno de los trabajos que más feliz me han hecho.
Pero les decía: este es un texto feliz. Es un texto feliz, en primer momento, porque viene de una decisión que yo tomé libremente y que fue respetada y apoyada por lxs editores de Animal y por las personas cercanas a mí (¿Les ha pasado? ¿Han hablado de una posibilidad que les aterra y han recibido de vuelta un ‘si es lo que necesitas, tienes todo mi apoyo’?). Es un texto feliz porque miro para atrás y, por cliché que suene, me cuesta trabajo creer que publiqué 143 textos, más de un centenar de forma semanal y en el que tuve completa libertad de hablar de lo que yo quisiera, como yo quisiera (y aquí mis agradecimientos eternos siempre para Daniel Moreno, Mayra Zepeda y Ana Estrada). Algunos de esos textos terminaron en un libro, cumpliendo así un sueño que tenía desde que era niño.
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¿Por qué se cambia cualquier cosa que nos hace felices? ¿Por qué nos mudamos de la ciudad en la que crecimos a una en la que no somos nadie? ¿Por qué viramos de carrera profesional a medio camino? ¿Por qué dejamos la tranquilidad de un salario fijo para tomarnos un periodo largo de descanso o para emprender un negocio personal? ¿Por qué terminamos relaciones con personas a las que amamos? ¿Por que elegimos ir a restaurantes que no tienen nuestro platillo favorito? ¿Por qué soltamos la comodidad del tiempo libre para adoptar a un perro, para tener un hijo, para regar una casa llena de plantas?
Supongo, porque el cambio es inevitable y siempre encuentra maneras de hacértelo saber. Quizás una de las habilidades más importantes de la vida es aprender a reconocer cuándo llegó el momento de soltar. Prolongar las cosas demasiado tiene dos consecuencias horribles: la primera, perder el gozo de ellas y, la segunda, lastimarte por ellas. Uno tiene que saber cuándo detenerse al comer para evitar sentirse mal después, cuando terminar una serie de pesas antes de lesionarte. Uno tiene que aprender a soltar el amor antes de que el amor te desgaste. (¿Alguna vez les ha pasado? ¿Han acompañado a alguien en su lecho de muerte y aprendido que, a veces, hasta para poder morir hay que soltar: un resentimiento que no sanó, la posibilidad de un reencuentro que no ocurrió, el miedo mismo a soltar la vida?).
No sé si tengo esa habilidad (y lo dudo un poco), pero creo que la única manera de desarrollarla es a través de su ejercicio. Por eso he decidido que este sea mi último texto. Porque haciendo una revisión de mi vida, este es el momento donde he determinado que es momento de soltar y moverme a la siguiente cosa. Lo hago ahora que amo escribir aquí, que todavía tengo una que otra idea, que todavía me apasiona la divulgación, que todavía soy recibido.
Antes me entristecía tener el corazón dividido en tantos lados. Ahora me alegra saber que una parte de mí siempre está en algún lado que no alcanzo a ver, pero he llegado a tocar. Y una parte de mi corazón siempre estará en esta experiencia que me dio tanto, en este medio al que le debo tanto, y a las personas que lo conforman a quienes les agradezco tanto.
Sobre todo, y si me permiten lo cursi, nunca dejaré de estar honrado por y agradecido con las personas que me leyeron en este espacio.
El terror de les escritores es que nadie les lea y/o que quien les lea no se involucre con su texto y yo, por fortuna, no conozco ese terror más que en mi propia cabeza. (¿Alguna vez han recibido un mensaje de alguien diciéndoles que algo que escribieron les ayudó en algo? ¿Que de algún modo el trabajo que hacen se volvió parte de la historia de otra persona? Créanme: es una sensación sin igual). Y eso es gracias a ti, que estás leyendo esto y que, quizás, leíste algún otro texto alguna otra vez. Y si es el caso, gracias por confiar en lo que tuve que decir, espero haberlo hecho bien.
Así que, bueno, supongo que no tengo nada más que decir y por eso es buena cosa que esto termine. Seguiré haciendo contenido, porque bueno, es lo que me gusta y es mi chamba. Ahora mismo el podcast de Coger rico y amar bonito está en pausa, pero regresará pronto para una tercera temporada. Si les nace, búsquenme en Tiktok y en Instagram.
Gracias por leerme.
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