Abigail Camarillo · 19 de enero de 2026
Hoy es el Blue Monday, o el día más triste del año, según una campaña de marketing de hace varios años. Y aunque quizás sea un invento, esta fecha es un pretexto más para tener una lloradita y a seguirle.
Aunque es muy normal que lloremos, hay ocasiones en las que todavía nos seguimos negando esta actividad por verla como una debilidad o, incluso, infantil.
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La realidad es que todos los seres humanos lloramos a lo largo de toda nuestra vida. De hecho, el consenso científico sigue siendo que los somos los únicos animales que producen lágrimas emocionales.
Aquí exploraremos algunos de los beneficios a la salud que tiene esta actividad.
Vamos por partes: hay varias especies de animales que poseen glándulas lagrimales y producen secreciones; sin embargo, estas cumplen funciones estrictamente biológicas y no emocionales.

La ciencia ha categorizado el llanto en tres dimensiones distintas, cada una con un propósito y una arquitectura específica:
A diferencia de las lágrimas basales o reflejas, las emocionales poseen una composición química sumamente compleja.
Mientras que la concentración de las lágrimas basales y reflejas es 98% agua, estudios han detectado en las lágrimas emocionales altas concentraciones de:
Cuando lloramos, no solo expresamos un sentimiento, sino que físicamente estamos expulsando marcadores biológicos del estrés.
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Como puedes ver, lo que cae por tus mejillas cada vez que lloras no es solo agua. Podríamos decir que es una “cascada neuroquímica” con efectos analgésicos, pues estás liberando hormonas del estrés y otras toxinas de tu sistema.
Y pasa otra cosa sorprendente: como respuesta al llanto, también se activa la producción de serotonina (el regulador del bienestar) dentro del cerebro. Este aumento, ayuda a estabilizar el ánimo, mejora la oxigenación cerebral y permite que te recuperes más fácilmente tras la tormenta emocional.
En resumen, llorar es un proceso biológico altamente eficiente: sacas lo que te tensa (cortisol/adrenalina) y generas lo que te cura (serotonina/endorfinas).
La UNAM explica que el llanto también incrementa el metabolismo cerebral, siendo una de las reacciones biológicas que más energía consume en el cuerpo humano.
Por ejemplo, normalmente, el cerebro recibe un litro de sangre por minuto; o sea, un 20% de toda la sangre que el corazón bombea al cuerpo. Pero cuando lloramos, ese porcentaje que llega al cerebro incrementa entre un 25% y 30%.
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Con el llanto, también aumenta la frecuencia respiratoria para oxigenar al cerebro ante el estrés, lo que acelera el metabolismo general.
El dolor físico o dolor moral asociado al llanto activa aproximadamente 20 áreas cerebrales: cognitivas, de memoria y aprendizaje, de emociones y de interpretación para la valoración específica de lo que nos hace llorar.
Eduardo Calixto, doctor en fisiología cerebral, dice a la UNAM que si no hubiera llanto en el ser humano, “tendríamos, tal vez, que correr cuatro o cinco kilómetros para tranquilizarnos”.
En resumen, llorar no es solo una liberación emocional, es un proceso metabólico intensivo que resetea el sistema, consumiendo calorías y recursos cerebrales para restaurar el equilibrio interno.
“No podemos llorar más de 15 minutos, porque el cerebro necesita cansarse”, menciona el artículo de la UNAM.
Sin embargo, al terminar de llorar, el cerebro libera endorfinas, uno de los neurotransmisores que más nos tranquilizan y que, al mismo tiempo, generan la sensación de beneplácito, de esperanza y fe.
Por eso, es que luego de una lloradita nos sentimos agotadas, pero al mismo tiempo renovadas.
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Ya vimos los beneficios propios que te provoca echarte una lloradita. Pero, ¿sabías que también hay cierto beneficio cuando ves llorar a alguien?
Como lo explica la UNAM, ver llorar a otra persona activa las neuronas espejo e incrementa la frecuencia de su activación. Es entonces cuando se genera la oxitocina, una hormona neurotransmisor que aumenta el sentimiento de empatía con la persona que llora.

Eduardo Calixto, académico de las facultades de Medicina y Psicología de la UNAM, explica que si bien no somos la única especie que llora, sí somo los que más rápido detectamos la emoción y la compartimos.
Calixto, quien es doctor en fisiología cerebral y con un posdoctorado en neurofisiología por la Universidad de Pittsburgh, explica que al llorar, una persona indica claramente que tiene una vulnerabilidad, que no está en la misma “proporción conductual” con quien interactúa en el momento del llanto.
Precisamente ver llorar a alguien puede modificar, incluso, la manera como hablamos con la persona que derrama lágrimas, induciendo una respuesta más suave y empática.
Así es como el llanto en parte fomenta conductas de apego y apoyo social, pues nos “desnuda” emocionalmente para permitir que otros se acerquen, reforzando los vínculos comunitarios a través de la empatía compartida.
Llorar no es un retroceso a la infancia. Podríamos decir que las lágrimas no solo limpian nuestra mirada; sino que también purifican nuestro sistema y nos conectan un poco más con las personas.
Y tú, ¿cuándo fue la última vez que lloraste?