Estefanía Veloz · 20 de octubre de 2026
Durante diez días, la feria del libro que ocupa cada octubre la plaza principal del país reunió a compradores de literatura marxista, llenó foros con Gustavo Petro y Médicos Sin Fronteras y alojó un módulo del gobierno que tomaba huellas digitales mientras otros puestos vendían pines contra ICE.
En el puesto 125 de la feria del libro del Zócalo, llamado Literatura Marxista, había estantes de madera repletos de libros y, enfrente, una larga fila de compradores. Según quienes atendían, se estaba vendiendo mucho, la gente llegaba muy interesada y también se acercaban niños. Las carpas ocuparon la Plaza de la Constitución, frente a Palacio Nacional, donde despacha la presidenta Claudia Sheinbaum.
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Pegado con cinta adhesiva a la pared de otro puesto, un cartel del Partido Comunista Revolucionario retomaba el diseño del póster de 1917 con el que el ejército de Estados Unidos reclutaba soldados, en el que el Tío Sam señala a quien lo mira bajo la frase I Want You. En lugar del Tío Sam aparecía Carlos Marx, dibujado en tonos grises, con la barba larga y el índice apuntando al frente. Arriba preguntaba “¿Eres comunista?”, con la última palabra en rojo, y abajo respondía “Entonces, ¡organízate!”. Una franja roja cerraba el cartel con el emblema del partido y los logotipos de sus redes sociales, y a un lado, un código QR llevaba la leyenda “¡Organízate, fórmate y lucha!”. Quien atendía el puesto, que me llamó camarada, vendía libretas rojas con la hoz y el martillo y collares con un dije redondo, al estilo de las medallas religiosas, que tenía ese mismo símbolo en el centro y un círculo de piedritas brillantes de fantasía alrededor.
Las serigrafías sobre tela cubrían por completo la pared de un tercer puesto. En la más grande, una persona con la cara tapada por una kufiya, el pañuelo palestino, cargaba un gato negro, y abajo se leían las letras ACAB. Esas siglas, en las protestas, significan en inglés “todos los policías son unos bastardos”, pero ahí una línea pequeña las convertía en All Colonizers Are Bastards y ponía a los colonizadores en lugar de los policías. Alrededor colgaban otras telas: una tenía la frase “Fútbol antifascista” y otra, roja y recortada como papel picado, llevaba “Palestina libre” junto a rebanadas de sandía, fruta que se usa como emblema porque tiene los mismos colores que esa bandera. Entre la mercancía había un pin en forma de corazón, rosa y con brillantina, cuyas letras rojas y redondeadas decían FCK ICE. Así se conoce, por sus siglas en inglés, al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, la agencia estadounidense que detiene y deporta migrantes.

Del viernes 9 al domingo 18 de octubre se reunieron ahí 353 editoriales. Organizaron la feria la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México y la Brigada para Leer en Libertad, asociación civil que coordina Paloma Saiz, su directora. Antes de la inauguración, la titular de esa secretaría, Ana Francis Mor, aseguró que el evento se había convertido en “el espacio de pensamiento más crítico de todo el país”.
Casi siempre había filas en los pasillos, donde se podía comprar prácticamente cualquier cosa. La carpa de cómics ofrecía clásicos, historietas dibujadas y editadas por sus propios vendedores y una protagonizada por un gatito, y en otros puestos había gente haciendo manualidades. Buena parte de lo que se vendía era autogestivo, hecho por las mismas personas o colectivos que atendían. Entre los puestos de organizaciones de izquierda y feministas estaban el del Centro de Estudios Socialistas Carlos Marx y el de Prensa Editorial LeSVOZ, que publicó la primera revista de cultura lésbica feminista del país.
Las calcomanías se vendían mucho y mezclaban consignas políticas con gatos, perros y personajes de anime. Una, con bordes rojos, decía Make Israel Palestine Again, un juego con el lema de campaña de Donald Trump. En otras aparecían gatitos marxistas, perritos comunistas y gatos con la gorra verde de estrella roja que usaba el ejército de Mao. La firma Marxismo Ilustrado se repetía en varias. En una, una chica de anime con coletas turquesa ondeaba una bandera roja con la hoz y el martillo y exigía abortos libres, seguros y gratuitos. Llevaba al cuello el pañuelo verde de las marchas por el aborto legal, un pin con la bandera palestina y, en el brazo, el número 1312, que en clave quiere decir ACAB porque cada cifra corresponde al lugar de una letra en el alfabeto. En otra, una joven con ropa tradicional china levantaba la mano junto a una frase de Mao Zedong: “Si no hay investigación, no hay derecho a hablar”. Otra imitaba la etiqueta de la salsa Valentina. Se llamaba Valentía, decía “Contra los gobiernos y corporaciones que contaminan el agua de Jalisco” y, en lugar del sello de exceso de sodio, llevaba un octágono negro con la leyenda “Exceso odio”. En una más, en blanco y negro, el subcomandante Marcos, quien fue vocero del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, ponía el índice frente a la boca, sobre el pasamontañas, junto a la palabra Chiapas.
Mientras esperaba una charla, la gente podía pasar a un puesto del IMSS-Bienestar, el sistema público de atención médica para quienes no tienen seguridad social, y registrarse en el Servicio Universal de Salud. Ahí tomaban las huellas y los datos personales de quien se acercaba. Con ese programa, el gobierno de Sheinbaum busca entregar a cada persona una credencial válida en cualquier clínica pública del país a partir de 2027. En la misma plaza donde se vendían serigrafías contra la policía y pines contra la agencia migratoria estadounidense, una institución federal recogía huellas digitales.
Cuatro foros, cada uno bajo su carpa, recibían las charlas y llevaban nombres de escritores perseguidos: Federico García Lorca, Alaíde Foppa, Rodolfo Walsh y José Revueltas, a quien el propio Estado mexicano encarceló después del movimiento estudiantil de 1968. La feria nació en 2001, cuando la ciudad estaba a cargo de Andrés Manuel López Obrador, y no siempre ha tenido la plaza asegurada. Según el recuento que Paco Ignacio Taibo II publicó años después, en 2009 la administración capitalina, encabezada por el PRD, removió a Paloma Saiz de la dirección. Semanas más tarde, ella, Taibo y un grupo de colaboradores fundaron la Brigada para Leer en Libertad, y en 2010 armaron un encuentro alternativo en la Alameda Central.
En octubre de 2013, con Enrique Peña Nieto en la presidencia, el gobierno federal destinó la plancha a un centro de acopio para los damnificados de los huracanes Ingrid y Manuel, y la feria estuvo a punto de cancelarse. Un mes antes, la Policía Federal había desalojado del Zócalo el plantón de los maestros de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación. De acuerdo con Taibo, una docena de escritores y un par de miles de personas llevaron libros a los policías que cercaban la plaza, y los puestos se instalaron con días de retraso. Hoy Saiz dirige la feria y Taibo encabeza el Fondo de Cultura Económica, la editorial del Estado.
El viernes 9, el Foro Alaíde Foppa se llenó para la charla “Palestina: el genocidio en curso”, con Violeta Núñez, Sol González y la organización médico-humanitaria Médicos Sin Fronteras. En febrero de 2026, Israel le ordenó a Médicos Sin Fronteras salir de la Franja de Gaza porque se negó a entregar la lista de sus empleados palestinos, un registro que, según el grupo, convertía a su personal en objetivo.

Al día siguiente, el sábado 10, Gustavo Petro llenó el Foro Federico García Lorca. El colombiano dejó la presidencia de su país en agosto. En septiembre de 2025, durante la Asamblea General de la ONU, habló en una protesta por Palestina en Nueva York y pidió a los soldados estadounidenses no apuntar sus fusiles contra la humanidad; ese mismo día, el Departamento de Estado anunció que le revocaría la visa. Un mes después, el Tesoro lo incluyó en su lista de sanciones por presuntos vínculos con el narcotráfico, y Petro respondió que había combatido al narco durante décadas. El 2 de septiembre pasado, Sheinbaum lo recibió en Palacio Nacional, del otro lado de la plaza donde semanas después daría su charla.
Paloma Saiz calculó el domingo 18, último día, que habían asistido más de millón y medio de personas, casi dos millones, y dijo que nunca había visto tanta gente. Según ella, los expositores reportaron sus mejores ventas y los jóvenes mostraban más conciencia de lo que está pasando. La primera vez que pasé por el puesto del cartel de Marx quise comprar uno de los collares con el dije de piedritas, pero había fila, y cuando volví otro día ya los habían vendido todos.